jueves, 31 de mayo de 2007

Luis Córdova: cuento


LUIS CORDOVA


Nació en 1980. Es miembro fundador del Taller de Narradores de Santiago. Obtuvo el Primer Lugar en el Concurso de Cuento de Radio Santa María. Ha obtenido menciones en otros concursos literarios, entre ellos el Concurso de Cuento René del Risco Bermúdez. En el año 2005 obtuvo el Premio Nacional de Cuento de la Sociedad Cultural Renovación. Es miembro de Casa de Arte, de la Alianza Cibaeña y de Amantes de la Luz. Fue antologado en el libro “Para Matar La Soledad: Antología del Taller de Narradores de Santiago”. Actualmente se desempeña como investigador asociado al historiador, crítico y pintor Danilo de los Santos.



No Le Temas A La Noche


La noche tiene secretos que, a veces, sólo nuestros cuerpos pueden descifrar. La noche será siempre un misterioso y virginal espacio, un cielo abierto como revés de la luna, que sólo podemos definir con mentiras.
De esta historia quizás sea ella, la noche, la única protagonista, pero protagonista no será sinónimo de la manía romántica de encontrar una superioridad en la que se encarne la historia, hasta lograr que el final se subordine a ella. No. Aquí la noche, en calidad de protagonista, podrá tener la misma importancia que la mar, los rieles, los antiguos barcos o quizás se parezca la noche a Claudio y a Fabián. Su justificación como protagonista es que sólo ella ha podido mantener la virginidad de su misterio.
Cada palabra contiene un arcano. Cada palabra nos acerca a un destino que nos contiene y, en los escarceos de su juego, nos obligará a ser como dados que giran por toda la mesa sin antes chocar con otras piezas, donde todo encontrará la lujuria precisa que nos apartará de la realidad.
Noche. Oscuridad. Penumbras. Son palabras inútiles que no alcanzan la magia suficiente para definir, entonces sinceramente, los avatares de un corazón asustado. Pero nuestras vidas irán recogiendo temores para buscar la necesaria palabra que defina nuestras verdades. Desde niños vamos buscando lo desconocido, lo que se nos niega. El mundo por descubrir sólo lo limitará a un miedo más grande que la voluntad de encontrar las respuestas.
Muy entrada mi infancia descubrí que le temía a la oscuridad. Pero no a la oscuridad de una habitación sin luz. Descubrí que mi temor era a una soledad mayor, que se siente cuando las luces se empeñan en cegarnos, una oscuridad que arropa los cuerpos y los somete a su color, esa que se envuelve con la noche. Nada se le escapará a ella. De súbito sentía cómo se apoderaba de nuestras sonrisas, nos pesaba ver la despedida amarilla de un día; un sol herido por el naranja que ya no molestaba en los ojos, vencido por una coloración tan extraña que parecía tierna. La mar se tragaba la última redondez del amarillo del sol. Ahora la noche, esa tuerta terrible, colgaría su único ojo color plata en el último de los confines de su negritud.
Pero cada edad trae consigo su miedo, su pena. Lo que antes me parecía tan temido es ahora un recuerdo sencillo y nostálgico. Estas edades mayores nos enseñan a conjuran falsedades. Sólo la niñez nos hará entender el miedo mayúsculo, que viviremos una vez. Claudio y Fabián encontraron la salida del laberinto de los miedos, intentaron la verdad.

...pero cuándo es que estos muchachos van a ser hombre... tan grandes y tan pendejos...

Fabián era el mayor y tenia siete años. Claudio era casi de igual tamaño que su hermano, e igual eran de flacos y de morenos. Siete y seis años esperando que la marea trajera buenos peces, para poder llegar a la escuela. Siete y seis años esperando que nada sucediera, esperando desesperarse; esperando hasta ser hombres, tan brutales como su padre. Su padre sólo se preocupaba de que sus hijos echaran buenos músculos, porque según él era ya tiempo de que aprendieran el oficio, que supieran cuánto se sufre en las yolas que pierden sus colores en las olas que las agitan, que aprendieran a sufrir, igual que él, el mal pago de la pesca.
Ayudarse. Eso era lo que decía su madre, embarazada, esperando que sus dos muchachos crecieran para que se fueran mar adentro con su padre a oscurecer sus pechos, a desafiar las muertes que sufre un solo hombre.

...¡vengan!, tráiganme la rede...

Ya era tiempo de que nada sucediera. A Fabián y a Claudio les sorprendía ver el claro del mar, las yolas sin un color definido, pintadas con la misma amargura con la que estaban pintadas sus casas.

... y los hijo tuyo van a la peca hoy...

Para Fabián, ir al mar no le importaba en lo absoluto, para él lanzarse en una yola era un oficio que algún día tendría que terminar. Mira Claudio, algún día se acabaran los peces, entonces de qué vamos a vivir. Nadie más que Claudio entendía a Fabián, a pesar de que sus edades no les permitían comprender que los hombres a veces prefieren muertes precisas y conocidas que apostarle a un fin provisto por el azar.

... no, estos pajaritos le tienen mieo al mai... que se queden friendo pecado con su mamá, talve dan pa algo...


Entonces Fabián se sentaba en la playa, clavaba sus pequeños y huesudos dedos en la arena y empezaba uno de sus dibujos. A Claudio era a quien más le dolía la risa de su padre, la risa burlona con que despreciaba en las mañanas, esa misma que venía a las cuatro de la tarde a mortificar de nuevo. Por eso Claudio prefería no ir la playa. Si lo hiciese no tardaría mucho en devolverse a la casa a desayunarse con los restos dejados por su padre. Por eso su madre le decía que no podían tardar demasiado en aprender a pescar. Mira que yo sólo como de lo que vendo, no alcanza para los plátanos y el aceite... Dios mío hasta cuándo... A Claudio le dolía mucho ver a su madre sufrir de hambre, cansada del pescado, cansada de que sus hijos la vieran cansada de sufrir. Pero tenían que aprender a perder el miedo, luego tenían que aprender a trabajar, a echar músculos, a que las redes les cortaran las manos, a que los callos fueran las medallas de sus logros. Debían aprender a soportar las burlas, a soportar el hambre sobre una yola que los arrastraría cada día más hacia la miseria.
Debían ayudar en la casa. Los viajes de noche, las olas en las noches y el frío de la noche, les causaban temor. Un día salieron juntos a caminar por el poblado, la noche les sorprendió jugando a las escondidas. Pero los otros niños, siempre prestos a burlarlos, les decían cobardes y los dejaban solos esperando ser sorprendidos por el que les tocaba descubrirlos. Cuando se cansaron de estar de cuclillas esperando ser descubiertos, decidieron salir. Se abrazaron, se encontraron solos en la oscuridad de la noche. Desde entonces no volvieron a jugar.

...que bueno maricones tiene uno, ahora le tienen miedo a lo ocuro, pero eso sí, coño...

Los niños comenzaron a burlarse de ellos y ellos, aun sin orgullo, poco les importaban esos relajos de muchachos, porque a sus siete y seis años, tenían miedos mayores qué resolver.
Claudio ya es tiempo de demostrarle a papá y a mamá que no somos cobardes. Fabián le repetía con más miedo que orgullo la importancia de su plan. Pero Fabián, podemos esperar a ir con papá a pescar de noche y así es mejor. Claudio prefería esperar, mientras más lejana estaba la fecha de enfrentarse a la oscuridad del mar era mejor. Debemos hacerlo ahora, ahora es el tiempo, Claudio, se van a sentir orgullosos de nosotros, van a creer que lo que dicen los muchachos son mentiras.
Esa noche, esa misma noche se atreverían a vencer los temores. Irían hasta los rieles, antiguo puerto de Sánchez. Dos muros enormes perdidos en la mar. Naciendo a cada instante de las arenas, naciendo desde el fondo del mar desde hace años. Subidos en ellos, Claudio y Fabián caminaban hacia sus miedos. Dos simples cuerpos rompiendo los secretos de la noche. La noche y el mar lamiendo los muros, lamiendo la brevedad de dos vidas suspendidas en líneas paralelas hacia la muerte.
Nueva vez se precisaba un abrazo para burlar el miedo. Pero no. Cada cual en un riel diferente, cada cual con su muro elegido para el misterio. Claudio. Sus voces se acercaban a un último eco. Fabián. Ya no pudieron intentar la huida. Desde lejos nadie los vio. Temblaron sus piernas en la estrechez del cemento cruel y despiadado. Se fueron uno detrás del otro, sus cuerpos vencidos por el miedo, por la insensatez de encontrarse lejos y cerca de la salvación y sin embargo preferir, por culpa de otros, quedar desnudos y sin miedo.
Quedar sin esa magia que nos envuelve en la muerte, y en su enigma se descifra el poema de una vida breve que sólo el mar nos podrá cantar. Por eso, cuando la marea sube de noche, hay gente que asegura que es el mar que, arrepentido, quiere devolver a los que nunca se atrevieron a contar los secretos de su magia nocturnal.