martes, 26 de mayo de 2015

Felicitan ganadores de los Premios Nacionales de Literatura de RD



NUEVA YORK —El comisionado dominicano de Cultura en los Estados Unidos., Lic. Carlos Sánchez, felicitó a los ganadores de los Premios Nacionales de Literatura 2014, especialmente a los escritores Miguel Aníbal Perdomo y José Acosta, a quienes calificó como “dignos representantes de la literatura quisqueyana de la diáspora”.

“Estamos muy contentos con los Premios Nacionales obtenidos por Miguel Aníbal Perdomo y José Acosta, no sólo porque son miembros del equipo del Comisionado y estos lauros los prestigian a ellos como creadores, sino porque con esto se destaca el valor y el trabajo creativo de los escritores quisqueyanos que residen fuera de la República Dominicana”, dijo Sánchez.

El Comisionado de Cultura dijo que este ha sido un gran año para los escritores de la diáspora.

“Además del Premio Nacional de Poesía, José Acosta obtuvo el prestigioso premio Casa de las Américas en la categoría de Literatura Latina en los Estados Unidos, Rey Andújar el Premio Latinoamericano y Caribeño de Novela Alba Narrativa, y Miguel Aníbal Perdomo los Premios Nacionales de Ensayo y de Cuento”, dijo Sánchez. “Los escritores de la diáspora, los premiados y los sin premiar, están dejando una impronta de gran trascendencia en la Literatura Dominicana, que hay que destacar y promover”, indicó.

Los Premios Nacionales del Ministerio de Cultura de la República Dominicana, fueron anunciados en un acto que encabezó la viceministra para la Identidad Cultural y Ciudadanía, Edilí Pichardo, y fue celebrado en el Salón de Conferencia de la Feria del Libro.

Cada obra fue seleccionada por un jurado independiente, conformado por expertos en las áreas a evaluar, que escogió el Ministerio de Cultura.

José Acosta ganó el Premio Nacional de Poesía con el poemario Viaje al día venidero.

Miguel Aníbal Perdomo obtuvo el Premio Nacional de Cuento con Los violines gemelos; y el Premio Nacional de Ensayo, en la modalidad de ensayo literario, con la obra Ensayos al vapor.

La creación Sherlock Holmes y el misterio de los restos de Colón, de Carlos Esteban Deive, fue seleccionada como ganadora del Premio Nacional de Novela.

El Premio Nacional de Ensayo Pedro Henríquez Ureña, en la modalidad ensayo político, recayó en Capital Social Comunicativo, de Jesús Elías Michelén; en ensayo científico, resultó ganadora la obra Las tensiones de Thomas Kuhn. Una perspectiva crítica para los estudios sociales y culturales de la ciencia, de Leonardo Díaz.

En Teatro, A la espera, de la dramaturga Elizabeth Ovalles, obtuvo el premio. En tanto que en literatura infanto-juvenil, la obra también de teatro, La cigua palmera y madame sagá, de Gisela Nolasco Peña, fue la triunfadora.

Finalmente el Premio Nacional de Historia José Gabriel García, en la categoría de investigación, recayó en Miguel De Camps, por la obra El criollo; en la categoría recopilación documental ganó el libro Misiones dominicanas en Haití, del periodista y diplomático Pastor Vásquez; y en la categoría testimonios la obra escogida fue Conep: 20 años de su historia institucional, de los historiadores Mu-Kien Sang Ben y José Chez Checo.

Basilio Belliard, director de Gestión Literaria de la institución, informó además, que los ganadores recibirán RD$250 mil y un diploma. Dijo que la entrega de los premios será anunciada próximamente.

En total participaron 210 obras en las siete categorías que establecen los premios.



miércoles, 11 de marzo de 2015

Cada demonio, nueva novela de Máximo Vega




Estamos en 1976, en medio de una dictadura dominicana, la época de la guerra fría. Un joven misterioso, "una sombra", como él mismo se identifica, viaja de New York a la República Dominicana para averiguar qué sucedió realmente con su hermana de 15 años, Isabelita, que fue secuestrada en 1961 durante la tiranía de Rafael Leonidas Trujillo, cuando él tenía sólo 18 años. Al llegar, se hospeda en la casa de su primo Carlos Santana, un empresario ligado al gobierno, donde convive con una extraña pareja de hermanos. En su pesquisa, se hace acompañar del sargento Delgado, policía violento y autoritario ligado a oscuras tramas políticas, pero empleado de su primo, es decir que se convertirá en su guardaespaldas personal y lo ayudará en sus investigaciones. Lo importante no es saber quién secuestró a su hermana (descubriremos que todos los personajes son de una manera u otra culpables), sino por qué y para qué. El descubrimiento, por supuesto, será terrible. 

En medio del ambiente asfixiante de una dictadura (aunque mucho menos sangrienta que la de Trujillo), el personaje principal entiende que su trabajo no será fácil. La atmósfera es misteriosa y casi gótica. Una serie de cadáveres aparecen cada cierto tiempo en las calles de la ciudad: todos saben lo que sucede, pero nadie se atreve a confesarlo. Novela de la extrema violencia, de la corrupción política, de la depravación y de la complicidad. Su padre padece de Alzheimer, y ha olvidado todo lo sucedido. Su madre, una fanática religiosa perteneciente a una secta norteamericana, está convencida de que un Demonio secuestró a su hija. Cuando se descubre la verdad, él está dispuesto a darle la razón. 

¿Qué le sucedió realmente a Isabelita? ¿Fue secuestrada por un Demonio de carne y hueso? ¿Quiénes son estos demonios que la vigilaban constantemente? Como lo menciona Salviano en su Ubique Daemon: El Diablo, Satanás, se encuentra en todas partes. El reino de Dios está en los cielos, el de Satanás se encuentra aquí en la tierra.




Máximo Vega es uno de los más importantes narradores de la República Dominicana y el Caribe de su generación. Ha publicado los libros "Juguete de Madera" (novela), con múltiples ediciones, "Ana y los Demás"(novela), "El Libro de los Ultimos Días"(ensayo), "El Final del Sueño"(cuento), "La Ciudad Perdida"(cuento), etc. Ha sido traducido a algunos idiomas, y ha ganado diversos premios literarios. Su obra se caracteriza por la búsqueda de un lenguaje propio para situaciones del s. XXI que ocurren en el mundo y en su país. Pueden encontrarme en www.maximovega.blogspot.com






viernes, 30 de enero de 2015

Escritor José Acosta gana prestigioso Premio Casa de las Américas 2015


NUEVA YORK- El escritor dominicano José Acosta ganó el prestigioso Premio Casa de las Américas 2015, en la categoría de Literatura Latinoamericana en los Estados Unidos, con la novela Un kilómetro de mar.

El jurado integrado por Aileen El-Kadi, de Brasil; José A. Mazzotti, de Perú; y Margarita Mateo, de Cuba, después de haber dado lectura y discutido los libros presentados, acordó otorgar el Premio Casa de las Américas a la obra de José Acosta, “por constituir una impecable narración sobre los avatares de dos adolescentes en los años 60 en República Dominicana, sin dejar de incluir a un personaje desencantado de su vida en Norteamérica, la influencia de los cómics sobre vaqueros en la cultura popular y una mirada actualizada sobre los últimos años de la dictadura trujillista, combinados en un relato ágil, con un manejo del lenguaje que en numerosos momentos llega a ser poético”.

Escritores de Colombia, Cuba, Brasil, República Dominicana, Argentina, Chile y México acapararon los principales premios del 56 Concurso Literario "Casa de las Américas" 2015 en el fallo anunciado por el jurado en La Habana.

Desde su creación en 1959, el Premio que convoca la institución cultural cubana "Casa de las Américas" ha reunido miles de obras de autores del continente y más de un centenar han resultado galardonadas, de acuerdo con datos de sus promotores.

La editorial  Artepoetica Press, con sede en Nueva York, publicó en 2014 Un kilómetro de mar, la nueva novela del laureado escritor dominicano José Acosta, en lanzamiento enfocado en todo el ámbito de la lengua castellana.

Un kilómetro de mar es una historia de autodescubrimiento e imaginación narrada con un tono vibrante y excitante”, expresó el editor de la obra, el escritor y catedrático colombiano Carlos Aguasaco. “José Acosta es un escritor dominicano que reside en Nueva York y representa lo mejor de la literatura caribeña”, indicó.

La novela puede ser adquirida a través de http://www.artepoetica.com o www.amazon.com

El comisionado dominicano de Cultura en los EE.UU., Lic. Carlos Sánchez, felicitó a José Acosta por su importante premio.

“Para nosotros, el Comisionado Dominicano de Cultura, es un orgullo que uno de los miembros de esta institución haya obtenido un premio Casa de las Américas, una de las instituciones culturales más prestigiosas a nivel mundial”, dijo Sánchez. “José Acosta se ha ganado un espacio en el mundo de las letras a nivel internacional, en los géneros de Poesía, Cuento y Novela, en los que ha ganado importantes galardones”, señaló.

El reconocimiento le llega en momentos en que la editorial Techo de Papel, con sede en Nueva York, está publicando las obras completas de José Acosta, algunas de las cuales ya pueden adquirirse en Amazon.com, entre ellas Catequesis del íncubo, Accésit Premio Internacional de Poesía Casa de Teatro; El efecto dominó, Premio Nacional de Cuento Universidad Central de Este; El enigma del anticuario, cuentos; Destrucciones, Premio Internacional de Poesía “Odón Betanzos Palacios” de Nueva York; Territorios Extraños, Premio Nacional de Poesía de la República Dominicana, y El evangelio según la muerte, Premio Internacional de Poesía “Nicolás Guillén”, de México.

Un kilómetro del mar cuenta la historia de Juan Robles, un joven preadolescente de una imaginación y valentía extraordinarias, que aprovecha la ausencia de su madre para acompañar a su amigo Edy Polanco a conocer el mar. Agobiado desde la niñez por el trauma psicológico que le causó haber sido testigo de la confusa muerte de su padre, asediado por la sed de venganza, Juan Robles elude la realidad y se cobija en un universo recreado a partir de las novelas western.

“El enrevesado y apasionante viaje hacia la cima de la montaña es, a su vez, paradójicamente, un descenso hacia el interior de sí mismo, un atajo hacia la adolescencia, donde Juan Robles, gracias a la sapiencia de don Anselmo, al encuentro erótico con la puta Aurelión y a los consejos y el trato fortuito que tuvo con el contradictorio y cínico ingeniero Chicho Moronta, finalmente logra vencer el miedo y se enfrenta cara a cara al monstruo existencial que lo atosiga”, dijo el escritor Rubén Sánchez Féliz. “Con una prosa ágil, limpia, de indiscutible belleza poética y cargada de humor, Acosta consigue reconciliar la ternura y la violencia, en un Santiago de los Caballeros que se erige como un personaje más, rescatando las costumbres de un tiempo que marcó la vida de toda una generación: el triunvirato y el balaguerato”, señaló.

Por su parte, sobre Un kilómetro de mar, el escritor Osiris Vallejo, dijo: “Los adolescentes Edy Polanco y Juan Robles, un buen día, deciden aventurarse hacia las montañas para ver si del otro lado dan con el mar y así empieza una travesía que los llevará, más que al mar, a la comprensión de que cada paso más allá del vecindario en que nacieron es penetrar a un mundo desconocido e inestable donde el absurdo es la única certidumbre”.

José Acosta es poeta, narrador y comunicador social. Ha ganado en cuatro ocasiones el Premio Nacional de Literatura de la República Dominicana, el más importante del país. En 1994 su poemario Territorios extraños recibió el Premio Nacional de Poesía Salomé Ureña y en 1997 obtuvo el Premio Internacional de Poesía Odón Betanzos Palacios de Nueva York con la obra Destrucciones. Entre sus galardones figuran también una mención de honor en el Cuarto Concurso Internacional de Poesía “La Porte des Poètes”, en París (1994), otra en la Bienal Latinoamericana de Literatura “José Rafael Pocaterra” celebrada en Valencia, Venezuela (1998). Su poemario El evangelio según la Muerte obtuvo en 2003 el Premio Internacional de Poesía “Nicolás Guillén”, de México, y ese mismo año otro poemario suyo quedó finalista del Premio Internacional de Poesía “Miguel de Cervantes”, de Armilla, en España.

Como narrador ha recibido numerosos premios, entre ellos el Premio Nacional de Cuento Universidad Central del Este (2000), con El efecto dominó; el Premio Nacional de Novela (2005), con Perdidos en Babilonia y el Premio Nacional de Cuento (2005), con Los derrotados huyen a París. En 2010, una novela suya estuvo entre las 10 finalistas del XV Premio Fernando Lara de Novela, de la editorial Planeta. En 2011, fue finalista del Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo, de Francia, y ese mismo año volvió a ganar el Premio Nacional de Novela con La multitud.



sábado, 15 de octubre de 2011

Máximo Vega: nuevo libro de ensayos



El libro de los últimos días


La muerte de Sacha Tebó



Es posible que, en el tiempo entre el Infinito 20 y el Infinito 30, un poco después de la aparición en la Tierra del huevo original, cuando los hombres primitivos, carentes de lenguaje escrito y estragados por la cacería en paisajes amarillos y verdes que vistos por Dios desde la estratosfera producen una impresión cartográfica, sucedió la primera vida de Sacha Tebó, su alma que ahora se desliza hacia otro cuerpo apareció por primera vez como ser humano. Por esta razón, porque él presenció las primeras pictografías y quizás fue uno de aquellos que las escribió en las paredes de las cuevas que servían como hogares húmedos y duros, continuó, en esta vida haitiana que le tocó en gracia, pintando esos seres humanos primitivos y esenciales, originales, seres desnudos con sus lanzas apuntadas, delgados como líneas, cazando animales que pastaban en el paisaje incorrupto.

En África, el lugar del Origen de una especie que ha colonizado todo el mundo (o quizás sus líneas correspondan a todos los seres esenciales: los aztecas, que realizan holocaustos humanos para que nunca se apague el Sol, que insiste en marchitarse; los incas, que piensan que la Tierra es un puma en el instante en que salta desde una sombra hacia una niebla...) La poesía de las pinturas de Tebó, ese pintor haitiano rubio y de ojos verdes, que vivió en Santiago de los Caballeros, en la República Dominicana, apartado de nosotros, alejado del mundo contemporáneo que apenas esbozó tímidamente en alguna instalación sobre libros ilegibles cerrados con candados, emana de su semejanza con esas pictografías prehistóricas sobre hombres que apuntan o danzan y de animales que huyen o descansan agotados, desprovistos de la corrupción rousseauniana que trae la civilización. Pictografías taínas, haitianas o dominicanas, siempre humanizadas, no simbólicas ni rituales como nos hacen creer los libros de texto repletos de cemíes y espíritus deformes; africanos o europeos agrupados en una comunidad compacta cuando los continentes no tenían esos nombres, pueblan sus pinturas que, a veces, están hechas sobre metal o sobre piedra, con la forma posible de su estructura real, de manera que parecen arrancadas directamente de una cueva o una roca colocada en la entrada de una aldea para proteger de los malos espíritus, o simplemente para advertir que allí habitan los homo sapiens, los primeros artistas, los pintores, los poetas que aún no han encontrado las palabras y los nombres. ¿Por qué esa relación tan estrecha de las pinturas de Sacha Tebó con el Origen del Hombre, con una época más arraigada? Realmente, sus pinturas tienen una tradición naive, conectada con Rousseau, pero es un naive totalmente original, único. No es solamente caribeño, parece más bien universalmente prehistórico. Una inocencia que hace honor a esta palabra que ya nos parece tan vieja, tan pasada de moda. Rousseau vuelve a cobrar interés porque nos hemos convertido en seres ecológicos: de nuevo la naturaleza existe y debemos protegerla. El futuro está en el Amazonas y en Greenpeace. En los Haitises y en Bahía de los Águilas. Tebó pintaba con cera de abeja, como un artista del paleolítico; horadaba la piedra y el metal en bajorrelieve. Además de que, y me parece que esto es importante, sus pinturas, sus instalaciones, sus esculto-pinturas, exhalan una sensación poética, pacífica, de un mundo más fatigoso pero más feliz. Y esa poesía es muy difícil de lograr, de lograr naturalmente

quiero decir, como sin esfuerzo. Sus pinturas nos recuerdan lo que éramos en el Primer Tiempo: cazadores que amábamos la naturaleza como a nosotros mismos, bailando al compás de los rarás, o como fuera que se llamaran los tambores primitivos: un río era un

Dios que huía eternamente, un árbol milenario un ánima que nos asustaba con sus rumores y su presencia en las noches, un enfermo de difteria que alucinaba por la fiebre entraba en contacto con los espíritus de los antepasados. Hoy sabemos que esto no es así, pero esta certeza no nos ha hecho mejores, sino más desdichados. La ciencia ha limitado la realidad, como dijo Bioy Casares. Para los hindúes, el Ganges es todavía una Diosa: una deidad hermosa y maloliente que surca el país y acoge a los muertos con su putrefacción purificadora. Los hindúes tienen miles de dioses porque para ellos todo merece ser idolatrado: el cuerpo de Dios es el universo. Quizás Sacha sentía esa nostalgia por esa vida no vivida, esa esencialidad que hemos perdido: un cazador o un bailarín o un espectador, que pudo ser él o yo, que también añoro el Tiempo de los Infinitos: un cazador o un bailarín o un espectador del prodigio que es sólo una línea como el dibujo de un niño, un cazador que espera con su lanza la embestida del buey salvaje que lucha por su vida como también lo hacían los verdaderos hombres, en una pelea totalmente lícita puesto que, como nos revela la Bhagavad Gita, debemos desembarazarnos del temor a la muerte pues ésta no tiene importancia; es decir, la muerte no es el final sino el principio de algo que no nos es dado conocer. El buey regresará quizás siendo algo más que una pobre res, así como Sacha y yo también lo haremos para seguir siendo desdichados, y seguir añorando. Nunca conocí personalmente a Sacha Tebó. Mi admiración fue puramente platónica, destinada exclusivamente a sus obras de arte. Es decir, lo vi algunas veces en sus exposiciones y conocí de su prestigio intelectual cuando impartió una conferencia para presentar a su amigo, el pintor argentino Peres Celis; pero nunca me presenté, soy muy tímido para esas cosas. Aunque eso carece de importancia. Hoy, que espero su regreso, que tal vez no reconoceré, lamento que ya no sea capaz de continuar creando. Me pregunto qué pasará cuando él vea sus piedras fabulosas, amarillas, negras, grises, verdes, en su otro cuerpo (quizás siendo buey, quizás siendo crítico de arte). Me pregunto si Sacha, el querido Sacha que ya no será Sacha, querrá volver como un negro a la época entre el Infinito 20 y el Infinito 30, un poco después de haber aparecido en la Tierra el huevo original, idolatrando sabiamente la piedra filosofal. Me pregunto si la realización de nuestros sueños nos será permitida tras haber sido tan importantes en nuestras vidas anteriores.

lunes, 10 de octubre de 2011

José Acosta: cuento



La muchacha que sabía colgar las camisas



El taxista me dejó frente a una casita de arquitectura convencional, un porche de ladrillos y una puerta de caoba con dos intercomunicadores. Como se trataba de una cita galante, para no importunar a los vecinos, tomé el celular y llamé a la muchacha y le pregunté si debía apretar el botón de la residencia uno o dos.

―Ninguno ―contestó ella―. Yo vivo en el sótano.

En el extremo izquierdo del porche bajaba una corta escalera de cemento. Justo cuando iba a tocar la puerta ella me abrió, evaluó durante un segundo mi atuendo, tomó la botella de vino que había llevado y me pidió que entrara. Era un estudio de soltero poco espacioso, adornado con buen gusto. El orden reinante era tan escrupuloso que me aturdió. ¡Me resultó prodigiosamente asombroso! Los tres candelabros encendidos encima de la mesa, la línea de pinturas tamaño postal de Gustav Klimt que colgaba en la pared del pasillo del baño, los libros de un anaquel de dos metros de alzada, todo respondía a una organización que me pareció de un rigor matemático.

―Eres muy ordenada ―le dije. Mi afirmación, en lugar de complacerla, pareció perturbarla. Se recogió el pelo rizado que caía sobre sus hombros con una horquilla, me atrajo hacia ella y me besó con pasión de colegiala. Sus labios temblaron. Luego me dio la espalda y buscó en la alacena un sacacorchos y me lo pasó. Mientras destapaba el vino, paseé la mirada por el interior de la alacena y me quedé pasmado. Encima de los estantes descansaban frascos de especias, cajitas de té, pucheros de miel, sal y azúcar y una variedad de marmitas con granos y semillas en una disposición tan armoniosa que recordaba una instalación artística.

Se llamaba Andrea. Habíamos tomado una clase de Geometría juntos en la universidad. Durante todo el semestre ella me habló una sola vez. Simplemente se me acercó y me preguntó de sopetón cuánto medía de estatura.

―Para coserme la mortaja ―recuerdo que bromeé. Ella palideció un poco y cuando le di el dato se alejó de mí y me ignoró hasta tres días atrás, cuando al salir del metro en la calle 145, envuelta en el mismo misterio de la primera ocasión, me dijo que había estado esperando por mí. Extrañado, me encogí de hombros y me dejé conducir por la avenida Amsterdam hasta un barcito acogedor, que por el micrófono instalado en una tarima diminuta y las cintas de colores que flotaban en el techo imaginé que durante las noches se llenaba de esos seres melancólicos que ya no esperan nada de la vida.

Nos sirvieron un té en unos vasos enormes. Ella abrió su cartera y sacó un papel amarillento y me lo tendió. En la imagen se podía apreciar la representación gráfica del logaritmo neperiano, y más abajo un cálculo matemático cuyo resultado terminaba en “X” más “Y”.

―Mujer y hombre ―expresé sin convicción. Andrea se alegró. Me pasó una tarjeta con su dirección y me pidió que fuera a su casa el sábado siguiente, a las cuatro de la tarde.

―Ve preparado ―me dijo, y me besó efusivamente y con tanto ardor que decidí que por nada del mundo faltaría a la cita.

Andrea tomó dos copas, llenó una hasta la mitad y luego la otra a la misma altura. Pese a que ese afán de exactitud me pareció enfermizo, reconocí que la delicadeza con que ella escanciaba el vino le agregaba gracia y una rara pureza como de bosque secreto a su figura esbelta. Bebimos un trago mirándonos a los ojos. Tomé la iniciativa de llevarla de las manos hacia la salita, la acomodé en el sillón de la computadora y la besé.

―Delante del espejo no ―me rechazó. Reparé entonces en el espejo de la pared que recogía con dulces trazos una porción de la estancia. Andrea se volvió a la computadora, buscó su archivo de música y por la vivienda comenzó a flotar una singular mezcla de tambores y violines. Sentí como si un pájaro negro sobrevolara mi cabeza buscando la salida de aquella red de sonidos. Andrea se puso de pie y me pidió que la acompañara a la habitación. Entramos. La cama, enorme, estaba tendida con un manto en que se veía trazado un cuadrado enorme embutido en un círculo. “El hombre de Vitruvio de Leonardo da Vinci”, reconocí de inmediato. Y me figuré que Andrea, antes que nada, deseaba que me tendiera encima para calcular si las proporciones de mi figura humana estaban a la altura de sus exigencias.

―La longitud de los brazos extendidos de un hombre es igual a su altura ―murmuró ella, adivinando mis pensamientos. Con expresión concentrada, empezó a quitarme la camisa. Cuando terminó con el último botón, hizo un movimiento tan extraordinario, que me quedé sin aliento; tomando la camisa por el cuello, la lanzó al aire y según ésta bajaba, moviendo los dedos con una agilidad impecable, acomodó en líneas rectas las mangas y los bordes de la tela y fue y la colgó en un clavo de la puerta del armario. En mi cabeza, en vez de una mujer colgando una camisa, se grabó la imagen de un domador de halcones contemplando a su ave posada en su brazo extendido.

Detrás del espaldar del lecho había una ventana cuya cortina de un rojo sangre cruzaba el cristal transversalmente, formando dos triángulos equiláteros, uno de luz y otro de sombra. Por el de luz se apreciaba un manzano, a la sombra del cual descansaba una pequeña canasta y delante de la canasta una banqueta.

Una vez desnudo le advertí que la persona que se sentaba en la banqueta podía salir en cualquier momento y nos podía espiar.

―Por ahí sólo ronda mi gato ―aseguró ella.

Me dejé tender en la cama. Por su expresión supe que había pasado la prueba. Andrea se salió del vestido y desplegó ante mis ojos su maravillosa habilidad de colgar las prendas de vestir. Los senos y el sexo parecían de una niña. Una hada madrina había agitado su varita mágica y ¡zas!, la niña de doce años que había en Andrea había crecido de golpe, pero la magia no había alcanzado sus intimidades. Aquella aparente desproporción, no obstante, acentuaba su sensualidad, no rompía la armonía de su figura. La Naturaleza se había equivocado a su favor.

La muchacha me besó y se posó suavemente sobre mi sexo. Sus movimientos se ajustaron de inmediato a la música que invadía la estancia, sacudiéndose unas veces a golpes de tambor, deslizándose otras bajo las notas serenas del violín.

Cerré los ojos. Por un instante me pareció que encima de mí una alfarera china tomaba el barro del placer que inundaba mi carne, y modelaba con él unas jarras transparentes como el suspiro. Andrea se agitó de pronto, sentí la vibración de su sexo en mi sexo.

―Ahora caerá la manzana ―dijo, con ojos desorbitados. Se apeó de la cama, me apretó la mano con calidez y me pidió que mirara por la ventana. La manzana se desprendió de la rama como si la muchacha hubiera apretado un conmutador, y fue a parar exactamente dentro de la canasta.

Andrea dio un salto de alegría. Se metió rápidamente en el vestido y se alejó corriendo. Escuché el picaporte de la puerta y poco después la vi sentada en la banqueta del patio, examinando la manzana con una regla y un compás. ¿Había logrado ella encontrar la cuadratura del círculo?, me pregunté. En su rostro había deleite y algo indefinible, algo que se negaba a encajar en la razón. Me vestí y me paseé por la sala a mis anchas. Sentí que a mi alrededor las cosas, los elementos, pedían que los regresaran al caos, al fluir normal del tiempo. Era como si los libros, los cuadros, las copas... estuvieran prisioneros en unas jaulas invisibles que les impidieran moverse, desarmarse, recuperar su estado impuro, decadente, atroz. Esta perfección no es de este mundo, me dije. Por aquí ha pasado Dios.

Comprendí que Andrea había logrado crear un reino, terriblemente hermoso, cuyas fronteras bordeaban el delirio, y que ese reino no hubiera podido ser posible sin mí. Regresé a la alcoba, me desvestí y me eché en la cama a esperarla. Su nuevo prisionero era yo.



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Ediciones Parada Creativa

Colección Libro Súbito

Barquisimeto, Venezuela, 2011

www.paradacreativa.com