lunes 26 de octubre de 2009

Escritora invitada: Farah Hallal



Farah Hallal Muñoz (Salcedo, República Dominicana, 1975). Desde niña incursionó en la creación literaria. En el año 1994, obtiene el primer lugar en la Feria Científico-Cultural de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (UNPHU) por su colección de poemas Sol infinito, publicada al año siguiente. Estudió Artes Gráficas, desempeñándose luego como escritora creativa, directora creativa y correctora en algunas publicitarias nacionales. Su permanente pasión por la literatura infantil la llevó a fundar la revista infantil Revulú, en la cual también difundió cuentos y poemas de su autoría. En el 2009 publica su libro de poemas Una mujer en caracol bajo el sello editorial Ángeles de Fierro. Actualmente, además de producir textos poéticos y narrativos, se dedica al marketing editorial.




Un dedo inmaculado


(Cuento)


Cuando descubrí a mi vecina sentada en el parque, con la mirada clavada en la espalda de Cristóbal Colón, no habíamos quedado en vernos. Sucedió por pura casualidad de la vida y, en este caso, una casualidad delgada y de rasgos débiles, de expresión casi ausente, de tonalidad marrón cobrizo y de textura alisada a fuerza de doblegarse muchas veces por año. Para las malas lenguas que lamen las calles de Vietnam, vuelvo y aclaro, que mi aparición en ese cuadrilátero donde cuerdos y locos se disputan la corona de la ignorancia, había surgido espontáneamente como la misma amenaza de la lluvia que me obligó, momentos antes, a despachar a mis muchachos del primer nivel de inglés del sábado por la tarde.
Bueno, la verdad es que les había dado el gusto de despacharles antes de las seis, no porque afuera el cielo amenazara con empezar a rabiar, sino porque dentro del salón también llovería por un defecto del desagüe del quinto piso que afectaba al cuarto y acabaría ahogando todos los salones como sucedió con la lluvia del mediodía. En tal caso, yo no iba a poder justificarles a las madres, seres elevados que bajan mucho de categoría cuando entienden que una pulmonía amenaza a sus crías, eso de quedarnos recitando el verbo to be con unas goteras que les caerían en la espalda, con la insistencia incisiva con la que un brujo vudú pinchaba con su aguja el cuerpo desahuciado de una muñeca.
Esa fue la única circunstancia que me obligó a salir del instituto. Mi madre diría que yo siempre me voy para mi casa después de que termino la clase pero, esta vez, yo no llevaba en mi bulto de maestro ningún ánimo de coger lucha en la calle. Por eso, cuando bajé el último escalón que me escupió en la calle El Conde, decidí ir en vía contraria del Parque Independencia. En verdad no me dejé ganar el pulso por una ciudad de aspecto fúnebre que anunciaba la continuidad de una lluvia desalmada.
A esa hora, con esa desesperación propia de los pasajeros que estarían huyendo de la Zona Colonial como esclavos del yugo, preferí huir de la escandalosa fila deseosa de conseguir un concho que fuera Los Mina. Cualquiera me daría la razón: un sábado por la tarde no es un día para terminar dándome empujones con quienes quieren cogerte el turno a la hora de montarte en un carro de concho, destartalado por todos los lados en que se le mire, sin cristales en las ventanas y con un chofer que te obligará a pegarte demasiado a los demás, animando con su frase famosa: “péguense como anoche”. Además por ser yo, que siempre me acaban cobrando dos y hasta tres pasajes por un solo viaje, ningún pasajero me querría a su lado.
Deambular me pareció mejor, sobre todo porque caminar bajo la llovizna y sobre los charcos de circunferencias impredecibles, siempre humedece mi memoria que deja ver las imágenes difuminadas de mi hermano Camilo, quien murió de meningitis en el Robert Read Cabral, cuando al hospital todavía le decían El Angelita. Así que, mientras no se definían las dimensiones del arrebato del tiempo, el pronóstico me cambió justo cuando caminaba por el Parque Colón y vi a mi huraña vecina Inmaculada. Sin duda, ese día guardaba un secreto que yo no le hubiera creído a nadie aunque me lo hubiera soplado allá en el barrio.
En Vietnam, donde vivimos, cualquier carajito mataría por poder venir a la calle El Conde a estudiar inglés. No solo porque hay varios institutos para elegir, también porque la gente sabe que, como hay turistas, puede practicar el idioma. Pero está claro que si los muchachos de un barrio que da el paisaje de Vietnam, tuvieran dinero para pagarse el curso, no tendrían para el pasaje semanal ni para bajar en recreo y comprarse una oferta 2x1[1]. Irían y regresarían muertos de hambre, tal y como nacieron. Con tal escenario, tampoco Inmaculada tendría edad ni dinero para venir a tomar cursitos al Conde. El qué hacía ahí y desde cuándo, era imposible saberlo con mirarla. A simple vista no llevaba cartera, ni cuadernos que dieran una pista de que estudiara algo cerca de aquí. Yo, generalmente, pongo a mis estudiantes, los que tienen quien les cubra el curso pero no el deseo de aprender, a bajar al Parque Colón, mejor conocido como el parque de las palomas, para que conversen con los turistas, les ayuden a tomar fotos cuando andan solos y a darles direcciones cuando llevan la sonrisa con aspecto perdido o despistado.
Y me resulta casi gracioso reconocer que el día que vi a Inmaculada, el que andaba perdido era yo. Caminaba como quien lleva objetivo sin llevar ninguno. Solo estaba sacando a pasear mis dos manos que, generalmente, andan con su mundo de cabeza en los bolsillos de mis pantalones de moda cuadriculada. Desde hace un tiempo a esta parte, yo había empezado a tener problemas para conseguir mi ambiciosa talla. Por eso era poco probable que yo pudiera disponer de una gran variedad de opciones, que estaba reducida a ese pantalón de cuadros de colores tan vagos, que su tonalidad exacta no se puede retener en la memoria. También me ayudaba con insistencia un jean prelavado y un pantalón negro al que mi madre le llama todavía el imán de las pelusas. Y cuando se habla de ropa, mi madre sabe lo que dice porque era lavandera de verdad, de las de antes, de cuando las señoras medio pobres no disponían de lavadoritas japonesas y, a fuerza de acariciar con desprecio el sucio de muchos desconocidos, consiguió respaldar mi espíritu de superación. Cosa rara en ese barrio donde viví antes de llegar a Vietnam, donde ganar un juego de dominó y saber bien bailar salsa, valía más que un diploma de 8vo grado.
Pues la cosa es que Inmaculada, a la que los malos tratos le acuñaron el sobrenombre de Culá, estaba sentada en el parque, acomodándose en su asiento como si nada, justo cuando el cielo empezó a disparar. No tenía paraguas, ni un periódico abierto, como bien se le ocurrió al señor que había estado sentado a su lado unos momentos antes. Me lucía completamente ajena a esta sensación asquerosa de tener mojados los pies dentro de los zapatos ¿no se daba cuenta de que se desplomaba la angustia del cielo? No, estaba claro que Culá no advertía ese comportamiento huidizo de los demás que se retiraban del parque como fichas de un tablero cuando, repentinamente, los dos contrincantes se han cansado del partido o ya comprendieron que estaba, más que claro, quién era el derrotado.
En lo particular, me llamó la atención la mirada exacta, casi puesta en una balanza, que Culá ofrecía a la estatua de Cristóbal Colón y su dedo levantado. La miraba con la cordialidad con la que se mira a un sujeto que sabes que conoces bien pero no recuerdas de dónde. No le voy a negar a nadie que cuando Culá movió la mano y señaló hacia el dedo de Colón, en verdad me asustó el movimiento de sus manos que antes me parecieron del mismo material que las del Almirante. ¿Qué coño estaba tramando con la estatua? ¿Se daba cuenta de que alguien estaba notando su comportamiento, alguien que la conoce del barrio y que se anda fijando en lo que no le importa? Alguien que, además, también se está mojando solo para hacerle el juego o para que no le pese en la conciencia.
Mientras Culá empezaba a dibujar en el aire la ruta para llegar al manicomio más cercano, me detuve a observar la vanidad de la Catedral Primada de América, que por ser primera no fue la mejor, que conste. Su fachada mojada se levantaba con el mismo orgullo de siempre como si no estuviera notando que en cada hueco de ladrillo, en cada disparo a quemarropa que el tiempo le daba, una paloma del parque se cagaba. Seguro lo primero era cogerla de nido, pero al cabo de poco tiempo cualquier paloma, por más bruta que sea, sabría que sus huevos no se ponen en todas las canastas y entonces cogerían los solemnes muros de la catedral para cagarlos. El parque contenía estos muros de dimensiones mal calculadas, donde además de los vivos que van todos los domingos a rezar, guardan en sus discretas fosas de mármol blanco, a muchos muertos que merecieron más misericordia que todos los indígenas exterminados.
Quitándome las gotas que me pudieron caer cerca de los ojos, volví a Culá. Si ella hubiera estado consciente de su entorno, a lo mejor habría advertido el olor a tierra mojada (y a mierda mojada) inundando el parque. Y además habría notado el silencio que fue llegando con la misma rapidez con la que los niños se fueron yendo, no solo por la evidente lluvia que le sirvió a la Catedral de espantapájaros, sino porque la prematura noche empezaba arropar el parque como si fuera a arropar a un niño que se tuvo que acostar temprano.
Esta obvia enajenación de Culá me impulsó a retirarme un poco -no me fuera a oír- y llamar a doña Fredes. Avisarle de la situación era necesario. Culá vivía con Fredesvinda desde hacía muchos años (todo el mundo sabe que el sufrimiento y la compasión se llevan bien). En fin que esta mujer, que se hizo su madre de la noche a la mañana, vendría a recogerla en cuanto supiera que Culá estaba como una loca sentada al borde de la lluvia más escandalosa de este pedazo de mundo, haciendo señas delirantes con un dedo. No veo mucha diferencia entre esto y estar completamente desajustada.
Pues en la catequista Fredes, la que nos hizo bautizar a todos en Vietnam –a mí dos veces porque no me creyó que fui bautizado antes de venir a la capital-, me gasté los últimos minutos de mi celular. Para mala suerte, no la pude ubicar en el barrio. Ni mi madre dio con ella, quien me hizo saber que doña Fredes se reúne los sábados por la tarde con los demás vejestorios de la iglesia y no hay quien les vea el pelo. Tampoco quise dejarle el mensaje con mi mamá que tiene el poder de regar un chisme con la violencia de un vómito. De caer en esa boca –con el perdón de mi querida madre- Culá iba a recibir más burlas de las que había recibido en Vietnam y completamente gratis.
Como en la adolescencia Culá tenía los dientes torcidos y unas muecas de preocupación prematuras, como era lo más parecido a un palo seco, de figura y de ánimo, los muchachos del barrio le silbaban con timbre de enamorados y cuando ella miraba le gritaban groserías. Cuando todavía no habían caído presos, el Bigote le voceaba Totogrande y Vicente El Guandul aprovechaba verla tender sus pantis para robárselos del tendedero y luego colgarlos en las verjas de todo el vecindario.
Como Culá cumple años solo los 29 de febrero, que es lo mismo que decir cada cuatro años, la vieja Fredes siempre le organizaba fiestecitas. Una vez le organizó una fiesta con la absurda idea de casarla. Tuvo la ocurrencia de invitar a todos los varones del barrio para ver si alguno se interesaba en ella. Hasta a mí me llegó la invitación, no por una tarjeta como se debe, sino por una escandaloso “no se atreva a faltar don Vicente” que me gritó a través de la ventana que separa su sala de la mía.
A doña Fredes no se le ocurrió pensar que con mi edad pálida, mis intereses que huelen a un polvillo parecido al de los libros viejos y mi oficio de solitario, está más que claro que no disfrutaría de aquel espectáculo organizado por dos o tres celestinas. En fin, que tan poco interesó su silencio de 37 años, su cuerpo huesudo y desamparado, que hubo bizcocho por muchos días y a mi casa mandaron tres veces en una misma semana. “Es que hay muchos apagones, doña Vicenta”… le decía doña Fredes a mi madre, como pidiéndole excusas por pasar para mi casa otro pedazo de bizcocho casi descompuesto.
Aunque yo había visto en este trato, la desconsideración propia de la ignorancia de la juventud, al ver su poco juicio sentado en el banco, me preguntaba si Culá acabaría como una perturbada local, como parte del paisaje que te acostumbras a ver por la ciudad colonial. Como tampoco me había casado, leo todo lo que llega a mis manos y ya rondo casi los cincuenta, sé bien que estar solo es lo más parecido a un pelotazo en el pecho, a tener un manifiesto por dentro, como una cosa que pesa y que no se quita con ningún consuelo. Hace tiempo me dejó de importar que me señalaran como a un tipo raro porque corro con la suerte de merecer el respeto, si bien poco, que se le tiene a un profesor, a un pobre superado, que vive con su madre en un barrio caliente.
Como en Vietnam no se guardan secretos, y si los hubieran sería lo más parecido a una tierra minada, donde todo cuerno por más fino manejo que tenga, acaba explotando como una noticia que no necesita imprimirse en una primera plana para estar denunciándose en la boca de todos, todos sabían que Culá andaba detrás del amor. Y si no andaba ella por determinación propia, lo era por la determinación del resto de las mujeres del barrio que no veían bien que se quedara tan sola como nació: huérfana de madre desde el mismo momento del parto y sacada viva por una suerte tal, que habría hecho pensar a los médicos que la vida le tenía preparado algo grande. Pero desde los tres años también fue anunciada huérfana de padre y, de los tres a los catorce, todas las tías la querían para tenerla de chopa limpiándole las miserias. Y, bueno, cuando cumplió catorce y una tía encontró al marido a punto de violarla, la echó de la casa con una golpiza y la dejó en Caribe Tours. De La Vega venía doña Fredes y encontró a Inmaculada llorando sin un centavo en la estación de autobuses. Sin tener para donde coger. Esta historia –de tanto que la oí en la cocina de mi casa- me la sé mejor que las protagonistas.
Y allí, en ese parque donde a nadie le importa quién se sienta ni quien se levanta, me hice un espacio a su lado sabiendo que a lo mejor ni se daba cuenta de nada y ni saludé. Como después de esa fiesta Inmaculada nunca hablaba con los vecinos y casi nunca se dejaba ver (y honestamente yo tampoco), la recordaba como un disfraz elaborado para el carnaval por los muchachos del barrio. Me asombró que tuviera unos ojos almendrados de un marrón casi transparente. Apuesto a que si los hubiera visto más de cerca habrían dejado ver, con pelos y señales, todo lo que llevaban por dentro. Se diría que yo tenía una lupa en cada ojo, que me permitió ver detenidamente sus brazos: largos como la miseria que llevaba en la vida, marcados por los latigazos de correa que habrá recibido por no fregar los platos a tiempo o por mirar telenovelas mientras la tía de turno no estaba en casa.
Luego de un rato me esforcé por mirar lo que ella miraba, mi curiosidad de maestro alzó mi dedo y también acabé señalando el dedo alzado de Cristóbal Colón: un Almirante mucho más bronceado de lo que pensó que estaría en vida cuando atravesaba nuevas ideas en busca de un mundo mejor dibujado y solo encontró ingenuos corazones con poca ropa. Allí estaba ahora Cristóbal Colón, el gran Almirante, después de más de 500 años, señalando el hacia el norte y sin notar siquiera a la pobre reina Anacaona, arrastrándose, trepándose como un lagarto hacia donde estaba el rey de los mares de La Española. El fin lastimero del pueblo indígena nos quedó claro desde siempre, no creo que fuera necesario que nos clavaran esa escultura recordatorio, como una estaca en el mismo medio del corazón.
En fin, no creo que Inmaculada y yo estuviéramos teniendo la misma apreciación artística. No pasó mucho tiempo para darme cuenta de que ella esperaba que algo espectacular sucediera. Pero nada sucedía solo que me saludó. Yo creo que me saludó porque casi la tumbé del banco. Me pareció muy tonto que yo mismo me preguntara si me reconocería, si le importaría mi bigote de salsero setentón y mi barriga cincuentona. Inmaculada sabía mi nombre y mi oficio. Conocía hasta el apodo con el que mi mamá me llamaba cada vez que me sembraba a leer, a escuchar Clásica Radio o a preparar mis clases. Las ventanas de mi cuarto daban con las ventanas del suyo, pero daba la impresión de que nadie habitaba del otro lado. Yo había puesto en duda que esa mujer articulara bien todas las palabras. Pero mi duda se mojó en el charco que se tendía debajo de nuestros pies.
-Un día puse el dedo así y un rayo de luz rebotó en el bronce del dedo. Parecía que la luz salía de mi dedo. Se siente lindo, como si fuera magia –. Su voz me pareció angelical, a lo mejor por el poco uso que le daba. Su respuesta me hizo descubrir que estaba consciente de que yo la había tomado por desajustada y que su dibujo con un dedo en el aire merecía una explicación sustancial. Y por eso bajé la mirada para encontrar, confundido con los estampados escandalosos de su falda, mi libro Pedro y Juan, de Maupassant. Era mi edición favorita, anaranjado y de trazos dorados, de 1965 y tapa dura.
-Su mamá me presta libros de vez en cuando, perdone que no le pidiéramos permiso- agregó con unas mejillas tono vergüenza.
-Seguro que el próximo sábado hará sol- comenté, dando continuidad a la conversación que me interesaba. ¿Qué más iba a decir si yo mismo me vi alzando el dedo como un loco, sin saber por qué?
Me acababa de convertir en un tonto con barriga delante de esta mujer que, francamente, no parecía estar invadida de más locura que yo. ¿Qué me hizo pensar que yo fuera mejor? A mi edad, digamos, ¿por qué soltero? ¿Por qué huir de las mujeres sin ser capaz de lanzármele a ninguna? Estas preguntas me las podría haber leído cualquiera en la mirada. Pasaban por mis ojos como los carteles que arrastran los aviones donde bien se podría leer: soy un tonto confirmado.
Mientras pensaba en el cartel y definía el color que llevarían las letras de mi tontería más clara, la de hacer pasar por loco a otro, yo con condiciones de más, Inmaculada se puso de pie murmurando un casi va a llover o algo parecido. Extendió el libro que me negué a recibir mientras notaba cómo sus libras de menos y su falda de más, las hacían parecer una mujer del siglo antepasado. Me pareció que la tela de su falda habría bastado para hacer una cortina que cercase todo el parque y me reí de pensar eso.
O mi risa no le gustó o su virtud se oponía a seguir conversando conmigo porque me di cuenta de que apuró su huida. Pero yo, que pensé que otro sábado podríamos sentarnos a conversar sobre dedos bronce o a lo mejor sobre otros libros sustraídos, le pregunté si un día podríamos sentarnos otra vez, con más sol, a ver si me salía eso de la luz en el dedo.
-Puede ser- respondió y ese “puede ser” me ocasionó un leve ardor en los ojos, el ardor propio de los deseos que se logran.
-¿Y cuándo sería?- pregunté sin saber dónde meter la cara cuando la viera otra vez.
-Cuando Colón baje el dedo- dijo… y se rió como se ríen las muchachas normales, las que saben que no necesitan minifaldas ni un esmalte de uñas rojo sangre para poner el mundo de cabeza.


[1] Dos pedazos de pizza y un refresco

martes 8 de septiembre de 2009

Escritor invitado: Xphilo Liranzo




Xphilo Liranzo. Nació en Santo Domingo, República Dominicana, en 1980. Es comunicador social, políglota, traductor, profesor de idiomas y futuro cineasta. Creció entre Santo Domingo y San Francisco de Macorís. Estudió en Santiago de los Caballeros, ciudad con la que se siente más identificado. Actualmente reside en Toronto, Canadá.



ConTempo
(Cuento)

-Hola. Sí, soy yo…Ah, es que no me escucho bien todavía; espera... Ahora sí, ya terminó de entablarse la conexión. Ah no, no puedes hablar en la primera cita. Este encuentro es básicamente para conocernos y para que entrenes tus sentidos.
¡Vaya, finalmente me has hallado! Encontraste el aura del movimiento en los recuerdos y en la contemplación, la sincronizaste mientras me evocabas (que es lo más difícil); todo eso lo repetiste durante semanas, por eso estás aquí ahora. ¡Felicidades! Estoy muy contento con este encuentro.
¿Es bien cómodo este lugar, eh? Claro, es un salón ultra-reconfortante, excelente para un primer encuentro. Sé del gran interés que tienes en mí y todo lo que me quieres preguntar (cosa que no podrás hacer hoy), pero no te preocupes que ya has logrado la primera conexión, las siguientes serán más fáciles de entablar, todo depende de tu dedicación y de que apliques lo necesario. Lo que si podría ser un problema es que esta conexión se caiga. Tengo entendido que tu hermano quedó de llamarte en unos minutos y eso podría tumbarla. Una conexión que se caiga en una primera cita causaría muchas distorsiones en los canales de evocación. ¡De modo que es muy importante mantenerla!
Por cierto, tu manera de evocar es una de las más interesantes y creativas que he visto; tus evocaciones están llenas de ocurrencias e inquietudes muy particulares. Las respuestas a tus inquietudes te las daré paulatina e indirectamente, pues como tú, a mí me interesa más el diálogo abierto y espontáneo, aunque hoy no estaremos dialogando en ningún momento.
¿Sabes? Aprecio mucho a la gente que piensa positivo de mí y tú eres de los pocos; yo siempre soy un gran pretexto para maldecir e inculpar. Si son críticos, me agradan aquellos que hacen reflexiones en busca de salud, integridad y entendimiento para consigo mismos y los demás, no me gustan esas personas que se basan en lo crítico-pesimista para llamar la atención ni para lucir un ego intelectual. De ser negativos en sus juicios, me gusta que al menos lo sean cómicamente, que no se tomen tan en serio; eso alivia el pesimismo, es que el humor sana, recrea, relaja... ¡Y tus evocaciones están llenas de eso!
Te voy a mostrar un caso de un tipo que fue muy negativo pero a la vez cómico (aunque de manera violenta), ya verás...
¡Vamos con el caso!...


¡Mira qué pantalla! Nunca habías visto algo así en tu vida, pues esa tecnología no estará en el mercado por ahora. Claro, yo tengo toda la tecnología de punta, pues la tecnología se basa en mí. Jejejeje. Esa pantalla no se trata de una televisión, ni de una presencia voyeur, es mucho más que eso; estarás ahí con todos los ángulos visuales que quieras, entenderás todo el contexto situacional y la personalidad de los involucrados en el caso. Esas ondas que se están disipando alrededor de la pantalla y de nosotros es lo que te dará esas nociones, cuando estés del todo rodeado por estas (en unos 20 segundos aproximadamente), esa pantalla ya no será una pantalla como la estamos viendo y arrancará la exposición del caso que te quiero mostrar…

Terminan las ondas de circundarlo e inicia la proyección:

Un joven que hace poco vive con su comprometida se ha levantado tarde y tiene una reunión laboral muy importante. Tanto a él como a su novia se les ha pasado la alarma, pues se trasnocharon. él se levanta agitado; se prepara el desayuno: cereales que le sirven de laxante para la defecación (cosa realmente importante para él, ya que le es muy incómodo irse a trabajar con las heces almacenadas). Comienza a desayunar aceleradamente...Su novia se levanta y le aconseja que deje el desayuno y que se prepare para irse, le recuerda que la reunión es muy importante. él la reprocha mientras continúa comiendo velozmente.
Ella le dice que no sea tan inflexible e insiste en que se vaya sin desayunar (no sabiendo lo importante que es para él evacuar en la mañana); él la ignora y continúa comiendo aceleradamente, deseando que le llegue el deseo de evacuar lo más pronto posible.
Termina de comer y aún no tiene las ganas. Sin embargo, entra al baño; está tratando de evacuar pero le es imposible. Continúa tratando, pero no puede; maldice en su interior; se mete en la ducha, se baña velocísimamente; toma la ropa, se cambia; baja los escalones, casi llegando al parqueo le llega finalmente el deseo de evacuar, entonces se devuelve; está evacuando, pero la tensión imposibilita la gran expulsión mientras el tiempo sigue pasando, tiempo que no ha dejado de mirar tanto en el reloj de su muñeca como en el lujoso de la sala. Maldice, maldice y maldice…Algunos de los perjurios salen en voz bien alta.
Es muy tarde y no ha defecado prácticamente nada. Otra vez decide irse; sale del baño y se dirige corriendo hacia el parqueo; llega al carro; al prenderlo, recuerda que ha dejado unos documentos importantísimos para la reunión.
Sube otra vez al apartamento...Está buscando los documentos; no los encuentra; maldice y maldice; continúa buscándolos pero los intestinos le llaman la atención; reventado de enojo, maldice otra vez, estrella algunas cosas en sus alrededores, ve que ya es demasiado tarde; toma el bellísimo reloj de la sala y como si fuera una persona, cara a cara le dice:
-¡No, maldito hijo de puta, no seas hipócrita y deja de hacerte a que estás parado ahí, que no lo estás! ¡Vas huyendo y rápido! Hazme el maldito favor de ponerte a correr y deja la jodida hipocresía! Corre, corre, corre, hijo de puta. ¡Si no lo haces, soy yo él que te pondrá a correr, marica! ¡Corre, corre, maldito reloj, corre, corre y rápido! ¡Deja la hipocresía de mierda y ponte a correr! ¡Joder. ¿Vas a seguir de hipócrita haciéndote a que estás bien bonito parado ahí?! ¡Pues, yo te pongo a ser franco y sincero, marica!
Entonces, violentamente lanza el reloj por el suelo como si fuera una bola de boliche. Su novia se explota de la risa y él comienza a cambiar su enojo por risas. Dentro de poco, regresa al baño para una evacuación completa.

-Jejejejeje. ¿Fue cómico, eh?

¡Ey, pero estás muy asombrado por la experiencia con esa tecnología! Claro, es obvio…Jejejejeje. ¿Ves? El tipo me mandó mucha energía negativa, pero esas maldiciones se debilitaron con el humor; a mí me disgustan bastante las maldiciones, pues afectan mucho mi bienestar. Lamentablemente, la mayoría de la gente lo que me manda es energía destructiva, he aprendido muy bien a lidiar con eso. Por eso, engrandezco muchísimo cuando personas como/ ¡Ah! La conexión, la conexión…La estamos perdiendo, no te estoy viendo ahora; trata de concentrarte en el movimiento; vamos, vamos que has perdido la noción del movimiento, es que el autobús se ha detenido, no marchará por unos minutos con el embotellamiento que hay; mira a las personas y contempla el movimiento en ellas; vamos, vamos…

Continúa animándolo y dándole algunas recomendaciones...

-¡Qué bien que estás aquí de nuevo! Por poco y acabamos de perder la conexión. ¡Uf, qué alivio!. Eh...Eh…¿En dónde estaba?...Ah, que lo cómico opaca las maldiciones, que la energía negativa...Que...Que...La mayoría de la...!Ah sí! Te decía que lo que más recibo es energía negativa, pero tengo mecanismos y tecnologías que me permiten enaltecer lo poco de lo saludable que me envían (por cierto, te los mostraré en otras citas, pues son más avanzados y requieren de que estés más ejercitado). No te imaginas que feliz me siento con individuos como tú, que nunca me maldicen ni tratan de arrojar sus frustraciones en mí.
Por cierto, disculpa que en ocasiones me repita y hable desorganizadamente, pero es un buen entrenamiento para ti y un excelente ejercicio para nuestra comunicación, ya que enriquece tu percepción.

¡Ah!...Debo decirte que me gustó mucho la reflexión que hiciste sobre mí en casa de tu mejor amiga el día de su cumpleaños hace año y medio, el día ese en que después de ver una de tus películas favoritas se pusieron a hablar de mí mientras tomaban vino; ese día vieron a Hana-Bi y ella se quedó loca con ese filme. Me imagino que te recuerdas bien…Bueno, te presentaré esa reflexión que hiciste y aprovecharé para mostrarte otra tecnología, una tecnología totalmente auditiva que se basa mucho en la edición. En esta tecnología cada fonema se conecta con miles de fonemas relacionados a ese tema tratado (que en ese caso, el tema soy yo) durante toda tu vida bajo el cuerpo en que te hallas. Pero el hilo fonético constante del discurso (la reflexión que te mostraré, la misma que hiciste sobre mí) permite combinar todos esos fonemas. ¡Es entonces una evocación de palabras, frases, diálogos, expresiones, discursos, etc. relacionados a ese tema tratado por ti tanto en tu pasado como lo será en tu futuro!
Ya verás; es sólo auditivo, pero también cada fonema aporta sonidos del entorno donde los usaste y donde los usarás en el futuro. Sería pues, una celebración del recuerdo y del porvenir. ¡Esto te ejercita bastante los sentidos! Jejejeje. Me gusta ese rostro de fascinado que tienes, te está gustando mucho todo esto. Jejejejeje. Bueno, ¡ahí vamos!

Alza la mano derecha; un humo hace aparecer un extraño y pequeño objeto en su mano.

-Mira, esto te lo pondrás así en los oídos. ¿Es raro, eh? Jejejeje. Ok. Estamos listos, ahí va el audio:
“Te voy a decir otra de las razones por las que creo que uno siente que el tiempo se va cada vez más rápido. Te pongo de ejemplo una alcancía de monedas; digamos que hay treinta monedas en esa alcancía y de esta tomas tres, esas tres representan un diez por ciento de ese universo de monedas; sólo un diez por ciento representan esas tres. ¿Ok? Pero digamos que tienes otra alcancía pero de quince monedas. De esa otra alcancía, tomas al igual que la primera, tres monedas; esas tres representan un veinte por ciento de ese universo, quiere decir que valen más para la alcancía que tiene quince que para aquella que tiene treinta; así los años van devaluándose (en ese sentido numérico) según se van acumulando. Por eso, cuando uno tenía diez años y le hablaban de dos años, eso era muchísimo tiempo; claro, esos dos años valían mucho más numéricamente que los que valdrían hoy en día, pues representaban bastante tiempo para la edad que uno tenía en ese entonces. Yo creo que esa es otra de las razones por la cual uno siente que el tiempo corre cada vez más rápido y es una razón que pesa mucho’’.

Le quita el extraño y pequeño objeto de los oídos.

-¿Cuántos momentos de tu pasado y de tu futuro captaste con todos esos fonemas? ¡¿Bárbara experiencia auditiva, eh?! Eso sí, que cansa mucho...
Me gustó mucho esa reflexión que hiciste porque es bastante natural. Ese tipo de reflexiones ayuda a mi bienestar, contrario a las que suelen hacer los científicos, ellos escriben un montón de cosas sobre mí de manera muy complicada, usan demasiadas/ ¡Te estás desapareciendo, no te vayas!... Dile a ella que la llamas más tarde o perderemos la conexión, recuérdate que sería muy difícil reconec/Eso, muy bien; la llamas luego. Sí, sí, qué bueno…Ahí estás de nuevo; por suerte que acabaste la llamada bien pronto, un par de segundos más y se habría caído la conexión; qué bueno, pues es muy difícil reconectarse en una primera cita y como te había dicho, una caída de esta conexión podría causar muchas distorsiones en los canales de evocación, lo cual sería problemático. !Qué bien que sigues aquí!
A ver…¿Qué te decía? A ver... Ah sí, sí, que me gustó mucho esa reflexión que hiciste por lo natural que es y te decía que los científicos (no puedo decir que todos son así, porque aparecen algunos que me gustan) me desagradan porque suelen complicar y enredar todo hasta llegar al punto en que pierden la naturalidad en sus investigaciones, estudios y reflexiones. Ignoran todo lo que está fuera de lo que estudian, quieren ser demasiados específicos y se convierten en unos pobres ignorantes, pobres pero a la vez muy arrogantes (es que se limitan demasiado a lo racional, a las reglas y a los esquemas complicados). La forma como escriben la mayoría de los científicos que se interesan en mí es demasiado rebuscada. Hacen libros y tediosos estudios que se pueden resumir y entender mucho mejor con un par de frases o ejemplos cotidianos...¡Y perjudican bastante mi bienestar con sus complicaciones, es una energía pesimista la que me mandan! Total, lo que hacen con tanta profundidad aparente no es más que una pérdida de tiempo, de energía y un martirio vivencial para ellos, porque a la larga ni me llegan a conocer ni lo que hacen les sirve para mejorar sus vidas personales, sólo para el reconocimiento social y un ego superficial.
Pero, no todos los científicos son así, verás algunos que piensan diferente a través de otra tecnología que te quiero presentar : es un postvideo basado en una recopilación de reflexiones, escritos, filmes, reportajes, testimonios, discursos, frases, etc. que han hecho científicos, poetas, filósofos, gente de negocio (en fin, gente de todo tipo) sobre mí. ¿Suena muy interesante para tus inquietudes, eh? Jejejejeje.
Bien, primeramente sube un poco la cabeza. Muy bien; ahora coloca el cuerpo un poco hacia adelante. Ok; ahora voy:

Abriendo sus manos vocifera: ¡Vamos! Y un cubo lleno de un líquido de muchos colores aparece a sus pies con una toalla y un frasco dentro; toma la toalla y la exprime.

-Ahora te paso esta toalla sintética por toda tu cabeza, está empapada de un líquido especial que abrirá los poros de muchísimos niveles vivenciales que hay en ti, es la preparación del escenario para el postvideo.

Termina de pasarle la toalla, la arroja en el cubo y toma el frasco.

-Abre la boca, que te voy a dar la recopilación. Jejejeje; no pongas esa cara, que así mismo es, la recopilación está en este frasco. Sí, ábrela bien abierta...Eso, trágatelo todo. ¡Bien! Dentro de unos segundos comenzarás a presenciar (donde sea que mires) el postvideo: reacciones, interpretaciones, impresiones e ideas, todo audio-visual en torno a esta recopilación que acabas de consumir.

Se mantiene contemplándolo hasta que termina el postvideo.

-¿Estuvo interesantísimo, eh?...Uff, veo que ya estás agotado, claro ha sido mucho para una primera cita. Eh...Pues ahora te voy a mostrar algo que te ayudará con el cansancio; se centra en planos que no has ejercitado mucho hoy. Lo único es que llegarás a tu parada mientras te lo esté mostrando, lo que tienes que hacer es no distraerte con nada. Sólo desmóntate del autobús y camina sin miedo y sin salirte de lo que estarás presenciando y no perderemos la conexión. ¡Sin miedo y sin desconcentrarte! ¡No te salgas de lo que estarás presenciando! ¡Ya te he dicho lo que podría traer la caída de esta conexión! Bueno, ya sabes…

Otra vez vocifera: ¡Vamos! Y el entorno comienza de inmediato a oscurecer.

-Cierra los ojos que esta sala comienza a oscurecer, será una oscuridad muy pesada, tanto que si abres un poco los ojos podrías sangrar. ¡No los abras que ya comienza la oscuridad! ¡No los abras porque no quiero problemas contigo sangrando aquí! Ahora bien, lo que viene es muy estimulante y placentero: es la personificación de una canción que me encanta, una canción sobre mí que fue hecha antes de ayer por un grupo de jóvenes muy talentosos. Dentro de poco, sentirás unas ondas lumínicas, son las ondas que personificarán la canción, en ese momento, ya podrás abrir los ojos. Esa canción hecha persona te llevara a un aposento altamente propicio para las interacciones; ahí verás lo fácil que se conectan los innumerables planos tuyos con los de ella, favoreciendo las proyecciones de cada uno de ustedes; si en todos tus planos prepondera un gusto hacia ella y en los de ella un gusto hacia ti, tendrán un intenso erotismo. De no ser así, de todos modos ambos se enriquecerán, pasarán un momento agradable y se cultivarán; comprenderán que las reacciones provocadas por las interrelaciones de sus respectivos planos no son naturalmente compatibles, pero esto no impedirá a que se nutran entre ustedes. Recuerda que lo erótico no existe por sí solo, como muchos creen, pues tiene que conectarse con múltiples planos para que sea saludable y enriquecedor. Y tú bien sabes que eso no tiene nada que ver con las etiquetas o los estatus en las relaciones. Bueno, ahí ya están las ondas lumínicas circundándote, dentro de poco comienza la canción...

Comienza la canción; se personifica, inicia una interacción; luego el deleite, el erotismo y una interrupción:

-¡Demonios, perderemos la conexión! ¡ Qué pisotón te ha dado esa gorda que camina tan raro! ¡Esfuma el dolor y reconcéntrate en lo que presencias! ¡Huye, huye, esfuérzate!

Unos segundos de conexión inconsistente; grandes esfuerzos; salvar finalmente la conexión.

-¡Qué bueno, no te caíste! Ahí estás de nuevo, presenciándolo todo claramente. ¡Qué bien! ¡Ah, qué buena interacción estás teniendo! Mira, ya te desmontas en esta parada, sólo mantente concentrado y sin miedo, si haces eso no se perderá la conexión. ¡Oh, qué excitados están ustedes! ¡Qué erotismo tan cálido están teniendo! Jejejeje; sigue disfrutando de ella que es bellísima:

Así era
como tú,
Zeit, Tempo, Time
sin perdón,
como tú.

El tumulto,
el caos,
tan veloz,
pronto, fugaz
reciclado mi andar
Zeit, Tempo, Time
sin perdón
como tú.




Ambulaba sin contemplar
pero aspirando aprendí a cantar,
soñando canté tanto
llené mi canto
y...

él me perdonó, (X2)
Zeit, Tempo, Time
no perdonaba y perdonó
en cambio, tú sigues sin perdón.

Lastimado entre la multitud tambaleaba
conciertos con tónicas buscaba
me angustiaba,
no los hallaba
y …
al fin los hallé


no perdonaba y perdonó (X2)
mientras tú sigues sin perdón.



¿Por qué no?
¿Por qué?
Si hasta él perdona
los pasillos y sus ráfagas brotan y apasionan,
un alba creció
Zeit, Tempo, Time
perdonó y se transformó,
me tranformó
nos transformamos
el océano y sus luces saltaron
no perdonaba y perdonó
¿Por qué no tú?
¿Por qué no perdonas tú?

Zeit, Tempo, Time
Zeit, Tempo, Time
no perdonaba y perdonó,
¿Por qué no tú?
¿Por qué no perdonas tú?

Si lo inevitable es evitable
si se transmuta, se derrama
y se apasiona
¿Por qué no tú?
¿Por qué no perdonas tú?



-¡Me parece de maravilla esa canción! ¡Cuántas mezclas rítmicas tiene ! Esos muchachos son muy talentosos; pero las líricas me sorprenden más aún. El que la escribió es el más joven del grupo y es el vocalista, es un joven con una visión muy particular e intimista. En esa canción él conecta su situación con la chica que le gusta (debo decir que ella es hermosa e interesante pero es también impulsiva, terca y en ocasiones pesimista) con un proceso espiritual de balance en donde yo soy el eje, un balance que él ya ha logrado, tal y como lo expresa en la canción. Me pone de ejemplo como alguien que no perdona, cosa en la que casi todo el mundo está de acuerdo. Pero, él entiende que nada es absoluto, que todo está sometido al cambio, entonces si se logran hacer transformaciones constantes con un equilibrio basado en lo saludable, el carácter sin perdón de alguien (en este caso, yo) deja de existir por sí mismo, porque ese carácter está en perpetuo movimiento, no es fijo y por consiguiente, sus movimientos dejan brechas creando espacios para otras posibilidades. ¿Interesante, eh? Ese muchacho es genial y obviamente, es un tipo sumamente saludable. ¡Qué manera de pedirle perdón a una chica! Jejejeje. ¡Qué canción! él ya ha tenido varias citas conmigo y obviamente le ayudé para lograr su balance...
Eh…Pienso que ya ha sido más que suficiente por hoy, te felicito por toda tu consistencia en la conexión. Desde ahora en adelante la conexión será paulatinamente más fácil (pues la evocación será más fluida), directamente interactiva (pues podrás hablarme), menos interrumpida y mucho más versátil. ¿No ves cómo ya mejoraste en esta misma primera cita? Lograste más calidad, consistencia y versatilidad en la conexión y el esfuerzo ha sido paulatinamente menor. Mira que no ha vuelto a dejar de estar nítida y te has desmontado del autobús, has cruzado dos grandes avenidas y ahora vas a devolverle la llamada a tu hermano. Bueno, hasta la próxima amigo.

Febrero 2009

sábado 25 de julio de 2009

Daniela Cruz: poemas

(La mariposa: Sylvia Savala)


Daniela Cruz. Nació en Santiago, República Dominicana, en 1984. Poeta y comunicadora social. Miembro fundadora del Taller Literario del Centro (TLC) del Centro de la Cultura Señorita Ercilia Pepín de Santiago. Periodista del Listín Diario y conductora de los Miércoles Literarios del programa Radial Bajo La Luna. Publica regularmente textos de temas variados en su blog Del Sol con San Luis: www.delsolconsanluis.blogspot.com. Tiene dos libros inéditos: Ángel Terreno (Premio de Poesía 2007 del Concurso Literario Eugenio Deschamps de la Sociedad Cultural Alianza Cibaeña) y Sueño Errante (Segunda Mención de honor del Premio de Poesía Pedro Mir, Premios Funglode/GFDD 2008). Sus poemas han obtenido menciones de honor en otros concursos nacionales. Aparece antologada en Safo: las más recientes poetas dominicanas (Ediciones Ángeles de Fierro, 2004) y en Milagro de Jueves, antología poética del TLC (Editora Nacional-Ediciones Ángeles de Fierro, 2005).


Selección de poemas


Sueño Errante

Mención de honor Premio de Poesía Pedro Mir, Funglode, 2008



Insomnio 3


Nunca dejaremos nada nuestro en este mundo. Hemos compartido algunos perros, una pecera nos alegró las mañanas y un rosa sacrificó su color por mí. Aun así, no tendremos a nadie que nos vea con cariño simple cuando estemos al borde del precipicio.


Antes dormir 3


Recoge tus canciones y cuentos de concurso. Llévate la camisa manchada de vodka y la toallita clorada. Ya no precisamos de retazos para recordarnos aquí: tenemos un autobús transitando hacia siempre. Cada vez que viajo a los jardines marinos y te escondes en la rama que no registra el paso del verano, me mojo hasta dejar tu sombra marcando mis pasos. El café no espera tu boca para rescatar algún suspiro tuyo en mi espalda. No olvides el habano, que dejaré la nicotina después de ti.


Insomnio 4


Dios no está cuando de tu boca se resbalan las palabras de dudosa mentira. Duerme ajeno a mi silencio si me ruegas avergonzado una madrugada cálida. No tendré nunca testigos de que alguna vez estuviste cerca de confesar dependencia: lo más lejano al desprecio que te puedo inspirar de rodillas y agonizante en brevedad.


Sueño mojado 2


Me derrito el sexo con tus manos ausentes. Y se siente mejor que contigo. Me estoy ahorrando la suplica, tu satisfacción previa, el llanto ahogado por la tortura, mi canción de Silvio y la caricia falseada del cierre. Tanto ensayar para lo que será siempre eso, una prueba constante de lo que jamás seremos. Por eso ya suplico menos tiempo. Te vas jadeando en un minuto. Lloro solo tres lágrimas. Apenas digo que pasa un ángel y se hace leyenda. Pero estás alargando el roce a mis mejillas, tanto, que ahora le agregas un beso.


Asomo tuyo 3


No te gusta el vino. De ningún modo te acercas a una copa, a menos que sea de brandy o coñac. Al cabo es carbono envenenando la sangre y desatando mi ropa y tus dedos.


Ángel Terreno


Premio de Poesía, Alianza Cibaeña, 2007.


7


Sí. Ha retornado el domingo y sus aires me han recorrido a cuerpo entero. El ángel terreno y yo hemos pendulado inciertamente, y un sabor a nube matutina se disuelve en agua sulfurosa. Ahora, en la escalera negra del teatro, la gente de este mundo me rodea. Se saludan, se despiden y yo aún tiemblo con el calor oculto y el espejo en el bolsillo.

El sol ya no puede acariciarme, pero la piel se me quema: reconozco la soberanía del calor de los cuerpos, del cuerpo del ángel. Las cifras se siguen multiplicando infinitas y yo sonrío con la dicha bajo las uñas.


11


La lluvia es un grito húmedo de amor. Una denuncia goteada de soledad o ausencia. Y me callo para escuchar el discurso copioso que vierte en sus caídas continuas. El sueño se posa como carcoma en mis ojos y casi me ahueca la vista.

¿Queda? Queda solo la promesa de que el grito húmedo fecunde la tierra oculta bajo mis costillas y los claveles blanqueen mis huesos y mis dientes como una perla falsa.

De nuevo en medio del día y la noche, parece que retorno como una olvidada a los lugares frecuentados con el aroma oscuro del recuerdo, del adiós marchito. Hay tanto silencio y sopor acumulado en mi voz, que es un duelo indefinido mantener las ventanas abiertas y alegres.

En vano trato de sostener el pequeño mundo al norte de mi cuello.


15


Día jueves unitario en mi cuerpo.

He amanecido abierta, buscando el río tras la puerta clara. Huelen mis cavernas a humedad trasnochada y blanca. Y la luz me persigue como a los planetas.

Más allá de los asteroides hay un mar esperando peces. Hay algas sonrojadas aguardando tiburones o pequeños calamares que rasguñen sus hojas. Imploran una imposible visita matutina. Un destello oscuro que las mute o las destruya de un sorbo.

Las palabras me salen lentas ahora y me cuesta tanto mancharme hoy. Sudo, y mi voz se va ausentando por el mismo camino por donde hace unos días llegó la duda y el desconcierto.

Busco el espacio y me dejo palpar, a veces el aire no es tan arisco. Pero también me da miedo y retorno a las paredes oscuras. Entonces, también temo la luz.

Apenas veo las cosas que siempre están conmigo: mis libros y el teléfono, Azul y su sueño inmenso, Neptuno y sus burbujas, la censura y el vacío.

De repente llueve y Azul no está. Nunca hay nadie cuando llueve. Jamás la lluvia se acompaña de ángeles o un simple puñado de tierra seca.


18


Pienso si en verdad será un ángel con alas bañadas de tierra –a veces tiene tanta tierra en los ojos- no me mira desnuda como soy y descalza como transito.

Pienso también si tendrá las alas en buen estado -¿existirán talleres reparadores de alas?- a veces se niega a volar en ciertos cielos. O será tan terreno que yo misma le haya cortado las alas o simplemente se las haya dibujado temerosa de nunca volar.

Tal vez ni sea un ángel y yo ya esté muerta y enterrada para siempre.

¡Pero qué rosa soy! Solo desvarío en excusas para no mirar el abismo del vuelo y la caída de ciertos ángeles. Mi propia caída porque no he sabido abrir mis alas. Mi propio abismo, ya jamás saco las piernas del cieno.

Soy finalmente un charco inmóvil de tierra y plumas. Miro al cielo oscuro de tus ojos y tus pies se van alejando del suelo, ángel terreno, y el abismo no puede tragarte. Mi charco es una gota brevísima en tus alas.

He vuelto a desvariar bajo el acecho opaco de la unidad.

La caja negra duerme, yo también debería dormir y acabar con tanto eco suelto que se escapa por mis dedos. Esta mancha de tinta que siempre se renueva.


42


Siento el puñal clavado en mi hombro, como un hueso más de mi esqueleto. El aire no puede caminarme por dentro y ya no sé si camino o simplemente vago por inercia. La costumbre es un recuerdo desterrado de esta muerte.

La sangre me recorre con la cordura recobrada tras la tormenta de la piel. Solamente fluye, con la misma rutina de la resignación y el desgaste. No comprendo este silencio tan conocido, tan cotidiano, que me condena al odio perpetuo del anonimato cercano.

Y presiento el destierro a las alas del ángel, única tumba donde quiero ser enterrada.

jueves 25 de junio de 2009

Escritor invitado: Manuel Salvador Gautier

MANUEL SALVADOR GAUTIER. Es Ingeniero Arquitecto de la Universidad de Santo Domingo, República Dominicana, y Doctor en Arquitectura de la Universitá degli Studi, de Roma, Italia. Inició su obra literaria en 1993, cuando publicó la tetralogía Tiempo para héroes, con las novelas El atrevimiento, Pormenores del exilio, La convergencia y Monte adentro. Esta obra fue ganadora del premio de Novela Manuel de Jesús Galván1993, de la Secretaría de Estado de Educación. En 1995 publicó la novela Toda la vida, ganadora también del Premio de Novela Manuel de Jesús Galván 1995. En febrero de 1999 público su novela Serenata, escogida por la Pontificia Universidad católica Madre y Maestra (PUCMM), Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) y Universidad Iberoamericana (UNIBE) para ser leída por los estudiantes en sus cursos de literatura. En octubre del 2001 recibió el Premio de Novela de la Universidad Central del Este por su obra Balance de tres. En noviembre del 2002 fue declarado ganador del “Premio Víctor Hugo en la Historia”, con el ensayo “La fatalidad no está en un campanario de París”. Este Premio se convocó para celebrar el bicentenario de nacimiento del famoso intelectual francés y fue patrocinado conjuntamente por la Secretaría de Estado de Cultura y la Embajada Francesa en la República Dominicana. En enero de 2005 presentó siete relatos en Historias para un buen día, escogida por la PUCMM para la lectura de los estudiantes en literatura. En agosto de 2005 su cuento “Urías” ganó el Segundo Premio en el concurso internacional de cuentos y poesía Premio “Citta de Viareggio”, en Italia, promovido por la editora Il Molo. Concursó traducido al italiano. En febrero de 2006 publicó el ensayo Jaime al descubierto y en octubre, Ediciones Cedibil publicó su novela El asesino de las lluvias, que fue traducida al italiano por Maria Antonietta Ferro y publicada en 2007 por Giovane Holden Editori de Lucca, Italia. Ha publicado ensayos cortos en las revistas literarias Isla Abierta del Periódico Hoy, VETAS y otros medios de comunicación. Ha sido panelista en varias ocasiones en la Feria del Libro, y participado como conferencista en la presentación de varias obras literarias. Pertenece al grupo literario Ateneo Insular, del Movimiento Interiorista, dirigido por el intelectual Bruno Rosario Candelier, donde participa activamente, y donde ha realizado una obra intensa presentando ensayos cortos sobre la novelística nacional e internacional. En el 2005 fue nombrado Coordinador del Grupo Mester de la Academia de la Lengua, que tiene como objetivo difundir la narrativa dominicana; y en diciembre de 2007 fue nombrado Miembro Correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua, Correspondiente de la Real Academia Española de la Lengua. Presentó su discurso de entrada a la Academia en enero de 2009 con “La narrativa dominicana y las expresiones de la lengua”.


(J. Jesús Niño Torres: Árbol que florece en mujer y mariposas)


UN ÁRBOL PARA ESCONDER MARIPOSAS


Capítulo 3


.Él.


Infancia



Siso dijo que yo tengo la sensibilidad para ser hungán y me asusté. Como hago cada vez que debo pensar, me toqué los dientes delanteros con el dedo índice y me mantuve quieto, sentado en el piso de tierra, aparentando una tranquilidad que me faltaba.

Mi hermano Siso era mucho mayor que yo y el más viejo de los hermanos; alto y huesudo. Se veía más flaco porque siempre se ponía unas camisas que le quedaban grandes y le colgaban como pencas secas. Tenía la cabeza amarrada con el pañuelo de muchos colores que usaba a diario para identificarse con Papá Legbá, Ogún Balenyó y los demás Misterios radá, y lucía el anillo de metal en el dedo meñique que le regaló Mamá Yoyó, que yo quería y que él nunca se quitaba, ni para bañarse ni para persignarse.

Siso estaba frente al altar cuando me lo dijo. Hacía un recorrido con la vista por las piezas que lo componían. Se aseguraba que todo estuviera bien para la ceremonia de esa noche. De repente giró hacia mí con los ojos vidriosos, la boca salivosa y las manos tanteando el vacío como un ciego.

—Tian, busca la silla.

No había averiguaciones que hacer. Me levanté del piso, contento por moverme de allí para evitar ver a Siso caer al suelo dando retortijones y babeando espuma. Antes llamé a mi otro hermano Lucas, el que seguía a Siso, para que se hiciera cargo. Después que, ya hacía mucho tiempo, papá abandonó a Mamá Yoyó por otra mujer, Lucas era siempre el que resolvía las cosas del hombre en la casa.

La última vez que vi la silla estaba en el patio y hacia allá me dirigí corriendo. Siso la había usado para una sesión que no necesitaba del altar, con un grupo de muchachitos que querían ver cómo él hacía desaparecer una moneda en el aire y lograba encontrarla siempre, debajo de una de las tres tapitas que nos ponía por delante. A Siso le gustaba jugar con los niños, atraerlos. Ellos son inocentes, decía, están listos para el asombro, como tú, y me pasaba la mano por la cabeza.

La silla no era nada especial. Estaba hecha de madera de pino con asiento y espaldar tejidos en guano. Una silla común y corriente que apareció un día acarreada por alguien y que Siso usó, le gustó y no abandonó jamás, alegando que tenía un guanguá “muy fuerte, muy bueno, muy temerario”; un guanguá que en ese momento me desafiaba, pues la silla no apareció en el patio ni en ningún otro lugar donde registré. Recuerdo como ahora las discusiones que Mamá Yoyó y Siso tuvieron sobre la silla. Mamá Yoyó quería que Siso la pintara de rojo o verde con dibujos como los que poníamos en los tabiques exteriores de nuestros bohíos, para que luciera “más bonita” y fuera una atracción a los espíritus y un regocijo para los que venían a las sesiones. Siso se negó; dijo que la quería tal y como había llegado, que así tenía más poder, y así se quedó. Lo único que la diferenciaba de otras sillas parecidas eran siete hendiduras pequeñitas que Siso le hizo en forma circular con una cuchilla ceremonial y que representaban a los siete espíritus del saber; pero éstas apenas se notaban; había que conocer el lugar donde estaban. Yo las había visto muchas veces, ocultas en la parte inferior de una de los travesaños del espaldar. Siso las hizo para poseerla, para que el poder de la silla fuera de él y de más nadie.

Después de rastrear por un rato la silla me convencí que no iba a aparecer de una vez, porque de alguna manera se había esfumado de los lugares donde podía estar. Entonces decidí averiguar si Siso se había repuesto de su mal y cogí para donde él estaba. Lo tenían echado en el suelo, boca arriba. Lo rodeaban Mamá Yoyó, Lucas y el “aspirante”, un tipo llamado Ceceo, que se presentó diciendo que quería ser discípulo de Siso y que Siso aceptó después de una invocación a Papá Legbá. En ese momento Mamá Yoyó le pasaba a Siso un trapo con esencias por la frente.

Siso respiraba bien. Después de esos ataques epilépticos (el nombre y las peculiaridades de la enfermedad los conocí después), él tenía que reposar por un tiempo; pero oía, veía, olía y entendía todo lo que pasaba a su alrededor. Mamá Yoyó aseguraba que era un espíritu innominado que se le metía, un espíritu maligno, un Misterio guedé; pero Siso se negaba a aceptarlo. Él decía que no había visión premonitoria durante estos ataques, que todo se volvía oscuro y nada más. Es un mal del cuerpo, le aseguraba a Mamá Yoyó. Cúreme con medicinas, mamá. Pero nadie conocía las medicinas para curarlo. Es un mal de ojo que te echaron cuando tú eras chiquito, insistía Mamá Yoyó, protestando la inconsciencia del hijo por no querer reconocer la realidad del “guanguá”. Entonces, ¿por qué me premió el Gran Poder de Dios haciéndome servidor de los Misterios?, rebatía Siso, obligándola a callar.

Yo veía todo lo que le hacían a Siso desde el umbral de la puerta donde me mantuve escondido. No podía ir donde Siso a decirle que la silla se había evaporado. Mi misión era encontrarla donde estuviera, para eso hizo Siso los manoteos en el vacío y las imprecaciones silentes. Luego me ordenó buscarla y se desplomó, haciendo contorsiones y mordiéndose la lengua. Él sabía lo que me pedía.

Salí corriendo de la casa sin rumbo definido. El abuelo Vicente venía del vecindario alarmado por la noticia sobre el ataque de Siso y nos tropezamos.

—¡Muchachito del carajo!, ¿para dónde es que tú vas que te llevas de encuentro a la gente?

Le expliqué.

—¡Diablo! —el abuelo se rascó la cabeza—. ¿Y cómo pudo desaparecer esa silla?

Yo me quedé contemplándolo con interés, esperando su orientación. El abuelo era famoso por sus adivinaciones y formaba parte del grupo de los ancianos en las reuniones que se hacían con los mellizos venerados Plinio y Pedro Ventura, cuando toda la gente del lugar iba en peregrinación a la Agüita, por San Juan de la Maguana, donde ellos hacían las ceremonias de purificación. Por el paraje donde vivíamos en Solera Abajo, todos éramos seguidores de Liborio, el Santo.

El abuelo concluyó.

—¡Bueno! ¡Las sillas tienen patas, pero no caminan!

Eso lo sabía yo.

—¿Qué hago, abuelo?

El abuelo quedó caviloso.

—¿Cuándo fue que trajeron esta silla aquí?

Yo no estaba demasiado seguro de saber eso. Dije lo que me vino a la mente.

—Fue el día en que Siso invocó a Belié Balcán y sanó y protegió al recién nacido.

Se trató de una ocasión excepcional. Una mamá llorosa trajo a un bebé con un alfiler atravesado en la garganta. En el hospital le dijeron que había que operarlo, pero no garantizaban que el bebé aguantaría la operación, y ella se lo llevó a Siso como último recurso para salvarlo. Siso lo logró. Después de la invocación que le hizo al Misterio el alfiler se zafó de la garganta del bebé sin que nadie lo tocara.

—No lo que pasó, sino el día. ¿Qué día era?

Traté de identificar la fecha. Hacía ya mucho tiempo, yo era muy chiquito.

—Fue el día de los muertos —un poco adivinaba, inventaba más bien.

—¡Ahí está!

El día de los muertos es del Barón del Cementerio. Nadie puede invocar a otro Ser sin consultárselo.

—¡Pero Siso hizo los signos al Barón cuando llegó la doña con el muchachito! Lo único que después convocó a Belié Balcán para sanarlo.

—¡Ahí está! —rebatió el abuelo—. Hay que hacer algo.

El abuelo me dio la espalda y se dirigió hacia el camino vecinal que pasaba cerca. Yo lo seguí.

—¿Adónde vamos, abuelo?

—Sígueme y rézale a Tinyó Alahué.

El Purificador.

Yo no conocía entonces las invocaciones a Tinyó Alahué ni las plegarias a san Rafael Arcángel, el Santo identificado con ese Misterio, y sólo se me ocurrió repetir mil veces la oración que me vino a la mente: Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día, que yo rezaba de noche antes de dormir y que me pareció muy adecuada para la ocasión, no sé si para garantizar mi seguridad, calmar mi estado de ánimo o propiciar la solución al enigma de la desaparición de la silla.

El abuelo y yo andamos un rato por el camino, evitando los charcos de agua sucia y los trechos de lodo resbaladizo que aparecían aquí y allá. Había llovido fuertemente la noche anterior y la mitad de esa mañana, y el resultado era una humedad persistente por dondequiera, en el camino, en los árboles, en el aire. Me imaginé que por eso el abuelo invocaba la ayuda de Tinyó Alahué, el dios de las aguas. Dejé de imaginarlo cuando el abuelo se detuvo frente a un árbol de hojas moradas, cortó un montón y las ensartó en un cordón que traía, haciendo un redondel o corona.

—Ahora sólo falta conseguir las florecitas rosadas que crecen pegadas a la casa del compadre Eloy.

Eran los colores de Tinyó Alahué. El abuelo iba a invocar al Misterio. Pero ¿cómo? ¿dónde? No me pregunté “para qué” porque yo sabía.

Pasamos por el bohío del compadre Eloy y arrancamos las florecitas rosadas. Mientras lo hacíamos el compadre Eloy le dijo al abuelo que tuviéramos cuidado al cruzar la cañada de Volcadura, pues estaba inundada con una corriente violenta que lo arrastraba todo. Los dos hombres discutieron por dónde era mejor desviarse para pasarla, y entonces yo adiviné adónde íbamos. Había un recodo donde la cañada formaba un remanso no muy profundo (no tapaba a nadie, aunque corrían historias de ahogados y aparecidos), aislado por taludes rocosos y mucha vegetación.

Seguimos nuestro camino después que el abuelo y yo recogimos todas las florecitas rosadas que pudimos. Las metimos en una caja vacía, no muy grande, entregada por el compadre Eloy, que no preguntó para qué la queríamos ni qué haríamos con ellas.

—¿Qué tú rezas, Tian? —el abuelo notó que yo movía los labios.

Le dije.

—No. Reza conmigo —y recitamos la plegaria que va: Santísimo Príncipe de Gloria y Poderoso Arcángel San Rafael, grande en los bienes de la naturaleza, grande en el poder contra los demonios, grande en la dignidad, grande en su humildad, magistral de Dios…

Era una oración para proteger de las enfermedades; pero el abuelo Vicente parecía que eso no lo tomaba en consideración. Si era que íbamos tras la solución a la desaparición de la silla de Siso, ya yo no estaba seguro. A menos que la enfermedad de Siso tuviera algo que ver con la silla.

Pronto llegamos a la cañada. Efectivamente, en la hondonada pasaba un torbellino de agua turbia que impedía el paso. El abuelo me haló por un brazo para que siguiéramos un sendero en lo alto, a lo largo de la cañada.

—Hay una charca más adelante.

Anduvimos un trecho hasta que encontramos el remanso. Descendimos la cuesta y llegamos a la orilla. El agua allí era menos turbulenta, pero siempre turbia.

No había gente en los alrededores. El abuelo se quitó la ropa y se metió en el agua haciendo los gestos para que yo lo siguiera. Caminó hasta que el agua le dio por la cintura; entonces se arrodilló y se hundió hasta el pecho. Yo me desnudé, luego lo seguí hasta donde estaba, me arrodillé junto a él y quedé con el agua hasta el cuello.

—Tinyó Alahué es un Misterio poderoso. Tú tienes la sensibilidad para invocarlo. Hazlo —el abuelo me puso en la cabeza la corona de hojas moradas y en las manos la caja con florecitas rosadas.

Yo quedé horrorizado.

—Hazlo, Tian. Yo estoy aquí contigo para ayudarte. Convoca al Misterio. Él te ayudará a encontrar la silla de Siso y a hacer que Siso sane. Riega las florecitas rosadas a tu alrededor. Tinyó Alahué vendrá al círculo.

Era mi destino, seguir los pasos de Siso. Mamá Yoyó, Lucas, mis tíos y mis primos, el abuelo, todos en la familia me lo decían: Siso quiere que tú seas su aspirante. Cuando me lo decían yo decía: Pero Ceceo es el aspirante de Siso; entonces me respondían: Ceceo no se va a quedar; él vuelve a su paraje; y yo decía: Eso dicen, pero hay que ver.

Ahora el abuelo me obligaba a un ritual improvisado de invocación.

El abuelo comenzó el cántico.

—Ay Ave Maguía Tinyó.

—Alahué —respondía yo.

—Sube la montaña y tu va ve a Papá Tinyó.

—Alahué.

No sé cuántas veces repetí el coro a la invocación que hacía el abuelo. De repente me percaté que quien convocaba al espíritu era yo.

Entonces me hundí en el agua y me convertí en un ser líquido que se escurría como mancha transparente entre las aguas turbias del remanso. Sentí cuando la corona de hojas moradas se separaba de mi cabeza y las florecitas rosadas a mi alrededor formaban un círculo perfecto alrededor de ésta; me percaté cuando ambas, hojas y flores, tomaban rumbo al fondo hacia una profundidad que no podía existir porque el remanso no era tan hondo; pero allá iban las hojas y las flores, perceptibles, decididas, encarriladas, como una fuga de intrusos en una materia fértil, y yo las seguía. Entonces vi la silla. Estaba donde nadie podía encontrarla, enterrada a la vera del árbol de guaguasí en cuyas ramas se enrosca Damballah Wedo, la serpiente magnánima, sonámbula e invisible. La habían colocado allí para hacerle daño a Siso. Un “servidor” rival o un enemigo cualquiera. Todo había sido revelado.

Después.

Yo no estoy tan seguro que el Ser me poseyera. No estaba convencido que yo fuese quien pronunciara la invocación al Misterio; no la conocía. Fue como un desdoblamiento en el cual el abuelo era yo y yo el abuelo, y todo se trastrocaba una y otra vez. El abuelo dice que sí, que el Misterio entró en mí y me guió hacia donde yo debía buscar, que yo fui “servidor” y “caballo” como debe ocurrir en la primera posesión ritual, que en ese momento yo había sido señalado para rendir servicios a los Misterios.

—¡Pero, abuelo! ¿cómo fue que no me ahogué? —yo insistía en que mi travesía por el agua sólo podía ser una visión, no una posesión.

—Hijo mío, cuando el Misterio entró en ti se te viraron los ojos, respiraste fuerte, te hundiste en el agua por un buen rato, más de lo que puede resistir un hombre, y saliste refrescado y riente, cantando la gloria de Tinyó Alahué, y eso fue todo. El Misterio te poseyó. Tú eres como Siso.

¡Ahí estaba! ¡Una vez más, en un sólo día, me anunciaban que sería hungán! Me toqué los dientes delanteros con mi dedo índice, pensativo. Luego reaccioné.

—Vamos a buscar la silla, abuelo, a ver si está donde indicó el Misterio.

No se lo dije al abuelo; pero además de encontrar la silla, yo perseguía otra cosa. Quería comprobar si en este acto de fe Tinyó Alahué había conferido a Siso el beneficio de la curación. Una vez hallada la silla, el milagro de la sanación debía ocurrir. Sería la constatación de todo.

No volaron mariposas negras en el camino de vuelta en procura de la silla, sólo nos poseyó el anhelo de la culminación.

miércoles 13 de mayo de 2009

Evelyn del Carmen Taveras


(Espalda de mujer: Diego Rivera)


Evelyn del Carmen Taveras. Nació en Santiago, República Dominicana, en 1980. Es estudiante de término de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (CURSA-UASD). Pertenece al Taller Literario del Centro de la Cultura de Santiago ( T.L.C.). Ha participado en diferentes recitales y encuentros poéticos. Poemas suyos han sido publicados en periódicos y revistas, así como en la primera antología poética del Taller Literario del Centro “Milagro de Jueves”, (2005). Recientemente obtuvo el segundo lugar en el Certamen de poesía y prosa poética Memorial Lluis Carreño Ibáñez en España. Escribe la columna Contravoz de la revista Zona N del periódico Listín Diario, así como En el blog mantomaktub.blogspot.com.



De simples resplandores


I

Cortar mis alas no dolió tanto

dolió tan poco

menos que vivir con su peso a mis espaldas.

Batir mis alas valió tan poco

tanto como ahora que desvanecen.

Volar largamente es no saber que la vida crece

pies a tierra y no en las alturas

que es etérea mi alma y sin plumas

De simples resplandores.

El vuelo en mi sangre circula en mi carne de alas.

Pesa tan poco mi cuerpo

ligero como espuma

trasciende tanto mi espacio

como caer de bruces

en mi cielo sin arpas ni seres alados,

talados, atados de blancura.




II

Tengo ganas de disolverme en el aire

apagar la calma

y encender el vuelo.

Romper de alas el cielo

que llueve en mí este silencio de aves.


Tan largos los días



Tan largos los días.

Éstos que me guardan tu ausencia de luz matinal y atardeceres lejanos

de pronósticos de lluvia y sol ardiente lamiéndome las manos.

Eclipsa el cielo

y en tu lugar concurren los charcos,

los rostros acabados de vidas que recorren sendas oscuras

de casas que no habito.

Las horas están llenas de tu muerte golondrina

-surco de mar brotado de mis piernas-

un frío de luna en mi cintura

las luces en mi espalda,

tus dedos transparentes de ojos serenamente malditos

(mi cielo, alas de espuma)

y esta noche

descubren para mí tu sereno rumor de animal hambriento

ahora que llueve

y me queda en las manos este vacío de sol tragado por mis huesos.








Tu nombre

de noche sin sombras

Una luna creciente en mis labios

esparce mi horizonte por tu nombre

de noche sin sombras

mi lengua luz trepa a tu garganta

con tus dedos atravesándome la espalda.


Ahora muero en tu mirada oscura

pasa la vida por mis piernas...

tu lengua luz trepando a mi garganta.

sábado 4 de abril de 2009

Escritor invitado: Francisco Domínguez Charro


Viejo negro del puerto


Viejo negro del puerto

hace mucho que vengo mirando

la oscura silueta de tu cuerpo manso,

deslizarse, en silencio, en las noches,

del muelle a lo largo;

por recintos cargados de sombras

con tu fardo de penas a espaldas,

yo te he visto escrutando, a lo lejos

algún raro misterio perdido en lo alto...

Y te he visto, sumiso, responder al reclamo

-de ese grito silente de tu alma-

cuando aspira el humo con tu pipa

en profundas y lentas bocanadas...


Y te he visto, también,

deshilar el fulgor de tus ojos noctámbulos

por las aguas plateadas...


Viejo negro del puerto!

Esta noche de niebla es propicia

al rito mudo de tu fervor atávico;

prende tu pipa fuerte, embriágate de trópico,

sumérgete en ti mismo y apura tu nostalgia...


Escancia la tortura de tu alma

en un festín inmóvil con tus ansias:

Insúflate en la nada,

penetra los abismos insondables,

fija la indescriptible quietud de tu mirada,

y acorta la jornada redentora

de tu retorno al África...


Viejo negro del puerto,

retorna en el espíritu a tu selva sagrada.

Embárcate en la leve piragua imaginaria

de tu inconsciencia mártir

-y llora inconsolable-

que en esta noche lánguida

sólo un millón de estrellas

queda sin recorrer tus lágrimas...


Viejo negro del puerto

beodo iluso de agonías nocturnales;

yo he visto, muchas veces, tu herida destilando

llamaradas intensas de fugas ilusorias,

y tus pupilas mansas se han teñido de selva

en actitud fantástica...


¡Viejo negro del puerto!

¿Qué deseo te taladra?

¿Qué mística idolátrica penetra en tus entrañas

que, inmóvil como estatua, te embriagas de fulgor

de mil estrellas lánguidas...?


...Inútilmente sueñas con tu retorno al África.

Si pudieras tejer con tus brazos

un pedazo de jungla flotante

y dejarte arrastrar por los mares...


O tejer con clarores de luna

un velamen muy blanco y extraño

y dejarte impulsar por el aire:


-¡Qué aventura tan grande!-


¡Viejo negro del puerto!

¡Quisiera consolarte!


Francisco Domínguez Charro nació en San Pedro de Macorís el 22 de agosto de 1910. Compañero de Pedro Mir y Carmen Natalia, con quienes compartió los primeros años de edad escolar en su ciudad natal. En carta escrita en 1939 desde su lecho de enfermo a Carlos Curiel, hace referencia a su amistad y cariño por Pedro Mir, y al impacto que le produjo la visita a San Pedro de Macorís de Domingo Moreno Jimenes. En esa carta se refiere también a lo que el poeta postumista significó para él: "Yo tenía un periódico en sociedad con otro, y Pedro Mir y yo fuimos a entrevistar a Mirita de Peña (una santiaguera encantadora) y a Pirula Guerra, otra mujer bella. Él escribía las entrevistas con una elocuencia ética. Yo me asombraba. Después empezó a escribir sonetos clásicos perfectos. Yo también empecé a escribir sonetos y tenía unos veinte. Pero con la llegada de Moreno hubo una terrible tempestad que dio al traste con la sonetería de temas griegos y títulos en latín. Nació la inquietud versolibrista. Pedro Mir la despreció. Pero yo sabía que en él dormía un gran poeta". Los efectos de esa "terrible tempestad" no desaparecían en la obra poética de Francisco Domínguez Charro. América en genitura épica lo demuestra. Refiriéndose a esta obra, Marcio Veloz Maggiolo (Cultura, teatro y relatos en Santo Domingo) dice: "Domínguez Charro pretende proyectar la América hacia confines jamás soñados. Devolverle a la misma su esplendor perdido; lanzarla contra los demás mundos, haciendo de ella una mole aplastante y poderosa que haga posible su reconocimiento y que evite su explotación". "América en genitura épica ‑agrega‑ plantea el problema formal de una poesía narrativa; influido notablemente por la posición americanista de Moreno, Domínguez Charro pretende una poesía capaz de abarcar el mundo europeo, y quiere una América igual para todos, sin fronteras". Tierra y ámbar es la obra más importante de este poeta. En ella la vida marina de su ciudad natal y los afanes de sus hombres, aparecen en forma constante junto a una nostalgia que dará un ámbito popular a su poesía. En ella hay predominio de la intuición sobre el rigor formal. Se nota el gran poeta que no llegó a encontrarse a sí mismo por la circunstancia de su muerte prematura, ocurrida el 15 de septiembre de 1943. De temperamento inquieto, apasionado, Francisco Domínguez Charro trató el tema social y la poesía erótica con hermosura, tristeza evocadora, y sorprendentes hallazgos expresivos.

Publicó en la revista de "Los Nuevos", aunque no perteneció a este grupo. Tampoco fue postumista. Héctor Incháustegui Cabral da a conocer en la Revista ¡Ahora! (No. 568, septiembre 1974), un interesante trabajo sobre este poeta titulado "Francisco Domínguez Charro y la trigueñez". De este estudio extraemos lo siguiente: "Domínguez Charro, sobre todo en este poema [se refiere a la "Canción del pescador"], es uno de los pocos poetas dominicanos que canta cosas del mar, de la navegación, con un alarde de conocimientos que no encontramos en otros". La mayor parte de la obra poética de Domínguez Charro permanece inédita o perdida. Nos ha sido imposible localizar en manos de familiares y amigos esos veinte sonetos de su primera época, así como otros poemas posteriores.

Obras publicadas

  • Tierra y ámbar (1940)
  • América en genitura épica (1943)
  • Romance del espiral (1943)

sábado 7 de marzo de 2009

Escritora invitada: Chiqui Vicioso

Luisa Angélica Sherezada Vicioso, Chiqui. Es Licenciada en Sociología e Historia de América Latina de la Universidad Brooklyn College de Nueva York. Tiene una Maestría en Educación de la Universidad de Columbia y estudios de postgrado en Administración Cultural de la Fundación Getulio Vargas, de Río de Janeiro, Brasil.
Ha escrito cinco poemarios: Viaje desde el agua; Un extraño ulular traía el viento (con la colaboración gráfica de Tony Capellán); Intern-A-miento (con la colaboración gráfica de Jorge Pineda), Wish-ky Sour y Eva/Sion/Es. También ha escrito y publicado una biografía poética sobre Julia de Burgos: Julia de Burgos, la nuestra, con grabados de Belkys Ramírez, el primer texto de crítica literaria feminista escrito en el país: Algo que dec
ir, ensayos sobre literatura femenina; y Bolber a Vivir: imágenes de Nicaragua, con prólogo de Juan Bosch; Salomé Ureña: a cien años de un magisterior, y Eugenio Maria de Hostos y su Concepción sobre la Mujer.Es autora de las obras de teatro: Wish-ky Sour, Premio Nacional de Teatro 1996; Salomé U: cartas a una ausencia; Desvelos (diálogo entre Emily Dickinson y Salomé Ureña); Perrerías, y NUYOR/islas.
Desde 1986 a 1999 publicó una columna regular en el periódico más importante de la Republica Dominicana, Listín Diario, y entre 1999 y el 2005 una columna en el periódico HOY. Entre 1981 y 1983 colaboró con los suplementos Aquí, de la Noticia y Cantidad Hechizada, del Nuevo Diario, el cual creó y dirigió. Otras publicaciones son:
Tres manuales de capacitación en género, el último en tres idiomas publicados con el auspicio de la UNESCO y
el UNICEF, para El Caribe inglés, francés y español; y un manual en genero para la capacitación del personal de la Escuela de Diplomacia de la Secretaria de Estado de Relaciones Exteriores de su país. Es también autora de un manual de capacitación para profesores/as sobre la salud de la mujer y un manual de capacitación de profesores sobre métodos de trabajo con grupos.


(Mónica A. Borgogni: Plumas al viento)


De Un extraño ulular traía el viento


I.-

SCHONRIED 1


Serpientes de hierba zigzagueando alborotadas

Rumor de flores amarillas

Como niñas nerviosas

Ante la proximidad del viento.

En hileras erguidas

Chaperonas rosas

Puñados de arcoiris

Disperso por la lluvia.

La montaña respira verde

Olor a pinos

A troncos recién cortados.

Sus lágrimas descienden rápidas hacia nosotros

Parir la primavera cuesta ríos

Arroyuelos, lagos.

Mis ojos cansados no se cansan

Se desata la vieja lucha entre presentes

La realidad se hace real

¿de qué real realidad hablo?

Si no se si este verde es verde

O una interpretación azul del amarillo.


II.-

ALGO HABIA


Algo había en tu cuerpo más allá de la carne

Era un reconocerse esqueleto

Choque dolorido de huesos

Que al encontrarse se abrazan.

Algo había en tu palidez que aún me asusta

Como si la muerte acechara

Por tus ventanas

Y con ella todo lo oculto

Lo que ocultas, lo que oculto.


III.-

LLEGADA


Descubrir que eres todo lo que Es

(lo que pudo ser, lo que fue, lo que será)

temer que seas personaje que invento

recurrir a los viejos comprobantes

(afán de realidad que mora en los linderos)

buscar fotos, borradores, tus poemas

(frescas flores guardadas en mis libros)

recordar que miramos de igual modo

(descubriendo las formas del lenguaje)

sentir que otra dimensión habitas

(donde lo conocido resulta nuevo

y lo nuevo tan viejo que tras/pasa)

¿Cómo vivir ahora que no existo?


IV.-

ESPERA


Llueve

Sal

Picándome

Los pies

La tarde me orilla

Hacia otras fuentes

Anuncia con bocinas que no son

…las siete.


V.-

BOCA DE YUMA


En la oscuridad el mar es rumor

Se que hay mar y playas vacías

Donde se llega cruzando la profundidad

Un río con bejucos colgantes

Y negras garzas

Y pelícanos que en el aire

Me conducen hacia un esófago de agua.

Cansada de viajar sé que es tarde

La ciudad está cerca y pregunto

Por qué el mar

La barranca de corales

Me han dicho que la casa es verde

Pero en la oscuridad

A/sal/to.

Más que la luz los pájaros

Más que los pájaros el mar jubiloso

Más que el mar jubiloso

Una sensación de haber estado.

En las sillas

Las telarañas cuentan

Corro al frente donde el azul

Burlón sonríe

¡Ah galería azul que siempre estuvo!

¡Ah casa verde equivocada!

¡Ah gallos de este Bissau que despierta!

¡Ah mi casa!

¡Esta casa!

¡Que buscaba!


VI.-

ESPEJISMOS


Por espacio abierto se proyectan

Diáfanas y firmes

Vigas de penumbra.

Toda en reconstrucción

La ciudad que construimos

Parece querer

Decirme algo.

De mis pies surgen largas sombras

Que se desenrollan a mi paso

Como alfombras para visitantes

O novias de último minuto.

Rieles o escaleras me anteceden

Sombras sujetándome al camino.

Rebelde salto

Pero –desgracia de un país soleado-

Saltan siempre con mis pies las sombras

Y las alfombras, rieles, escaleras

Paralelas a mis pies se multiplican

Barrotes para encuadrar mi ida.

Por mi espacio abierto a destiempo

Las vigas diáfanas y firmes

Se desplazan al piso

…telaraña.


VII.-

CONTIENDAS


Patas de un vientre de lluvia

Puertas de vidrio movible: la tarde

Mi nostalgia de ti se pone tu camisa

Vistiendo con tu cuerpo de tela

Un frío inesperado.

De cuatro en cuatro zancadas los designios

Rata muerta, escorpión, una tarántula

Bajo la almohada ocultos enemigos

Anuncian en la misma página

Agencias de viaje, acción de gracias por las flores

Amonestaciones

Una nota funeraria.

De cuatro en cuatro zancadas: el destino

Araña nocturna

Difunta araña.


VIII.-

EL AVION ES UN JUEGO SOLITARIO


(para Esther Tusquets)

El avión es un juego solitario

Un señor del Tarot que puede

O no puede

Ser este señor muy preocupado

Mientras la esposa me advierte

Y remueve las espléndidas piernas.

El amor es un juego solitario

Dos vodkas con limón y Satanás

Satanás, Satanás

Es pescado

Pero no importa

El Señor vino a redimirme de la pasión

Y a ganar

Este juego que siempre gano.


IX.-

URBANIZACIONES


Esta ciudad es un gran edificio

De apartamentos con áreas verdes programadas.

El pueblo, sereno mal pago,

Morboso la ronda

Ignorando las cosas del cemento

El granito de estas escaleras

Es el mismo de las tumbas.

Mientras pongo vitamina a mis rosas

Un hombre escarba el basurero.

Queda el mar.


X.-

DESCUBRIMIENTOS


Los mangles no permiten que el mar

Rompa las piedras

Bajo sus raíces

La arena en ondas se escama.

Un respiro para los pies

Y también un engaño

Lo que el mar no rompe

Se vuelve pantano.

Los mangles también ocultan

Rocas y peces deshechos

Allí encontré un hombre boca abajo

De espaldas parecía un bailarín desnudo

Cuando lo volteé tenía

Por corazón un cangrejo

Encontré un arpón de hueso

Un pene de piedra

Cinco esqueletos de flores

Y una

-Y griega-

Que se sostenía

Sobre la cabeza

De un pájaro triste.


XI.-

TRUEQUE


Un agua boca abajo

Por mandato suspendida

El amor es más fuerte que la gravedad

Anaísa

Más fuerte que Candelo seducido

Por 71 monedas de a centavo.

Para amor muerto el rojo

De viejos tiempos estancados

La voluntad de matar la voluntad

Del que se escapa amarillo

Como mal indicio

En el plato.

El olvido como precio de escribir

La libertad de ser

A cambio

Acuerdos donde el tiempo

…es concepción.


XII.-

REGRESO


Descubre mi brazo derecho al volver

A la cabeza sobre el paradero del torso ignorante

Y del brazo izquierdo está ignorante a su vez

Y la nuca del cerebro remolino circundante.

Desorganizo mi decisión de salir

Y me voy quedando conmigo

En esta oficina que de tanto acompañarme

Está menos cuadrada.

Página por página

Invoco a los sobrevivientes

Trato de escribir

Mi apatía se defiende

Descubro que es tarde

¿podré llegar a casa?

Me visto, me doy ánimos

Reviso los rituales

Y salgo a tientas.


XIII.-

FLOR DE CAÑA


De momento el espacio se acerca

El verde de jardines que no miras

Te agarra el iris, las pestañas

Se te meten inflándote la piel

Con una euforia rosa las buganvillas

Huele sin doler el aire

Y la caña

El filo con que corta inexpertas manos

El filo con que se venga

Del dulce que le extraen

Se suaviza en un mar de pana

Para que jueguen los niños

Para que se adorne el poblado

Y todo el azul desciende

Y todo el rosa de las buganvillas

Del violeta de la muerte aparente

De la tarde

Toda la vida invisible se revela

Y descubre devuelta

Que es noviembre.


XIV.-

LA POESIA OBJETO UNICO


Gesto que de/tiene

Conteniendo la ex/presión

De otros gestos a la espera

Como gatos al acecho

O el sonido

Voz y resonancia

Caracol de ecos.

Unidad que des/compone

Partículas de luz: la imagen

La imagen: partícula de luz

A su vez partícula de LA IMAGEN.

Esto que nombro

Y por lo tanto

Es.

¿Y por lo tanto

es?


XV.-

SUR


Aquí el agua cuando arriba

Agrieta la tierra empolvada

Hurga la aridez establecida

Sacia su sed mojada

Que por mojada es siete veces sed

Y más que besar…resaca.

Marido de agua emigrante: el Sur

Escarmienta de visitas esporádicas

Reviste su ansiedad de rocosa apatía

Cactus para no dejarse herir

Algodón para restañar heridas

Para esconder la cicatriz

Guazábara.

Una mujer con cigarro

Arrea mi realidad amaneciendo

Sobre el maíz

Agua de discordia: la poesía

Cuartea esta realidad de cuaresma

Se levanta temprano sin odiar

Este sol que nunca

Tuvo infancia.


XVI.-

NEGOCIACIONES


Conecta un cordón invisible

El universo a mi estomago

En mi hombre

Su vértice dicta el miedo:

En la noche puerta abierta.

Mi doble en el picaporte

Un ¡ALTO!

Un reproche

Un nuevo contrato.


XVII.-

RONDA


Los cabellos miden el tiempo

Que los caballos intuyen

Por eso ángeles traviesos

Tejen la muerte en sus crines.

La muerte se sienta en la diáfana

Cabecera izquierda del tiempo

allí se peina, saca cuentas, descansa

mientras el tiempo envidioso la mira.

Porque en una bolsa de agua

Como peces se criaron las niñas

Porque anfibio -a la inversa-

En tres cuartas partes del todo

El ser humano agua habita

Las niñas en el agua se olvidan del aire

Seducida por el tiempo la esencia

Recupera la niñez perdida

Vuelve Sherezada al mundo de las noches

En el espejismo de una piscina

Donde sus trenzas

Resbalan.


XVIII.-

PARAISO


Campanazos cuadrados invaden

Esta habita/acción cuadrada

En cuyo medio yacen

Mi cama cuadrada y sus almohadas

Rectangulares.

Es sábado

La masa en el malecón revuelca

El estéreo/tipo tropical

El tapón de corcho expande

Por los bordes del cuadrado

Algunas hormigas escapan

…a mi cama cuadrada

con hadas rectangulares.


XIX.-

ADAN


Este hombre no sabe la hora

Ni la fecha

Ni las fechas

Tal parece no importarle el marco

En que otros enmarcan su vida.

A este hombre le preocupan pocas cosas

Las plantas

-Si crecen-

la mujer

-si se acerca y le toca-

parece a gusto con la soledad

y sin embargo se come las uñas y sabe

disimular el amor que le estalla

en las flores silvestres

que como –si nada-

me entrega.

Este hombre parece haber encontrado el secreto

De mis secretos

Le miro no creyendo y queriendo

Creer

Y no queriendo

Mientras pienso…este hombre

Y por primera vez

No lo digo.


XX.-

SABADO DE GLORIA


Digo su nombre

Y arranca el viento el papel de mis manos

Digo su nombre

Y perdido en el macuto se halla el lápiz

Digo su nombre

Y no me importa el grupo de muchachas que se acerca

Digo su nombre

Y es tan verde como el agua cuando mira de reojo, la certeza

Digo su nombre

Y ya puedo aceptar sobre mi espacio un cuadrado rosa

Digo su nombre

Y el jadeo del caballo me confirma que es Sábado de Gloria.


XXI.-

CANAL


Trece puñados de luz enfilan

Por un pasillo de niebla

Trece mil edades

Cada una movimiento suspendido

A la espera de otros avances

Vasta sensación de libertad a medias

En lo inmediato ilusión de un trece

Mañana convertido en cuatro.