jueves, 21 de julio de 2011

José Acosta: La multitud (fragmento de su nueva novela)




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Visita a Miss Harriet

Cuatro días de aguaceros esporádicos habían barrido las calles, cubiertas ahora por un brillo raro, antiguo. Santana, pedaleando lentamente en su bicicleta con la intención de no dejar a la zaga a Odoroto, mirando, precavido, a su alrededor, por temor a un asalto del oso polar, observó que en algunos bajos de la Grand Concourse las tapas del alcantarillado se abrían como bocas para vomitar una sustancia negra, viscosa, pestilente. Los bubones de la ciudad, pensó, ya empiezan a abrirse.

Sorteando los autos que, detenidos como rocas escapadas de una demolición, dificultaban el tránsito, tomó la acera de la 167 Street hasta llegar al destacamento policial. Con el pantalón jeans ceñido a los muslos, la chaqueta de cuero con el dibujo de una calavera entre dos tibias cruzadas representando el símbolo universal del veneno, y la escopeta terciada a la espalda, Santana recordaba uno de esos hippies que andan por el mundo en motocicleta, desatados de todas las reglas que rigen al género humano.

Apoyó la bicicleta en la fachada de la comisaría, tomó la linterna y, con pasos vacilantes, decidió entrar. «Stop, Police Personnel Only», le ordenó un letrero iluminado por el círculo de luz. Aquel lugar le aterraba, le infundía pavor, el pavor que siente una persona que retorna al agujero donde la habían tenido secuestrada, el pavor del preso que regresa de visita a su antigua mazmorra. El foco fosforesció, trémulo, al encontrar los monitores de las cámaras de vigilancia, unas pantallas mugrientas puestas una encima de la otra sobre una mesa rayada con números telefónicos y manchones de tinta azul. Todavía no recordaba cómo había ido a parar allí el día aquel. Había corrido por tantos lugares y de repente, al doblar por una esquina, desorientado, a punto de caer desfallecido, se encontró sentado a aquella mesa, los dedos temblorosos tratando de rebobinar la casete en la cual, estaba convencido, se había grabado todo. Esperó; fue la espera más larga de su existencia. Su cuerpo se estremecía y su mente se perdía en suposiciones. Cuando el aparato detuvo aquel murmullo insufrible, apretó el botón y allí estaba, no se había equivocado. Fue como apagar un fósforo, recordó. Como apagar un fósforo y encontrarse de golpe en medio de la oscuridad más absoluta.

Se llevó la linterna al bolsillo aún encendida como si guardara en la chaqueta un pedazo de luz; tomó la escopeta, la pertrechó con la misma sensación de desconcierto y resignación con que salió de la comisaría aquella vez y, cerrando los ojos, apretó el gatillo. Un estrépito de cristales llameó en la penumbra. El perro gimió, asustado; corrió hacia la calle y desde la acera empezó a ladrar, paseándose de un lado para el otro, con viva agitación.

Santana, más sosegado, empuñando la linterna, haló la portezuela que separaba la sala de espera del área de recepción, y por un corredor de piso polvoriento, llegó a un cuarto laberíntico, repleto de archivadores y armarios. Abrió el cajón donde sabía se hallaba el depósito de municiones, y leyendo con cuidado las etiquetas, se aprovisionó de dos cajas de cartuchos.

Empujó la portezuela con una expresión de desconfianza. Se volvió como si alguien lo hubiese llamado y se quedó un rato petrificado, los ojos fijos en el letrero que la linterna aureolaba: «No armas de fuego más allá de este punto», leyó. Un poco más arriba, en la pared, se apreciaba la foto de frente y de perfil de una mujer negra, de cara sufrida, con la frase: «Se Busca». Santana pensó, no con poca ironía, que ya aquella mujer se encontraba a salvo de las garras del mundo, y recordó la ocasión en que la Ciudad lo seleccionó como jurado en un juicio contra un hombre que había matado a la madre de sus dos hijas a machetazos.

Se llamaba Guillermo López, se acordaba. Era un hombre muy joven, casi un adolescente. Un brillo lúgubre amargaba de tal forma sus ojos café que a Santana le pareció que los estragos de la cárcel no habían envejecido su rostro sino su alma. La defensa relató los acontecimientos que rodearon el homicidio con la obvia finalidad de que el jurado, al menos, se apiadara de él. Todo sucedió la víspera del matrimonio. Guillermo, con menos de dos semanas de haber llegado al país con una visa de turista, se despidió esa mañana de su prometida y salió con la intención de buscar trabajo. Cuando ya estaba a punto de entrar a la estación de tren, se devolvió. Había olvidado llevarse consigo una identificación. Si no se hubiese devuelto, pensó Santana, Guillermo habría sido feliz. Nada habría sucedido. Pero Guillermo se devolvió, regresó al apartamento, abrió con precaución tratando de no despertar a su amada ni a las niñas, y al entrar a la habitación vio algo que jamás pensó que podía ver, algo para lo cual sus sentidos no estaban preparados; una escena que, del humilde hombre que había sido apenas unos minutos antes, amoroso sin dudas, logró transformarlo de un zarpazo en un asesino.

Otra vez ese segundo, se dijo Santana mirando la foto de la mujer negra, esa milésima de segundo en que nuestro destino se tuerce; el segundo en que cualquier ser humano, abatido por la miseria, sale a la calle y tiende por primera vez la mano para mendigar; ese momento claro, lúcido, en que el amor a aquello tan querido se esfuma, pero las circunstancias nos obligan a empezar la farsa; ese instante terrible donde la cuerda se rompe y comenzamos a caer en el abismo, y ya no quedan sino el sollozo y la resignación.

Santana recordó la carta que Guillermo leyó en la sala de la corte; era la carta de un hombre arrepentido, pero consciente a la vez de sus llagas. Si Guillermo hubiese tomado aquel tren, se repitió Santana, se habría salvado. Aquel tren era su puerta de escape, su salida de la trampa. Y por un instante Santana imaginó que existía la posibilidad de que, en el momento crucial en aquella estación, el Guillermo bueno, separándose del Guillermo malo, hubiera tomado el tren. El arrepentimiento, se dijo, es una aceptación que encubre una negación. Guillermo acepta que cometió un error, pero a la vez, al arrepentirse, lo niega, se aleja de él como se aleja un peatón de la escena del accidente; se convierte en testigo de su propio hecho.

Por veinticuatro años Guillermo llevó consigo al Guillermo asesino, conjeturó Santana, agazapado en un su interior como esos virus que se guarecen en la médula espinal, donde no llegan los anticuerpos; el ejército preparado, armas en ristre, esperando un momento de debilidad para lanzar el ataque. Y Guillermo llega al apartamento, inocente aún; abre la puerta con pasos sigilosos, escucha el jadeo, de seguro que escucha el jadeo de los cuerpos; pero no, recapacita Santana, aquel jadeo, al no encajar dentro del esquema que él poseía de ese espacio de su vida, Guillermo no podía oírlo. Guillermo abre la puerta de la alcoba, y ya no es él quien mira, es el otro, el monstruo recién despertado, la fiera; va a la cocina, ciego, toma el machete, vacila, tiembla, palidece. Es el Guillermo bueno que lucha, trata de abrirse paso, busca su liberación. El otro, el malo, el que ve por primera vez el mundo a través del padre de las niñas, aprieta el machete con furia; la pesadilla empieza.

La cercanía de Odoroto lo sacó de sus cavilaciones. Posó la luz de la linterna en la pared derecha de la sala de espera, atraído por un monumento conmemorativo en honor a los uniformados muertos en el cumplimiento de su deber. Eran placas de bronce con la figura de los caídos a bajorrelieve e inscripciones al pie: «Patrolman James Brown, 1948», «Patrolman Shawn Robertson, 1953», «Police Officer John Green, 1963».

De nuevo la torcedura, el punto de inflexión, pensó reparando en que de 1953 a 1963, por alguna razón, el patrolman pasó a llamarse police officer. La palabra «mujer», recordó, se escribía «muger» hasta el siglo XVIII.

Muger, apareció de pronto en su mente como si tuviera delante el Diccionario de Academias, f.f. Criatura racional del fexo femenino. Es del Latino Mulier, que fignifica lo mifmo.

¿Quién, en qué momento, había hecho el cambio de la «g» a la «j»? ¿Qué origina los cambios? ¿En medio de qué atmósfera nacen las torsiones? Santana apagó la linterna y se quedó un instante ensimismado, perdido en sus pensamientos, como si una red en la profundidad de su interior le impidiera aflorar a la superficie.

La luz del día le alegró el semblante. Montó la bicicleta por la acera de River Avenue, donde, a pocos metros, se apreciaba un tren descarrilado con el vagón frontal colgando del elevado, semejante a una serpiente tendida a lo largo de una rama que deja caer al suelo su cabeza muerta. Odoroto se quedó un rato ladrándole a aquella mole metálica y luego siguió a su amo, quien ya ganaba la curva de la 161 Street.

Circulando por Elton tomó la 163 Street y al doblar por la izquierda en la Tercera Avenida, distraído con una escalera de incendio desprendida de la espalda de un edificio como una columna vertebral, casi se va de cabeza contra una bola de hierros retorcidos incrustada en la acera, que Santana, tras examinarla con detenimiento, identificó como la turbina de un avión. Siguiendo con la vista el manchón de residuos que había plantado en el suelo la turbina, sus ojos dieron con el nido sucio del desastre aéreo, abierto entre los gruesos troncos de un complejo habitacional. Tomó la bicicleta por el timón y como si llevara un becerro, atravesando la zona comercial que en otro tiempo era un hervidero de compradores, se condujo hacia su destino, la librería de Miss Harriet.

Como había imaginado, el negocio de la solterona tenía la puerta metálica echada. Miss Harriet solía abrir después de las diez de la mañana, a las doce colgaba un letrerito que rezaba: «CLOSED», y se regalaba un descanso de una hora en una pieza situada al fondo de la librería, sentada en una mecedora. Santana apartó el perro con una orden un tanto brusca y tomando el arma hizo saltar los candados de dos disparos, llenando de ruidos aquel sepulcro. Unos pájaros negros, posados como gárgolas en la fachada de la perfumería adyacente, espantados, chillaron y alzaron vuelo, formando una nube que se alejó hacia el Bronx River. La puerta se fue enrollando con un crujido agudo, dejando al descubierto la puerta vidriera y el aparador, adornado con libros de portadas llamativas, en su mayoría de superación personal, secuestrados ahora por las telarañas.

Se vio obligado a quebrar el vidrio de la puerta con la culata de la escopeta para poder tener acceso a la cerradura. La giró, los goznes chillaron, y Odoroto se coló por entre las piernas de su amo hacia el interior penumbroso, depositando sus huellas sobre el piso polvoriento. El olor a sótano que invadía el recinto le escoció la nariz y Santana no pudo reprimir una oleada de estornudos. Paseando la luz de la linterna por los libros, tuvo la impresión de que muchos rostros lo miraban con insistencia, como cuestionándolo. Caminó por el estrecho pasillo que separaba el mostrador de los anaqueles de la derecha, hasta llegar a la puerta del fondo, y entró en el refugio de Miss Harriet con la sensación de haber entrado a una caja de cartón de paredes maceradas.

Sacó unas velas del bolsillo interior de su chaqueta, que fue colocando en los rincones hasta conseguir la iluminación deseada. En el cuarto, según encendía las velas, fueron emergiendo de la oscuridad un mullido sofá de pana, una mesita rectangular encima de la cual descansaba un macetero con una planta podrida, una mecedora acojinada y en la pared derecha, una repisa con la colección de elefantes que tanto inflamaban de orgullo a la anciana, presidida por una foto de la joven que había sido Miss Harriet mucho antes de haber perdido el ojo derecho.

Santana levantó una vela del suelo y le hizo lugar entre un elefantito de porcelana y otro de bronce, para alumbrar con el pabilo el rostro a blanco y negro de aquella mujer de ojos alegres, de mejillas firmes y de una boca de labios tensos, como a punto de estallar en carcajadas; de aquella mujer joven a punto de reírse de la mujer vieja que con frecuencia la contemplaba como tratando de hallar en aquella silueta algún rastro de sí misma.

Miss Harriet solía invitarlo a la pieza a tomar una copa de oporto, y en muchas ocasiones le había detallado la historia de su manadita de elefantes, que éste de alambres retorcidos era de un artesano italiano muy famoso, que el de marfil era su preferido y había pagado una fortuna por él a un negro nigeriano, porque era el único que había nacido de un verdadero elefante. Santana la observaba ahora, sentado en el sofá, a la luz de las velas, contemplando con nostalgia aquel retrato, y era como si la viera desprenderse de aquella figura como una cáscara, y comenzara a avanzar tiempo adentro, luchando cada día contra la vejez que la alejaba de la joven de la foto. Y un día, imaginó, frente al espejo, Miss Harriet encuentra entre sus cabellos rubios un largo filamento blanco; lo arranca con desdén pero ya no es uno, son decenas, miles. Los esconde con tintes algún tiempo hasta que leves arrugas en la frente los denuncian, hasta que las mejillas empiezan a cansarse y la piel debajo de la barbilla se va posando en los dos tendones del cuello como una toalla en un cordel.

Y entonces viene la resignación, se apenó Santana, la carcajada a punto de estallar del joven que fuimos alguna vez y que ahora nos mira desde una foto con aire de suficiencia, como si nunca hubiese sido parte de nosotros.

—Ah, amigo Hugo, este oporto me envuelve el alma. —Miss Harriet se acomodó en la mecedora y empezó a balancearse con aire infantil—. Cuando era niña —dijo, poniendo la copa en la mesita—, me pasaba por la cabeza un pensamiento recurrente. Me preguntaba qué hubiera sido de nosotros, dónde estaríamos si no hubiera existido nada.

—¿Qué éramos un segundo antes del Big Bang? —preguntó Santana, y la solterona tosió sacudiendo la cabeza.

—No, amigo mío —objetó Miss Harriet—, antes de eso, no. Antes de lo que está más allá, antes de Dios y de todo lo creado. Antes de venir, de comprender la luz, de saber que íbamos a ser, a poblar un sitio de una época; antes de la vida y de la muerte. —La anciana volvió a llevarse la copa a los labios y apuró un trago. Sus mejillas resplandecieron—. De niña, me dejaba arrastrar por ese pensamiento. Imaginaba que en algún lugar, en otro tiempo, éramos algo sin alma todavía, algo que era nuestro, virgen, sin dueño, vagando libremente, y quizás feliz.

—¿Está usted segura, Miss Harriet, que eso lo pensaba usted de niña?

La anciana tosió, tapándose la boca con la mano derecha, donde llevaba un solitario en el índice con una enorme esmeralda.

—Bueno —dijo—, el pensamiento era el mismo, pero con la edad uno va encontrando las palabras con las que lo va comprendiendo. En aquella época aquel pensamiento aparecía como una imagen, un globo que me arrastraba hacia la profundidad del infinito. A veces me daba miedo y yo me desataba del globo, bajaba pero lo seguía viendo allá arriba, cada vez más hondo, y entonces sentía unos deseos tremendos de volver a atarme a él, de haber seguido con él hasta donde la mente me llevara.

Santana concluyó, escuchando el ronroneo de Odoroto del otro lado de la puerta, que Miss Harriet le había temido a la posibilidad de llegar a conocer lo que ella quería conocer y que posiblemente él estaba pasando por las mismas circunstancias y quizás había sido aquella antigua conversación la que lo había estimulado a visitar la tienda de la anciana.

—A mí también me ocurrió algo parecido, Miss Harriet. —La solterona acomodó en el cojín su figura menuda, aferrando sus manitas a los brazos de la mecedora con la tosquedad de un inválido, y arqueó la cabeza hacia su interlocutor dando muestras de interés—. Fue el primer año en la Universidad. Durante todo el proceso inicial me hallaba desorientado; había escogido la carrera pero aún no estaba convencido. Un día entré en la inmensa biblioteca del centro de estudios y algo, no sé si el silencio o la presencia imponente de los libros, me dijo que era allí donde encontraría aquello que yo ansiaba encontrar...

—¿Y qué ansiaba encontrar? —lo interrumpió la anciana, acomodándose de nuevo en la mecedora.

—No lo sabía entonces y estoy seguro de que aun ahora lo desconozco. Yo era como un astrónomo. Los astrónomos dedican años y años a observar el universo buscando y buscando sin saber a ciencia cierta lo que buscan, y no bien avistan un nuevo planeta o una nueva galaxia, es cuando descubren que era eso, precisamente, lo que andaban buscando. —La anciana se recostó en el espaldar con aire pensativo. Santana continuó—: Pues mi universo eran los libros. Me acercaba a ellos con unas ganas inmensas de saberlo todo, desde lo más nimio hasta lo más complejo. Pasaba del descubrimiento de las ondas hertzianas hasta el pequeño pero no por ello poco complicado laberinto de la fabricación de la radio; palabras como «fundentes», «ferroaleaciones», «tren de laminación», «tratamiento termomecánico», me servían para explicarme el proceso de obtención del acero. Tan pronto entraba a mi retentiva con claridad absoluta un nuevo conocimiento, sentía que en el castillo de proa de mi mente un vigía estaba a punto de gritar "¡Tierra!". Sí, Miss Harriet, a punto, porque mi ansiedad desmedida de saber, de dar un paso más adelante de lo que acababa de enterarme, se le interponía como la niebla, y el pobre vigía, aunque sospechaba que más allá de las brumas había algo lo bastante firme como para soltar ancla, le invadía la duda y apenas lograba aguzar los ojos e inflar el pecho. Y un día, Miss Harriet —continúo Santana—, un día en que estaba sentado a la mesa ante un montón de libros abiertos, descubrí con pesar que lo que yo quería saber no estaba allí, en los libros, ni más allá de los libros; estaba antes, mucho antes: estaba en un lugar escondido dentro del hombre, y la realidad de su existencia se manifestaba en ese instante supremo en que el ser humano hace un descubrimiento. No en las ondas hertzianas, sino en el momento en que Heinrich Rudolf Hertz, construyendo un aparato para producir ondas de radio, demostró la existencia de la radiación electromagnética. No en los cambios de temperatura, sino en el instante en que Daniel Gabriel Fahrenheit le regaló a la humanidad el termómetro de mercurio y la escala termométrica que lleva su nombre. Entonces, ese sentimiento de haber hallado, no lo que buscaba, sino el lugar donde hallaría lo que buscaba, me dejó un gran vacío, una sensación de desamparo. Fue la primera vez que me sentí solo en el mundo. Estaba allí, encerrado en unos muros insalvables, pues sabía, y más que saber comprendía, que entre los millones y millones de habitantes de este planeta, apenas unos cuantos poseían la llave para llegar allí; habían nacido con la lámpara en la mano.

—¿Soltó, como yo solté el mío, su globo, amigo Hugo?

—No, Miss Harriet —lamentó Santana—, el globo me soltó a mí.

La solterona tomó la botella de oporto, vació un poco en su copa y la acercó luego a su invitado, arrastrándola sobre la mesita con un leve chirrido. Santana rechazó con un gesto de la mano.

—Desde nuestra primera conversación —dijo tras beber y devolver la copa a su lugar—, supe que usted y yo habíamos habitado el mismo territorio, amigo Hugo. A veces pienso que fue un error, una mala jugada del destino, el que personas como nosotros naciéramos en esta época tan... —Miss Harriet torció la boca con una expresión de horror, luego continuó—: En otra época, habríamos encajado mejor. Sólo hay que asomarse a la calle para ver que algo anda mal en el mundo. Los hombres de esta época son como robots fabricados en serie, entrenados, desde que nacen, a dejarse arrastrar por la rutina, con la sumisión de un infante que va de la mano de la madre. No saben enfrentarse a la vida, domarla, tomarla por las bridas; y un día, el menos pensado, abren los ojos y se dan cuenta de su estado de sumisión, pero no lo comprenden. ¿Usted ha visto, amigo Hugo, a esos peatones que, como si hubiesen olvidado algo, se detienen de improviso en medio de la acera, miran a su alrededor con aire preocupado y en seguida retoman su camino como si nada les hubiese sucedido? Yo los he visto por montones, allá afuera, en la avenida. Al verlos en ese estado de desorientación, de inquietud, uno descubre que al fin les ha llegado el momento de la iluminación, se han soltado de sus amarras por unos segundos y ahora pueden ver la vida en toda su plenitud; pero no lo comprenden. Se atan nuevamente a las amarras, porque no se imaginan la vida sin ellas, y siguen su camino.

Santana, al escuchar a la solterona, pensó en aquel segundo de torsión que tanto le angustiaba. «The turning point ―dijo Miss Harriet, con cierta solemnidad—, el momento crucial».

—Tal vez ellos —dijo Santana— no ven las cosas como son, porque no les conviene. Prefieren permanecer dentro de una alucinación. Escapar de ella sería como salirse de su destino, reinventarse. Despertar en una tierra desconocida, a la que tendrían que descodificar para poder entender y llegar a enseñorearse de ella, que es la vocación auténtica del hombre, para lo cual apareció en este mundo. ¿Sabía usted, Miss Harriet, que si lográramos traer del pasado a un hombre de las cavernas, éste no podría ver lo que nosotros vemos? El cavernícola miraría un avión, un auto, un televisor, por ejemplo, pero no podría verlos. Su cerebro tendría que aprender a descodificarlos para poder hacerlos inteligibles. —Santana hizo una pausa, con los ojos fijos en la anciana—. Lo mismo pasa con el hombre actual —continuó—. Es un cavernícola (¿qué recién nacido no lo es?) que ha llegado a un mundo ya hecho, de una complejidad abrumadora. Mira la televisión pero ignora el mecanismo que hace posible la televisión; escribe en la computadora, pero desconoce el sistema de circuitos por el cual la letra aparece en la pantalla. ¿Cómo podría enseñorearse de un mundo que mira pero no ve, de un mundo que se le ha ido de las manos? Y tomando el punto suyo, Miss Harriet, el de las amarras; el hombre actual nace para ser una pieza más de ese mecanismo, de ese engranaje que mueve a un mundo que, al fin y al cabo, le brinda protección, lo guarece dentro de las luces de una alucinación. Si en algún momento descubre sus ataduras, si por un instante tiene conciencia de su situación, siente la indefensión que experimenta el indigente y prefiere proseguir su camino.

Y si el peatón decidiese cambiar de ruta, salirse de su destino, ¿podría soportarlo? ¿No representaría aquella liberación otro tipo de cárcel, unas amarras más firmes y mejor atadas? ¿Habría un lugar donde realmente podría ejercer a plenitud su libre albedrío? Santana había pensado en ello en muchas ocasiones y ahora que veía a la anciana ponerse en pie, ante su foto de joven, le pareció que vivir, la existencia misma, era también una especie de trampa, pero una sin escapatoria, y aunque el peatón cambiara de ruta, esa ruta necesariamente tendría que estar supeditada a la condición de estar vivo.

Pero a Santana le simpatizaba el peatón que rompía con la recta, porque al final de sus meditaciones llegaba a la conclusión de que la única forma posible de explicar su situación, era siendo uno de ellos. Posiblemente, consideró, los que se salen de la recta ya no son capaces de ver a los que aún andan por ella. Quizás fui yo, y no los demás, el que se marchó. Tal vez nunca me solté del globo y desde allí sólo veo lo que mi cerebro quiere que vea, y nada más.

Cerró los ojos, se apretó la cara con sus anchas manos y las dejó resbalar por su barba hirsuta. Miss Harriet, al regresar a su asiento, señalándose el parche de pirata con el que cubría la órbita vacía de su ojo extirpado, le preguntó si alguna vez le había hablado de aquel ojo. Santana negó con la cabeza.

—El ojo estaba en perfecto estado de salud —le explicó—, pero detrás de él crecía algo que amenazaba con quitarme la vida, así que el médico hizo su dictamen y yo no tuve más remedio que aceptar. —Miss Harriet se encogió de pronto, como si sintiese frío—. Me aplicaron la anestesia y poco a poco me fui desvaneciendo. Recuerdo que pensé, antes de perder el conocimiento, que cuando despertara ya todo habría pasado, y eso me tranquilizó. Luego de un tiempo que no pude precisar, empecé a volver en mí, segura de que me hallaría en una cama, descansando, bajo unos cobertores. Mis ojos se abrieron y una luz tan potente como el mismo sol me encegueció y unas voces me hicieron sospechar lo peor. Allí empezó el horror, amigo Hugo; había despertado en plena operación. El ojo izquierdo estaba tapado con una especie de emplasto, lo podía sentir, pero el que estaban a punto de amputar podía verlo todo: las luces del quirófano, las manos enguantadas de los médicos. Intenté moverme, gritar, suplicar que antes de proseguir con la cirugía me volvieran a dormir, pero el cuerpo no me respondía. Era una estatua de plomo con los ojos vivos. Un dolor punzante me entraba por aquel lado de la cara y se derramaba sobre mis nervios como un caldero de aceite hirviente. ¡Era espantoso! ¡Espantoso! —exclamó la solterona. Santana se puso en pie y fue a consolarla, pasándole la mano por la cabeza. Miss Harriet, cuando logró calmarse, prosiguió—: Un hermano de mi padre tenía un pequeño rancho, en Texas, donde solíamos pasar parte del verano. A través de un bosque de pino, por un camino sombrío y tapizado de agujas húmedas, se llegaba a un pantano de aguas cenagosas que olían a gripe, habitado por patos silvestres. Un día mi padre me llevó de cacería con él y un viejo perro. Yo me acordé de todo aquello mientras veía los reflectores del quirófano. Escondido entre la espesura de los arbustos que rodeaban el pantano, mi padre apuntó el rifle. Alguien daba la orden de cortar y podía ver el bisturí, acercándose. Sonó un disparo y de pronto se oyó un bullicio entre los juncos; un pato silvestre salió lanzando graznidos, revoloteando. Mi ojo ya no era mío, querido Hugo, había adquirido vida propia y se movía ahora en la órbita tratando de salvarse por su propia cuenta. Yo lo sentía revolotear como aquel pato, graznando y hundiéndose más y más entre los juncos, huyéndole a las fauces del viejo sabueso. Entonces el quirófano se llenó de oscuridad y supe que habían cortado el nervio óptico.

Santana sintió un profundo vacío en el corazón, y en ese momento percibió en la nariz las emanaciones de las velas. Ah, Miss Harriet, pensó con la mirada fija en la mecedora, si estuviera usted aquí le diría que desde que nacemos ese bisturí está frente a nuestro rostro, amenazándonos siempre, intimidándonos para que no osemos ver el lugar que está detrás de esa luz que él oculta con celo; que la vida, el sentimiento de estar vivo, es padecer esa amenaza, esa sensación de que por más que avancemos hacia el patio querido, el camino que tomamos nos llevará irreductiblemente al lugar del fracaso, del abandono. Pero usted ya no está aquí, Miss Harriet, se dijo. Lo siento en el polvo que ya empieza a beberse su viejo retrato, su colección de elefantes, estas paredes tan amigas de sus pensamientos. Sí, Miss Harriet, de aquí se ha ido todo, menos la amenaza que es la vida, menos el perfume agrio de dar un paso hacia delante; el bisturí, Miss Harriet, está aquí, yo lo sentí mientras pensaba en sus palabras y ahora lo siento, y no es mi ojo el que tiembla, es todo mi cuerpo.

Santana fue apagando las velas una por una y era igual que si estuviera evaporándose en la oscuridad. Tomó el retrato de su amiga y lo acostó rostro abajo contra la repisa, entre el jardín de elefantes, con la sensación de haberle cerrado para siempre los ojos a un cadáver querido. Abrió la puerta y vio el perro, jadeante, la lengua colgada como un trapo mojado de la comisura izquierda de la boca. Al salir a la calle fue cuando se dio cuenta de que había estado llorando.

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