martes, 31 de julio de 2007

Carmen Pérez Valerio: ensayo

(Olga Sinclair: Elementos frutales)


LA ESTÉTICA INTERIORISTA


La poética interiorista parte de la premisa de que, además de la realidad real y la realidad imaginaria, existe una realidad trascendente, la cual puede ser abordada mediante los sentidos interiores del poeta o creador, quien tiende a desentrañar la esencia de las cosas; es decir, lo que está detrás del velo que marca la frontera de la realidad sensible captada por los sentidos corporales.

El creador interiorista establece un vínculo de comunicación con la realidad o fenómeno que lo apela, de tal manera que da lugar a una relación recíproca, a una compenetración tal que el conocimiento de la realidad aprehendida produce un estado de completud, de plenitud que traspasa el umbral de lo sensorial y el ser se abandona al espacio creador que lo apela, lo atrapa y lo posee en una atmósfera de vivencias intuidas, develadas y reveladas. Es aquí, en este espacio íntimo y entrañable de creación, donde se produce el milagro de la poesía interiorista y de la verdadera gran poesía.

Jacques Maritain, refiriéndose a la poesía, decía que entendía por ésta “…no el arte particular consistente en escribir versos, sino un proceso a la vez más general y más primario: aquella intercomunicación entre el ser interior de las cosas y el ser interior del yo humano…” (1)

Al momento de abordar la realidad que lo convoca, el poeta interiorista debe liberarse del conocimiento establecido o inherente en su razón en la dualidad imagen-concepto, y asumir lo que Maritain denominaba “sentido poético”; es decir, ser uno con la poesía. Ser uno con la poesía implica ser uno con las cosas, participar del fluir interior de éstas, de la poesía que subyace en su apertura develadora y su natural movimiento ascendente hacia la conciencia universal, hacia la conciencia cósmica donde la comunicación se establece cuando las cosas coinciden en sus esencialidades. En esta compenetración y participación del ser en la experiencia de las cosas y en su propia experiencia de la conciencia, está la esencia de la estética interiorista.

En la medida en que el ser individual y único del poeta se expande en su libertad creadora, inherente a su propia naturaleza, abre un abanico de posibilidades para explorar y hurgar nuevos conocimientos de la realidad que le circunda y de su propia realidad de ser y existir, al tiempo que enriquece y eleva su propia conciencia con las experiencias vividas. De la fuente, donde la experiencia vivida desborda al poeta y a las cosas desde las cuales surge el llamado, emana la poesía interiorista. Sin embargo, no es suficiente reconocer la poesía que anida y se desteje en las cosas y en la interioridad del poeta, es preciso que éste encuentre los códigos correctos de comunicación que concreticen su experiencia creadora. Para esto el poeta cuenta con su mundo sensible, sensorial, y la palabra que hace tangible la vivencia en una estructura poética. Este texto poético tiene la misión de transmitir, transparentar y hacer posible la comprensión de la experiencia vivida. Para ello, el poeta se vale de la utilización de recursos poéticos como los símbolos, las imágenes, entre otros.
Al traducir la experiencia estética, el creador no puede perder de vista cuatro aspectos fundamentales: la realidad o fenómeno que lo apela; la experiencia que lo impregna, lo atrapa y conmueve; él como realidad seducida por las cosas; y la actitud unificadora que abarque la experiencia en su totalidad.

Entre el contemplador, creador o poeta, y el objeto o realidad contemplada, se establece una comunicación de reciprocidad donde ambos coexisten en un punto común de conciencia que los potencializa, profundiza y eleva en sus aspectos cualitativos. Cuando el conocimiento o la experiencia estética devela o revela las cosas y sus significados ocultos y profundos, devela y revela también al creador y a su propia esencialidad. La realidad es trascendida por el poeta cuando se produce una simultaneidad entre su conciencia y la conciencia de las cosas, entre su ser y el ser de las cosas. Decía Teilhard de Chardín “Todo lo que se eleva converge”.

Todo lo que existe puede ser abordado tanto en su aspecto exterior como en su aspecto interior. Por consiguiente, el ser humano puede establecer canales de comunicación mediante los cuales obtiene conocimientos de la realidad o fenómenos que los circundan, así como de su propia corporalidad e interioridad del ser. Para ello se auxilia de sus sentidos sensoriales y de sus sentidos interiores. Sin embargo, hay un punto donde las distintas existencias convergen, donde el ser humano no es un elemento aislado en la vastedad del universo, por el contrario, es uno más que participa de alguna manera de la conciencia que unifica la multitud de lo existente y hacia donde todo tiende en la actitud natural de su crecimiento y evolución. Pierre Teihard de Chardín, en su libro “El fenómeno humano”, habla de la existencia de una voluntad de vivir universal que converge y se hominiza en el hombre (2). Pues bien, si llevamos esta idea al plano de la creación, y especialmente al de la creación interiorista, podríamos decir que la realidad trascendente es aquella donde convergen y se hominizan la conciencia del poeta con la conciencia de las cosas.

El poeta interiorista, al colocarse en el interior de las cosas, establece una compenetración con la realidad interior (Bruno Rosario Candelier llama a esto relación empática”) que potencializa su conocimiento de las cosas y fenómenos hacia un espacio convergente y trascendente donde queda abandonado al mundo de la intuición y de la revelación, en el marco de la complejidad de su conciencia y, al mismo tiempo, en las limitaciones de su comprensión y códigos para transmitir y transcribir lo experimentado.

Ahora bien, para lograr llegar a este estado de comunión, de convergencia con las cosas, donde experiencia y poesía son una misma realidad, es preciso profundizar en el hecho poético, agudizar todos los sentidos hacia la vivencia de lo sensorial y esencial de las cosas. Identificar y aprehender en toda su amplitud, profundidad y complejidad las cosas para desentrañar su interior, su esencia. Explorar y fluir en el interior de éstas, y dejarse seducir por su forma especial de ser y existir en un vaivén de la conciencia que se desplace desde el poeta hacia las cosas, para experimentar desde su propio sistema de referencia, y desde las cosas al poeta cuando éste así lo requiera desde su realidad sensible e interior.

Quien logra colocar su voz poética en las cavidades interiores de las cosas y hacer de éstas marcos de referencia desde los cuales da cuenta de su visión del mundo y de su propia existencia, apelado por esa voz universal que lo convoca y la voz poética que lo conmueve, devela la poesía oculta en el interior del Cosmos, donde la vida fluye y sorprende al poeta en su inocencia.

El poeta interiorista en armonía con la conciencia cósmica, va reconociendo el aliento prístino de lo existente, a la vez que va despertando y dejando manifestar su verdadera esencia. Su mirada busca desentrañar los hilos secretos que tejen la imagen donde se contempla y es, a su vez, contemplado el poeta. No se trata de una experiencia sobrenatural, sino trascendente. El mundo que acontece en el arrebato creador del poeta interiorista es real en su experiencia interior, no es un mundo que acontece en su imaginación, en su sueño o fantasía. Descubrir la realidad interior y la imagen que la atrapa, devela o revela es función esencial del poeta interiorista. Entre el poeta y las cosas se produce una fruición que capta la conciencia y que éste traduce en imágenes poéticas a través de un lenguaje que se va haciendo sencillo y cotidiano en el mundo de su sensibilidad y que determina su voz poética peculiar e interior.

El poeta debe establecer una relación cercana entre la palabra y la realidad evocada, entre el signo y la imagen que traduce, de tal forma que logre superar y rebasar la palabra misma; reinventar una nueva forma de decir, de expresar lo sensible desde lo sensible mismo, lo esencial desde la propia esencialidad. La palabra trata de contener la imagen, pero al tiempo que la codifica parece redescubrirla en la atmósfera que la envuelve en su yo profundo, donde su propio ser revelándose carga de significado lo que captan los sentidos. La palabra surge desde un nuevo contexto, con un nuevo significado que se eleva sobre su significado establecido, para dar paso a otros significados que son intuidos y aprehendidos por el yo poético, por los sentidos que se agudizan en el interior y desde allí establecen una armonía que llega a la palabra como la música a nuestros oídos.

Se trata de develar, descubrir y reinventar nuevos conocimientos, nuevas formas de ver y percibir que pueda ser descodificada y plasmada en el hecho poético, de tal manera que, tanto el poeta como la realidad que le atañe, así como la experiencia que lo concita, conformen una unidad de forma y contenido en el texto poético. Su lectura debe produce una conmoción en el lector donde éste perciba o se aproxime al aliento interiorista o al aliento trascendente que impregnó al poeta y que dejó impreso en el poema a través del buen uso de las imágenes y, por su puesto, de su dominio del campo poético.

La imagen en la estética interiorista apunta a develar las cosas, a quitar el velo que separa al poeta de su interioridad y la interioridad objeto de su convergencia. Ahora bien, cuando el poeta devela sus propios espacios interiores o devela los espacios interiores de las cosas o fenómenos, se coloca en un estado especial de conciencia poética donde domina el reino de la intuición y de la revelación. De aquí que la imagen poética, aunque apunte de manera ascendencia hacia lo trascendente, puede no dar el salto y quedar en el mundo intuitivo.

Cuando se traspasa la frontera trascendente o se devela la realidad trascendente, el poeta abandona su conciencia en la conciencia de las cosas y se hace uno con la totalidad de la experiencia; por tanto, ya las cosas les son develadas y/o reveladas; tal es el caso, por ejemplo, que ocurre en los poetas místicos y también, en algún momento, en poetas interioristas que veremos más adelante. La imagen interiorista da cuenta de la empatía del poeta con las cosas y la convergencia que concita la experiencia interior y trascendente. Esto implica que debe reflejar la realidad del poeta, la realidad abordada y la experiencia que desborda ambas realidad y, por consiguiente, que supera la palabra misma que pretende sintetizarla. Decía Platón que “Abandonada a la libertad de su naturaleza espiritual, la inteligencia pugna por engendrar en belleza”.

Cuando el creador participa de los atributos de las cosas en una síntesis vivenciar de ser uno con la realidad que lo apela, las huellas en su conciencia sólo pueden ser seguidas por un lenguaje simbólico, donde el tono empático y convergente tratará de reproducir la atmósfera subyugante donde queda atrapado el poeta. El tono poético interiorista da cuenta de una relación afectiva y cognoscitiva, de una relación interiorista y trascendente, de un punto de convergencia entre el poeta y la realidad que debe quedar atrapado en la atmósfera que envuelve al poema. Por tanto, es preciso que la imagen sea abarcadora y unificadora y de cuenta de ese vaivén de la conciencia que se recrea en un territorio que se va descubriendo y revelando a cada paso. Por consiguiente, no debe ser una imagen oscura ni estática, sino una imagen transparente, diáfana y en movimiento que tienda hacia el umbral de lo trascendente. Si el movimiento no puede quedar expresado en el verbo, sí puede quedar sugerido en la imagen.

A continuación veremos algunos ejemplos donde se pueden percibir imágenes interioristas, el tono interior, e incluso las técnicas que condujeron al poeta por los laberintos interiores. Para ello he retomado y realizado una selección de la selección hecha por Bruno Rosario Candelier en “El interiorismo en las letras hispanoamericanas” (3).

En la selección que hago, he tratado de que los poemas respondan a enfoques diferentes y maneras particulares de enfocar el hecho poético interiorista. Los comentarios realizados no contemplan la obra poética total de los autores, sino, y exclusivamente, el texto que presento.

Comenzaré con un poema de Ramón Antonio Jiménez, donde éste dice:

“Hermano sol / hermana luna / pastando estoy con mi lobo / en la soledad del alto aposento” (“Encuentro con la presencia”)

En estos versos se puede observar claramente ese tono empático y convergente del que he hablado anteriormente, en el que la conciencia del poeta coincide en un punto con la conciencia de la realidad que lo involucra y lo posee. Obsérvese en la imagen “pastando estoy con mi lobo”, cómo el verbo “pastar” da movimiento a la imagen y traduce la acción que está teniendo lugar en la conciencia. La imagen que resulta en este realidad poética parece bastarse así misma, sin embargo, el poeta la potencializa y la lanza al umbral de lo trascendente cuando agrega, a esta imagen que lo refiere, el verso “en la soledad del aposento”. Nótese también que, “Hermano sol” “hermana luna”, actúan como símbolo, en este caso de la condición humana; Sol-luna, las dos caras de una realidad que ya en sí sitúa al poeta y la imagen que debe surgir.

A mi entender, en estos versos y en esta imagen se da gran parte de la valoración que hasta este momento he hecho de la estética interiorista.

Retomo algunos versos de Oscar de León Silverio, donde el poeta empieza dando cuenta de la técnica interiorista que lo va guiando por senderos interiores. Dice León Silverio: “Allí tengo mi rostro / el rostro verdadero / en la hondura del Cosmos / en lo alto del tiempo / más allá del rumor posible / de las cosas / de la lluvia sin voz / de la noche sin sombra / donde el cielo pesa / lo que pueden mis hombros / y la luz se piensa / en remotos espejos” (“En la hondura del Cosmos”).

Nótese, en estos versos, cómo el poeta se centra en una actitud reflexiva, de manera sucesiva, donde permanece y parece no querer o poder abandonar. Esto le impide dejar libre su conciencia a la experimentación de la experiencia. El poeta transita senderos de la interioridad pero no converge con ésta, no da el salto que la trasciende. Por tanto, pienso que es un poema interiorista, pero no trascendente. Vale destacar en estos versos la claridad y transparencia de las imágenes que el poeta logra mediante la forma y las palabras precisas con que comunica. También, la imagen “noche sin sombra”, que contiene en sí misma la idea que expresé en párrafos anteriores sobre el hecho de que la imagen interiorista debe tender a la claridad, a arrojar luz sobre las cosas de las cuales da cuenta el poeta.

En el poeta Pedro José Gris se da un caso muy peculiar. En los versos selecciones se puede ver que la experiencia de la realidad que lo apela le es tan rotunda que afecta su concia hasta anularla y, por consiguiente, parece anular la experiencia misma. Dice Gris:

“Oh ángel marino / hijo desencadenado / Ícaro del laberinto del Sol / oh ángel marino de noche y de luz / belleza y caída, / escancia tu vuelo / a la tentación / en esta terrible noche de la nada” (“La caída”)

En la imagen “terrible noche de la nada”, están convergiendo el poeta y el fenómeno experimentado como realidad imposible de separar. El poeta y la noche confluyen en un punto donde la ausencia del todo es tan radical que la conciencia se sacude ante su eminente desaparición. La palabra “terrible”, usada con mucha propiedad en este contexto, acelera la caída del poeta y, por consiguiente, de la experiencia. “noche” y poeta, las dos caras y verdades de una nueva conciencia totalizadora, se colocan en el espacio trascendente de la “nada”. Nótese, la manera evocadora del poeta en los primeros versos, antes de quedar en un absoluto silencio, cuando exclama: “Oh ángel marino”, “Ícaro del laberinto del Sol”, “oh ángel marino de noche y de luz”. También, nótese, la claridad y presencia de luz en las imágenes, aún sabiendo la conmoción terrible que vive el poeta y que pudo hacer oscuro el poema. Y es que en la conciencia del poeta interiorista toda experiencia se transparenta, ya que la esencialidad tiende a la luz. Un desacierto en este texto lo constituye el quinto verso, “belleza y caída”, que anticipa el final y frena el vuelo ascendente del poeta.

Otro poeta interiorista quien, al igual que los anteriores, constituye un buen ejemplo para clarificar algunos conceptos de la estética interiorista, lo es Angel Rivera Juliao.
Dice Angel:

“Deambulo entre los huecos del silencio / arrastrando su cadáver de niebla / la noche madre vientre anclada en el éter / como un grito en la gravedad del tiempo” (“La noche”)

En estos versos se percibe el tono poético del cual he hablado anteriormente, así como el espacio interior donde se sitúa el poeta, quien “deambula entre los huecos del silencio”. Puede observarse cómo en el verso, “arrastrando su cadáver de niebla”, aparece el verbo “arrastrando” presidiendo la imagen “cadáver de niebla”, imagen que involucra al poeta, quien a la vez es poseído y poseedor. Este verbo da movimiento a la imagen y la potencializa. Esta imagen es ascendida hacia la puerta de lo trascendente con el verso que le sigue, “la noche madre vientre anclada en el éter”. Sin embargo, el poeta, no conforme con la imagen que contiene su intuición, recurre a compararla con “…un grito en la gravedad del tiempo”.

En el poeta Jaime Tatem Brache, se da un tipo de interioridad que me parece interesante dilucidar. Veamos estos versos del poeta Tatem Brache:

“El poema era espacio de lunas / y soles / y lirios / y nostalgias./ espacio de antiguas hidalguías / donde generaciones de fuego jamás olvidaron sus andanzas. / Lo saqué de una habitación de mis recuerdos / allí donde un espacio en blanco me llevaba tu voz / allí donde mi infancia se llenó de luceros / allí donde supe de un río deshecho en huida / y un árbol deshecho en sangre y llanto / allí donde soñé que era murciélago / y el espanto me obligaba a volar en pleno día / y yo andaba tropezando con todas las paredes del mundo / y con la fatiga / y con la soledad / y con el olvido” (Colapso de la confianza).

En este poema de Tatem, se puede observar claramente el punto donde confluye el poema, la experiencia vivida y la conciencia del poeta desplazándose por esos pasadizos interiores que les parecen conocidos, cotidianos, y en los cuales deja expandir su ser. Parecería que el poeta no le interesa trascender estas regiones que lo convocan; sin embargo, lo que realmente sucede es que está inmerso en una interioridad personal y única donde no existe frontera entre los distintos planos, entre tiempo y espacio, sino un único lugar que lo contiene todo de manera simultánea y donde converge la conciencia del poeta. El verso, “y yo andaba tropezando con todas las paredes del mundo”, da cuenta de los distintos planos que el poeta hace coincidir en su espacio interior. En este verso, el verbo “tropezando’, al igual que en otros poetas interiorista, precede la imagen interior que trata de abarcar la experiencia, en este caso “paredes del mundo”. Un desacierto en el verso lo constituye la presencia de la palabra “todas“, que si bien es cierto que trata de agregar emoción y amplitud al verso, éste no lo necesita; y lo único que logra es retardar y debilitar la fuerza simbólica de la imagen “paredes del mundo”. Otro desacierto en este texto lo constituyen los versos “/ y con la fatiga / y con la soledad / y con el olvido/”, subsiguientes a la imagen, con los cuales el poeta trata de potencializarla, pero no se da cuenta que ya está en terreno interior y trascendente, por tanto, no hay nada más que decir después de conjugar la imagen que totaliza la experiencia, fuera de los referentes a ella misma que puedan realmente elevarla o situarla. Nótese cómo el poeta va develando los espacios con palabras luminosas y transparentes, propias del creador interiorista: “espacio de luna”, “soles”, “espacio en blanco”, “luceros”, “pleno día”; y la manera cómo crea en todo el texto una atmósfera donde las palabras más que decir, intuyen, y obligan al lector a participar de esa intuición.

Del poeta interiorista Guillermo Pérez Castillo, retomo la selección del poema “Cementerio de la tarde”

“Un vaho blanquecino entre árboles dormidos / y un leve sol desparramado me entrañan. / El mito de la tarde aún existe… / Algo hay de mí en sus verdores apagados / en esas manchas solitarias / en ese gris transido en rostros. / Pretendo la soledad pero todo me asiste: / solo entre ramas y azahares hay una multitud insólita. / Ahora todo mi universo es fronda / silabario ancestral / brumas desdibujadas y pausas…/ ¿Es vivir ser parte de las cosas? / ¿Es el rocío más bello que el océano? / Busco la utopía / las moradas donde asirme como quien se niega a sucumbir / y sigo con la tarde descrita en luz de luciérnagas / que transitan horadando la oscuridad. / Mis unicornios asidos de dioses cabalgan / y todavía la tarde es luz podrida / cementerio azul, / ráfagas inmóviles de alas / Y retengo entre mis manos la tarde abrevada pero cierta / llena de mariposas sombrías / cocuyos fugaces y un tropel de alas en el sueño / en las lindes de mis ángeles…/ Tarde que es espejo / un pasadizo por donde huyo a encontrarme con mis dioses / de altares prohibidos./ La tarde que urdo y despojo en arco iris extintos en ésta / de luz fallida / de soles oscuros que fulguran los espejos / tiempo detenido que mitiga la luz / la célibe tristeza de los ojos que estrenan sus soles / sus cirios apagados./ Ojos de una instancia errada donde todo es el chasquido / de hojas magulladas desde antes que el tiempo creara su tortuga / su horóscopo de sangre./ ¿Qué tiempo no ha existido aniquilándose? / ¿Qué tarde no fue esta tarde sólo porque mis ojos la negaron?”

En este poema, los tres primero versos sirven al poeta como canal para situarlo en comunicación con las cosas: “Un vaho blanquecino entre árboles dormidos / y un leve sol desparramado me entrañan. / El mito de la tarde aún existe… /”

Ya de entrada se siente la actitud hacia la empatía, y la presencia de la luz tendente a develar las cosas, como se puede ver en “vaho blanquecino” y “Sol desparramado”. “Sol desparramado” es la imagen que marca el punto luminoso en la conciencia del poeta que ya se sitúa en las cosas y en su propia interioridad.

En un primer momento se observa cómo las cosas convocan al poeta, realidad éste expresa con imágenes sensoriales y con la aseveración de que el fenómeno que percibe “le entraña”. De por sí, estos dos elementos, uno sensible y otro de percepción interior, van determinando el tono interiorista del poema.

En un segundo momento, el poeta se intuye en las cosas; dan cuenta de estos los versos “/ Algo hay de mí en sus verdores apagados / en esas manchas solitarias / en ese gris transido en rostros. / Pretendo la soledad pero todo me asiste: /”.
El poeta, al identificarse con las cosas que observa y percibe, obtiene conocimientos de éstas y, al mismo tiempo, de él mismo, lo que le hace decir: “Ahora todo mi universo es fronda”. En este verso, las palabras “todo” y “universo” actúan como elementos totalizadores que abarcan el mundo de las cosas y el mundo del poeta. Nuevamente se percibe aquí ese tono interiorista que señala el punto de convergencia de lo existente. Esta convergencia potencializa la conciencia del poeta de tal manera que lo mueve a continuar escudriñando en actitud de mayores experiencias y conocimiento.

El poeta se da cuenta que no camina solo, que todo su ser y las cosas se mueven junto con él en una dirección ascendente que lo va transformando y que, al mismo tiempo, va transformando las cosas que convergen en él. Esto marca dos aspectos básicamente interiorista: la tendencia ascendente de la conciencia del poeta y de la conciencia de las cosas, y la transformación sufrida por ésta en los movimientos que tienen lugar en su esencialidad.

Entre el poeta y la tarde se establece una unión tan íntima y entrañable que esclarece al poeta y esclarece la tarde misma, lo que constituye otro elemento fundamental de la estética interiorista. La tarde, también, actúa como realidad unificadora del poeta y las cosas. Nótese que la tarde se hace espejo y canal por donde entra el poeta a los espacios de las cosas que convergen en su esencialidad.

En este poema se hace evidente que desde el espacio interior de la tarde donde se ha colocado la voz del poeta, éste incide en la conciencia misma de la tarde y la potencializa hasta elevarla hacia un punto donde ésta le devela, no sólo su propia realidad, sino las realidades que en ella están contenidas.

Imágenes como “Multitud Insólita”, “brumas desdibujadas”, “tarde descrita”, “tarde abrevada”, “tropel de alas”, “ojos que estrenan sus soles”, “sol desparramado”, “vaho blanquecino”... dan cuenta de la experiencia interior y trascendente vivida por el poeta. Nótese que son imágenes que tienden a desentrañar, a develar, a iluminar las cosas. También, imágenes totalizadoras y abarcadoras, como es el caso de “multitud Insólita”. De igual manera, imágenes en movimiento o que sugieren movimiento, como por ejemplo, “tropel de alas”.

En este poema, por encima de la fuerza de las imágenes, se impone la atmósfera que se crea en una estructura poética que pretende ser la experiencia misma, la poesía de la tarde que convoca al poeta en toda su verdad y belleza. Posiblemente, el poema adolece de una fuerte imagen interiorista que sintetice la experiencia, sin embargo, la compensan el tono interior y trascendente que se percibe y la manera cómo el poeta va develando las cosas en imágenes sucesivas y que dan cuenta de su actitud interior.


Notas

1. (Citado por Ismael Bustos en El arte y la poesía en el pensamiento de Jacques Maritain, ensayo publicado en el #328 de diciembre de 1971 de la revista Política y Espíritu, edición de Homenaje a Jacques Maritain, con motivo de cumplir 90 años de edad).

2. (Pierre Teihar de Chardín. Ver. “El fenómeno humano”. París, 1955; Madrid, 1963). (Bajado de internet)

3. (Ensayo publicado en el libro “El ideal interior. Teoría estética y creación literaria”, de Bruno Rosario Candelier. Ateneo Insular 2005. Moca, R. D.).

4. Rosario Candelier, Bruno. “El ideal interior. Estética y creación literaria”. Ateneo Insular. Moca, Rep. Dominicana. 2005.



Encuentro interiorista
Santiago de los Caballeros, Rep. Dominicana
28 de octubre de 2006