sábado, 7 de julio de 2007

Ramón Álvarez Vargas: cuentos




Ramón Álvarez Vargas. Nació en Santiago de los Caballeros, República Dominicana y reside en Nueva York. Cursó estudios de ingeniería en la Universidad Católica Madre y Maestra. Estudió arte dramático en la escuela de Bellas Artes bajo la dirección de Yolanda Badía Montes de Oca. Fue director del grupo de poesía coreada “EL EJIDO” y miembro fundador del grupo LETRA JOVEN. En Nueva York, perteneció al Centro de Investigaciones Bibliográficas, CEDIBIL, que luego adoptó el nombre de Palabra Expresión Cultural, PEC, considerado por él su gran escuela literaria. Fue integrante de los grupos “Espacio de Escritores” y “Agua Fuerte”.


Tres cuentos cortos


ÁNGEL

A las víctimas de las Torres Gemelas


Ángel llegó a las edificaciones. Subió contento, con paquetes en las manos, donde llevaba la comida y el uniforme que acababan de entregarle.

Después de ponérselo, se sentó en un rincón a continuar su alegría mientras llegaba la hora de empezar. Ya tenía trabajo.

Recordó sinsabores, gritos de sus hijos reclamando alimentos, toques del casero a la puerta de su apartamento; todos los servicios estaban amenazados con ser cancelados, pero el día anterior consiguió trabajo por el que le ofrecieron un salario que él consideró muy bueno.

Brotaron lágrimas de felicidad, levantó la vista; se aproximó a la ventana y fue cuando cayó en la cuenta de que había subido muy alto en aquel monstruoso edificio, desde donde casi nada se veía hacia abajo. Sólo hormiguitas humanas podía distinguir que se movían en lo más profundo.

—Esto es alto —murmuró—. Estoy cerca del cielo. Mejor, así estoy más cerca de Dios.

Cuando la hora de empezar su labor se aproximaba, oyó una sórdida explosión, que sacudió todo el edificio. Ángel, temeroso, se acercó de nuevo a la ventana y las hormiguitas humanas se alejaban espantadas; oyó ecos de sirenas lejanas, y vio luces intermitentes y un humo espeso que crecía en la parte de abajo.

Dejó de reír, aunque creía que estaba cerca del cielo, comprendió que el infierno lo tenía a sus pies, muy cerca; ya sentía el calor que aumentaba alarmantemente.

Dedujo que tenía pocos minutos de vida, tal vez segundos y los distribuyó rápidamente; pensó en sus hijos con menos esperanzas de comer; pensó en el casero desalojando a su familia. Miró su uniforme nuevo que no llegaría a usar. Gritos desesperados en los ventanales. El cielo estaba más arriba, pero el infierno se le acercaba desde abajo. Hacía un calor insoportable; se estaba asfixiando; le ardían los ojos. Miró hacia arriba. Aunque Ángel no podía volar se lanzó al espacio, huyéndole al infierno y tratando de alcanzar el cielo. Se durmió en el aire. Jamás supo cuando cayó.


AQUELLA TARDE

A Sagrario Ercira Díaz Santiago.


Estaba alegre... decidida. Sus cuadernos envejecidos le besaban las manos sudorosas. Ella se elevaba medio a medio; medía los paralelos, los meridianos, los trópicos. Podía girar en todos los ángulos y observar la injusticia. Era una flor sembrada en el ecuador de la incomprensión.

Cuando los relojes marcaban un momento impreciso y la incertidumbre se apoderaba de todos los senderos; entonces llegaron ellos, a podar el jardín.

La flor estaba a la vista; la peor puntería podía acertarle al instante. Y en ese valle, rodeada de cordilleras de cuadernos, no podía escaparse.

Con los ojos cerrados, una chispa cruzó en la tiniebla de aquella tarde sorprendida; y por la frente, donde llevan los héroes la estrella y donde el genio guarda su inteligencia, la muerte entró en la flor sin tocar la puerta.

La clorofila roja cayó al suelo. Ojos desorbitados quebraron los párpados petrificados. Bocas mudas quedaron abiertas para siempre y manos sostuvieron mejillas incrédulas.

Cuerpos llorosos cargaron su naciente agonía, y un coro de llanto, sopló la muerte que le hurgaba la vida.

Un espantoso silencio se agigantó sin límites. El jardín de la esperanza quedó mortalmente herido. La bandera lanzó un grito desgarrador, seco, y se derrumbó mareada hasta la cintura del asta.

Aquella tarde, la flor conoció el verbo cercenar. Los podadores, jamás pudieron conjugar la barbarie.


EL TIEMPO


El hombre estaba sentado triste, abatido y sin fuerza. Nada se podía hacer. Su abogado había perdido toda esperanza de defenderlo de la acusación que le formularon.
Y sucedió que, mientras deambulaba por una calle sin nombre, se topó con un amigo de infancia, quien, al verlo, se sorprendió por el cambio que había padecido su organismo, a lo que éste con tristeza le contestó:

—El tiempo, los años.

Para su sorpresa El Tiempo, que en ese momento pasaba por allí, lo oyó; se enojó y entabló una demanda millonaria por difamación e injuria. El hombre, que no tenía ni en qué caerse muerto, sacó un espejito del bolsillo de su camisa, se miró y comprendió que no podía apelar la sentencia.