miércoles, 24 de febrero de 2010

Escritor invitado: León Félix Batista

DE “NEGRO ETERNO”

los anhelos que no han sido
y el vestido de percal



He vuelto (es un decir) a Dean Street (fue circunnavegación, devenir de paquidermo). La parada de autobús –palizada de meadero– con la misma palomina e infamación, mas ausentes tu percal y el pigmeo de las nieves, activas cosas nulas clamando por mi anuencia. Los vecinos soportales ya no ceden por alisios sino ante oxidación –las minúsculas miserias que radican en la tráquea me limitan de explicarlo. Para darte dos ejemplos del fluir de tramontana: se divulga apenas marzo pero mutan los abetos, requeríamos ardillas, que los cardos prosperaran, y germinan sobredosis. Vuelvo pues al meridiano contra el que discurre el cáliz: por poder así filiarlo con las mallas dilatadas de la indeterminación.


una tarde me fui hacia extraña nación


Aturde un componente (adultera el territorio) varios metros calle arriba. He aquí el contrargumento: sea un cielo con mancillas como oscura parentela e hilvanándose tenaz como un cardumen, ramas. A la mente le repugna el contenido heterogéneo, presunción de que el prodigio va alcanzando claridad. Aunque sé cómo trenzar ambas manifestaciones: fraguar con todo y huesos dimensión y escalofríos para tejer tapices, extenderlos en alambres y ponerme a equilibrar respiración y asfixia. Con buen método, asilándome (sin tacha la simbiosis): así llego a la ciudad que parece una mucosa que injertara a su volumen materia muy lejana. Así como el dolor, que se ubica en zonas álgidas y desde allí se irradia para inhabilitar.


mientras fumo mi vida no consumo


Encallado me encuentro como en casa. Flotando en nicotina (mariposa penitente explorando un parapeto, frenesí y fascinación). Se enzarzan mis falanges asistiendo a la barbilla, casi como si auguraran un desplome. Jamás abordo el suelo (tan fácil de falsear: mis pies vulcanizados). Libérrimos deslaves las piernas, dan zancadas: compuestos gaseosos en combustión muy tenue. Pero yo fumando espero recibir vapor balsámico, materia a transmutar de entre la inconcreción. Una víctima del plomo sin flujo de los días, colocados en cuadrante sus flagelos.

es la última farra de mi vida


Supón que lo aniquilan registros de saudades, y que puede (con un disco) remediarlas (en cierto bar de Brooklyn en pino de Oklahoma.) Esferas como aquella mixtura la ciudad, materia de un orate y extravío. Y que ves cómo resalta (el resorte que tú eres) contra el cielo raso recto, por sus tonos intangibles; y que luego se rasura, solicita su calzado, tantea las urdimbres y radio de su miembro. Entonces dale elipsis, describe su derrumbe. Habrá quien paute el coágulo que deje.

en cofre de vulgar hipocresía


Salgo, así acontece el mundo, para hacerme del mercado entre graznidos de mestizos. Despiezado de estridencias y en el verde turbulento, vicioso: vegetal. Ya sé: los embutidos, las aves de corral, suplantan al sopor, que aparece (aquí) barrido y retirado en montoncitos. Pero la soldadura del ruido monofónico de dónde habrá salido, y esta abulia de colores y los croquis criminales y pellejo de paredes. Las viandas tan hendidas que estallan en tangente, más los cuños en las carnes depuradas de un fragor. Como su ficción me instiga yo, con simples frotamientos evito delinquir, por dentro el alma rota. Coartada insuficiente: primero está el dolor y a seguidas está el filo, que es el que lo apadrina.

(Pierre Bonnard)


DE “VICIO”

paja brava


“...apreciada como pasto, y como combustible...”

Diccionario de la RAE


Cuatro dedos entre montes y pulgar sobre los múltiplos y trámite del zíper. Tiene cáscaras el tronco (barranco sus venillas) exponiéndolo a sabiendas a la masticación. Se manifiesta y no, la intermitencia interna, con exótico danzar de cobra ante el faquir. Por un lado está el deseo, por otro la incidencia de objetos de libídine: patrones de su engorde infinito y proyección. Y finalmente encarna, desplegando sus dobleces: nudos, sebos y follaje desatándose, masivos.


Deschamps y el sax tenor


Estoy bajo la cana para velar mi aspecto; y así como el rumiante que (en estrépito agresivo) despliega su demencia me someto a mi no-estar. Preciso coordenadas para supervivir a la aproximación turgente (el otro cuerpo): la cal de las columnas revoca luz que mana, boleros subrepticios tejidos con bramantes al flanco, por la izquierda. Quién sabe si razono: cada instrumento músico me da animalidad: bongó en su cuero enfático y al bajo las viriles tutelas de un acorde. La voz tremante y gorda postula sobre el núcleo mi inestabilidad, un ebrio vertebrar de la lengua sobre un eje. Qué hacer sino seguirla en su brote, sin anclar.

para kozer, que lo sabe


casi casi salaz


La efeméride no cesa de registrarse aquí: entre muebles y aparatos la contienda de dos entes disociaba la humedad. El uso del espacio por su desquiciamiento, trabado en el impulso y postura heterodoxa: convertido en homogéneo torrencial de torceduras el orden asimétrico de cosas de una casa. A partir de tal esquema se fija el deterioro, así como su anclaje desgarrado entre las sienes. La trama irá anidando período a período (como esos pegamentos que han prescrito y son casi las materias que adherían).


autorretrato con condón


Sostengo un doble mágico, rasgado en componentes, aunque ningún exceso lo consiga compensar. El busca su infinito, ejecuta sus contextos como símbolo y espacio para la disipación. Sostiene varias poses, alternativamente: una variante explica (desunión con lo sublime) la anquilosis de los huesos, lo turbio en sus conductas: la tara de la edad. Otra ofrece expresión allende el plano físico: quimera pertinaz a manera de silueta, sin contornos ni grosero protoplasma. Cabría –pese a todo– datarlo en otro estadio, basado en presunción. Mi doble siempre quiso pasar apocalipsis, posarle a Mapplethorpe.


café con lluvia y trauma


Instantáneas felicísimas las de la facultad, que ya se han vuelto coágulos muy duros de ingerir. Una serie sucesiva, sobre la sien izquierda, de repente se aligera de su marco: las brisas rebuscaban antiguos victimarios entre los jabilleros, un giro de la mano agregaba al campo un torso, aunque desembocara en carne inconsistente, cuadernos descuidados. Como con nuevos medios, sobre la misma roca, reacomodo la mordaza con un dedo en vertical y a la misma vez mutilo la cabellera-máscara, que casi alcanza el orden de la maceración. Ese ayer se descompone en corrientes subterráneas, agradablemente póstumo. No posee ni porvenires ni estación ni varadero.


DE “TORSOS TORRIDOS”

un evento de libido


Me atreveré a hilvanar, de otros tiempos venatorios, las cenizas –y esbozarlas. Eso porque sedimentan (en violenta anamorfosis) grabándose en estampas ya amarillas. Se conoce que ella vuelve más denso el flamboyán porque los pies se mezclan con la membrana ardiente. La modela un overall (debajo dril austero y (a la yunta de las piernas) vedado queda el núcleo); el pelo vuelto cúmulo en el cráneo viriloide, duro de dilucidar. Y muta en mito un gesto, predominante entonces: sus falanges sobre un muslo, ligadura imaginaria, tres urracas en los ramos imponiendo el desenfreno.


she wore blue velvet


La mente representa su derrame intermitente, como la transpiración de los cuerpos climatéricos, o el techo que, nublado, reciproca imponderables. Después se contradice, y (en una esfera exacta) perpetra el almanaque: lo puede hacer brotar. Pero las percepciones –parece– no progresan, ni habrá desplazamiento entre las cosas. Lo que sostiene al ego es la pura piel voluble, discurso del vestido: desde ese núcleo espléndido el ángulo del tronco hacia abajo se bifurca –para delimitar. Aunque tiende a ser velado por un pellejo azul que trabaja como asilo hasta su estado cero.


saraos en sarong


Tras una minuciosa reconstrucción del sueño (que persiste en el afán de articularse) vislumbras expandiendo, licuando las escalas, las sombras de la hoguera: eternidad. Timbraban dos guitarras: guarismos en estratos entre los que se instalan estos acontecimientos; pellejos percutían un arte de hojalata: cuando las tres bailaban urdían el tambor. Abdómenes danzaban (vapor en hipodermia) y al lila exonerado de uveros esparcidos las ingles entreabrían su cisma impermeable. Yo no descalifico con símbolos con órganos ni arbustos ni arrecifes: deduzco derivados de rápida grafía, fusiones que son cúpulas: había un buque anclado. Sin embargo llovió, la arena se hizo limo, sus llamas troncos muertos. Armar la impermanencia no es doctrina.


libamen


Ingieres ligereza con tus zapatos suecos. El tiempo desmantelas entre lo indeterminado. Tu vínculo al instinto, con otra latitud, lo debes a la yerba y al núcleo de un temblor. El tramo de la recta (lo “siempre indefinido”) conjura tu vacío con signos diminutos: cocuyos, anatemas, y rachas de automóviles a cuyo raudo fósforo estiras hasta el fondo los cantos del vestido. Lomo a lomo contra el árbol extirpas un espejo, después el ademán retrógrado de un lápiz engendra los eclipses –el rímel se agostó. Por enésima ocasión la vulgar anacronía y tu asfixia con la baba: qué denso el pensamiento. La sombra de un cliente, la mano con puñal, deslíen tu monólogo. La vida es malabar en el aro de un esfínter.


Para Plinio Chahín, que me ha dado el personaje


ejemplar de invernadero


Ilustrar tu advenimiento pensando cada forma desde la caducidad. Cubrir el extravío –fragmentación y flujo– para ver cuanto postula: bajo su combinado (infinitos puntos polkas) el vínculo supuesto por una incertidumbre, profundos los arcanos (se harán despertamiento) secundando las corrientes y filtrando. Y (con la confusión (eventual) de un barbitúrico) considerar el eje que –del pelo hasta las plantas y desde un hombro al otro– sostiene el contenido futuro del desgaste. No tengo otro designio que este dogma irracional: devendré de tu memoria. Ese es mi ardid.


FRAGMENTOS DE “PSEUDOLIBRO”


tantos días (tan oblicuos) parecidos a un manglar recubierto con los vastos bromuros del cenit, con una curvatura perenne en su mensaje

superba supernova lejana que se enfría: el rápido magnesio que raya las baldosas (implantes de estallidos del tiempo que pasó facetado en los aceros más feroces)

no hay aristas ni sostén ni angulares ni vacío: arropan las tinieblas con su pulso automotriz, y –con fórmula macabra, perfecta y polimorfa– pasan días de sustancias glaciales y lacustres

como tallos que fermentan, rebrotan, fructifican, en el coma en que mi historia necesita acontecer: esos días que derrapan defectuosos, defecados, cuya ruina de futuro se comprime y se contrae

(…)

aludes de los días, estrépitos constantes bajo la tenue instancia de la infertilidad

lloviznando, la evasión, cualidades cristalinas que devuelven contundencia hasta lisiar; bifurcan los objetos del torrente principal continuando coordenadas corrompidas

su insistencia acopia nubes, se aproxima caudaloso: el mar de cielo es cloro socavando la inventiva, un día que fue témpano disuelto del glaciar y vuelto un simple charco que atraganta las cunetas

fracciones se intercalan en un eje de esta historia como páginas que fingen desmesura (quizás fue entonces cuando, replegada en el traspatio, dorsal en el vestíbulo, salía de las lumbres: el túmulo detrás era ceniza figurándose en un gráfico de fiebre: la fibra sigilosa de la muerte desplazándose en un áspid amarillo)

(…)

precipicios en pedazos la realidad engendra, en la inscripción que avanza con la bruma; significa majestad percibida en contracción de raíces que fusionan los minutos

los cartílagos se lijan como témpanos de moles cuyo límite emancipan, cercenados en embrión

destilados de grafito: incidentes desbastados de los días que tan solo desembocan decadencia

pedregoso plegamiento que uno ensambla con asfixia bajo un negro devenir entumecido: de las sienes, que resisten y procuran otros vados aunque la carne inclina su declive

un océano nocivo complica la pintura

(…)

los días son pantanos que se acoplan; sus ángulos volubles desunen los eventos

celosías: sólo van filtrando brea

el abismo de las fechas (desarrollo de meandros) inyecta su formol saliendo de un umbral que en su esplendor remoto respira asimetría, porvenires contrayéndose

continuo de lagunas por un ojo que macera

dilapidan, sus abismos, ambas puntas de la espira, se laceran estirados en el potro
los días que pasaron –filtrados por el texto– arrojan incremento de materia

supongo que se suman brotando hasta el derrame de lo que yo no vi: las horas bisecando por los flancos la memoria, el origen de un ayer descomunal

lo que de allí decanta salpicado de sevicia es el residuo negro que se va a quedar conmigo, arrecifes que ahora arrastro por tundir con estallidos, y que pasan por los días (pero sin metamorfosis) serpentinas que se hilvanan con un mayor caudal replicante de vacíos temporales

(…)

cuando quiero descender al incidente duro las costuras del boceto se desgarran, en coágulos del gris, masivamente, evidencia que se anuda nebulosa

¿cómo puedo corregir la levadura si desconozco el núcleo de su móvil?

el tóxico perfecto: la conmoción mental, un elemento menos que sumarse con los sólidos

este lado boreal no es el enigma, sino más bien corriente de intervalos cuya traba el tiempo lima rodeado por escombros: los despliegues de las horas –las cascadas de los días, el pacífico período post-morten: es mi código con miles de agujeros, el espurio deterioro de la veta–; un enlace milenario (desenlace diferido) me empantana y alimenta muellemente en su grosor

aspirado por el magma de una repta sin rupturas de mosaicos expansivos en lo negro: esos tiempos estriados, como símbolos de simas, pero alógenos: ajenos, casi nulos
mis días no suceden, pero en vez circunnavegan bajo el polvo de una cifra abominable

eslabones yugulados, nucleados por estiércol, aspirados por abismos sobre deltas: tantos hechos, destilados, dan cianuro, descarrilan de sus recias coordenadas

(…)

un segmento del circuito (modulado por las fugas), que será ceniza pronto

¿cómo dejo la constancia carcomida de esas horas (remolino modular, de inexacto transcurrir, ignorando su morfina, su equimosis permanente, decantando confusiones de alacranes), su estampida en la memoria (sucesiva concusión de los cuervos de las córneas, unos quantos de otro mundo) para abrir en sus meandros precipicios penetrantes o la lepra de los órganos celestes?

¿y por qué no duplicar sus canales más oscuros asumiendo con golpeo su despojo, incubados por la escarcha de cadenas comatosas en un tránsito del todo intermitente?

macizo degradable que recubre la anarquía (cuyo cúmulo revierte en pulsación) colisiones que incidentan, subrepticiamente truncas “lo que pasa”: la fictiva sucesión (con segmentos de vacío), de veneno que me dio su lividez: soldados por asombros, se contraen esos días por pendientes descompuestas, por espasmos: perturbados por un súbito repliegue

(…)

un segundo cuando pasa se convierte en cicatriz: otro día registrado por un reloj raquídeo

los días comprometen las blandas contexturas de trozos de segundos disecados: avispas que taladran salidas en las venas, arácnidos que estiran sus membranas; relojes derretidos que cubren con su brea compuertas que se amputan de las horas, un arco a la mitad de corruptas coordenadas: intervalos perfilados por fisuras

los días cristalizan cuchillos cuando estallan y la muerte les coloca esparadrapos; yo digo lo que deja la pulpa de los signos: navajas hipodérmicas cebadas sobre sí, menguadas por estigmas profusos de su helada, los filos sustentando sus desiertos
y los días del ayer son cavidades que rellena la escritura con sucesos: tiempo lento que sustrae de los cálidos cuadrantes el impacto restringido del torrente, palabras como hollín, bocanada que se arroja, o mercurio por la ruta de las venas que transpira la espesura de los poros: los minutos me sepultan en su alud y sus ácidos invaden con ventosas y perfilan –de sus fuentes– navajas de eslabones, atenazan, acuchillan y se van; materia separada, galaxias de sulfuro: relámpagos de quistes que colapsan, se contraen con tranquilos disolventes

(…)

muchas veces desenlazan, esos días, sus argollas, para entrar, acorralados, en alguna cicatriz; demacrados por las llamas se recogen como yesca, se solazan en intrigas en tumulto a las carnadas, al segar su enroscamiento los sucesos, anacrónicos, superviven en camadas sucesivas: que comprimen en su prole –tan estéril como hostil– intuiciones en bandada por estratos de mucosa

el tenaz imaginario al velar se descompone

me enajeno de esa veta que borré con eficacia, escalo hacia otro plano movedizo por carbono, porque hay días que se escarchan entre fósiles de sílex, en los mares de lo mismo, feraz ayuntamiento: partículas mentales –repletas de rodeos– reconstruyen su reloj; oleajes en el magma con embriones de atavismos, disolutos accidentes fraccionados


León Félix Batista (Santo Domingo, República Dominicana, 1964), ha publicado: El Oscuro Semejante (1989), Negro Eterno (1997), Vicio (1999), Burdel Nirvana (2001, Premio Nacional de Poesía “Casa de Teatro”), Mosaico Fluido (2006, Premio Nacional de Poesía “Emilio Prud'Homme”) y Pseudolibro (2008, Premio Nacional de Poesía “Universidad Central del Este”). Existen varias ediciones de algunos de estos libros: Se borra si es leído, poesía 1989-99 (2000); Crónico –segunda edición de Vicio– (Tsé-Tsé, BsAs, 2000); Prosa del que está en la esfera (Tsé-Tsé, BsAs, 2006, Universidad Autónoma de Santo Domingo, 2007) e Inflamable (La propia cartonera, Montevideo, 2009).
Aparece en antologías de poesía en diversos países, entre ellas Zur Dos (30 poetas jóvenes latinoamericanos), Barcelona, 2004; Jardín de Camaleones (la poesía neobarroca en América Latina), Brasil, 2005; Plata Caribe (poesía dominicana y uruguaya del siglo XXI), Montevideo, 2008 y Cuerpo Plural (Pretextos, España, 2010). En 2003 se publicó en Brasil la antología español-portugués Prosa do que está na esfera. Ha sido parcialmente traducido al inglés, sueco, alemán e italiano.
Fue director de la editorial “Cantus Firmus” en Nueva York, donde vivió 18 años y, en la actualidad, es Director de la Editora Nacional del Ministerio de Cultura de la República Dominicana.