jueves, 31 de mayo de 2007

Rafael P. Rodríguez: Cuento


RAFAEL P. RODRIGUEZ:


Es periodista en ejercicio desde 1973. Ha publicado cuentos en diferentes diarios y revistas dominicanos, y ha obtenido algunos premios literarios nacionales, entre ellos el de la Alianza Cibaeña, y el de Casa de Teatro. Ha sido antologado en los diferentes libros del Movimiento Interiorista. También es poeta y ensayista. En el año 2005 publicó su libro de poemas “Pétalos de Agua”.


Remigio Cárdenas:

Venían viéndose desde lejos; se saludaron cuando estuvieron de frente con una desconfianza sin nombre; no se conocían y ahora realmente se desconocieron mutuamente; intercambiaron monosílabos ininteligibles y rígidas miradas. Porque sabían ambos qué vendría después.
Remigio Cárdenas era un hombre rural. Tenía la frente anudada como tronco milenario; nunca en su vida vio hombre igual o lo que parecía ser aquella figura apuesta que caminaba apoyada en un bastón sin necesitarlo.
-Vengo a desafiarte a duelo mortal –le dijo el hombre alto, de mirada fulgurante y sonrisa áurea y siniestra.
Remigio Cárdenas, que nunca rechazó un desafío, tenía las cruces marcadas con cuchillo (en el árbol favorito donde tomaba el fresco del mediodía) de los que antes lo retaron también; en este caso dudó y rememoró aquellas horas y días y años en que se enfrentó a la muerte; vio sus cicatrices, se persignó, prendió el cachimbo.
-Vamos –musitó.
Dejó tras de sí a Pancha Linares, la compañera en todos los trances; envuelta en un manojo de angustias quedó la mujer, inconsolable y gris, llena de dudas.
-Llévate este relicario, Remigio –alcanzó a decirle Pancha Linares al hombre a quien despedía con un adiós de fin de jornada, con la desesperanza colgándole de la mirada rojiza de un llorar interminable y torrencial.
Salió Remigio Cárdenas tras aquel inevitable desafío; iba justo a tres pasos de la figura que por momentos le parecía una sombra y a veces enrojecía frente a un sol como volcán estelar suspendido en su infinito total y abrasador
Se fueron por entre mangles y cangrejos, juncos y ríos y noches y sueños sin tiempo.
Llegaron a una costa de playa gris y un mar ronco y sórdido; iban ya sobre las olas y Remigio Cárdenas no sólo no lo percibía sino que iba seguro y firme, de tal modo que sus pasos eran los mismos que si caminara en la tierra.
El mar se hacía oscuro y vasto; Remigio Cárdenas nunca tuvo miedo y no tenía tiempo ahora de pensar si lo sentía; ni siquiera entendía que podía hundirse en la inmensa garganta oceánica.
-Hemos llegado –le advirtió el desconocido que ahora era muy recto en la mirada; extremo en su decidido plan de castigo inevitable -Aquí, sobre este lugar solitario, donde no vendrán otros dioses, quería decidir tu suerte, no la mía que es la de ser demonio para siempre.
Y le atacó con fuego e imprecaciones. Y Remigio Cárdenas, entre saltos y sobresaltos, gritos y alaridos, se defendió de cada acometida diabólica; mas no retrocedía, y lanzaba sus cuchilladas al oponente formidable que reía seguro como gigante frente a un niño.
Conocía el valor de Remigio Cárdenas; por ello le llamó a un escenario marino, solitario; entre borrascas y olas de horror, porque Remigio Cárdenas nunca huyó, nunca eludió desafío alguno.
Nadie sabrá jamás cuántos días y noches y lunas se atacaron, retrocedieron y volvieron a atacarse, entre nieblas y salitre y gritos.
Sólo que en el clima del desencuentro necesario, en el instante decisivo y final de las definiciones, cuando aquel demonio alto, de dientes áureos y mirada de fuego lanzaba su más infernal descarga, fulminante y total sobre Remigio Cárdenas, el desafiado extrajo, sin mayor fe, un pequeño puñal, una espadita rústica que portaba en la espalda.
Atacó decidido, exhausto, en los estertores del hundimiento abismal.
Tenía una cruz; no fue soportado; avanzó Remigio Cárdenas; se estremeció el demonio.
La lucha fantástica cambió el curso de las nubes, enloqueció las olas, desencajó las órbitas de los mundos no imaginados. El diablo huyó de la espadita en cruz del agotado Remigio Cárdenas, que se quedó chapoteando entre espumas azufradas, relámpagos intermitentes y nubes descoloridas, escuchando las amenazas remotas del rival alado que se iba presuroso, en vergonzante retirada.
Remigio Cárdenas no pudo sin dificultad contar la historia; aún le estremece el alma.