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miércoles, 26 de marzo de 2008

Máximo Vega: cuento

(Felipe Molina: boxeador)

LA VICTORIA

A las ocho de la noche después de salir del trabajo no hay mucho qué hacer, apenas caminar un poco por las calles ya algo vacías y, si el dinero del sueldo aún alcanza, olvidar los bares clase media y entrar a la barra de Amigué a tomarse dos Presidente o medio Brugal para ir matando el aburrimiento mientras tanto, no es que la vida sea tan difícil pero tal vez lo sea y por ahí vamos pasándola, ya a los treinta años a uno no le queda mucho por hacer que no haya hecho, como un anciano prematuro o un hombre de mundo cansado de viajar. Precisamente una de esas noches calurosas y un poco hediondas a sudor y al alcohol derramado sobre el piso de cemento donde orinan los clientes cuando el diminuto baño está lleno de beodos vomitando, se apareció Miguel como casi siempre pero esta vez no andaba solo, venía acompañado de un calvo grandote y obeso, negro como el carbón, que hablaba casi con la ingenuidad –y la ignorancia, por supuesto- de un retrasado mental, y Miguel –que es mi amigo y como buen amigo, aunque no entienda del todo mis aficiones, me soporta el ser escritor- me lo trajo porque, le había dicho el negro y se dignó confesarme luego, yo era un cuentista y quizás podría plasmar su historia en algún cuento vago que tal vez leerían mi familia, los amigos, las personas que creen en lo que uno hace aunque piensen que no sirve para nada. Recuerdo que había un abanico enorme detrás del dependiente joven con la camisa abierta hasta el ombligo que les sonreía a todos los clientes mostrando al parecer orgulloso un diente de oro que le brillaba como una joya; recuerdo que Miguel, a quien todo le asombraba como si fuese un poeta, me contó que la historia de la vida de ese hombre era bastante buena, buenísima y rarísima y no toda su vida, se retractó, repleta de hechos nimios y de intervalos tranquilos y sin interés, en general mediocre, sino lo que le ocurrió a ese hombre la noche del 22 de julio del año 1994 en el Palacio de los Deportes, una historia verdaderamente del carajo, terminó lapidariamente. Sentándonos en una mesa del fondo oscuro y tenebroso de la barra, delante de un afiche japonés con una mujer semidesnuda y esquelética de ojos rasgados que mostraba una Honda de los años setenta, el negro grande tuvo la gentileza de brindarnos las cervezas, y así empecé a vivir la existencia de alguien más, pasando la noche menos aburrida que las otras noches de los demás días, vamos matando el tiempo y apenas nos damos cuenta. “Tú verás, Máximo, que no te vas a arrepentir”, me advirtió entusiasmado Miguel. Supe, en primera instancia, que aquel hombre que hablaba como si la lengua le pesara había sido una vez boxeador, y que ahora era chulo de un lupanar de prostitutas decadentes, demasiado viejas y llenas de herpes. Supe que no le gustaba del todo su trabajo actual, que añoraba antiguos aplausos de un público veleidoso, casi tanto como un artista del espectáculo. Entonces, acompañado del aire que nos lanzaban sin misericordia las aspas del abanico detrás del dependiente, me contó por fin lo que le había sucedido aquella noche de julio del 1994.
Se llamaba Alberto Beltrán, como el cantante de merengue, pero le habían puesto un sobrenombre acorde con la profesión, además de que querían evitar futuras confusiones: le endilgaron, inspiradamente, el mote de Kid Beltrán. Era un mediano natural, y aunque se encontraba en un peso difícil, con cantidad de peleadores estrellas que le podían romper la cara a él y a diez más como él, no se amilanó en lo absoluto, y se embarcó en la tarea que le prometió a la madre antes de verla morir de tifoidea: tomándole la mano que temblaba, tocándole la frente que le ardía, le juró que iba a llegar a ser campeón del mundo de ese deporte rudo que practicaba en el solar de doña Linda, rodeado de cuerdas y de pesas construidas con varillas y cemento. Entre abundantes lágrimas lo reiteró sobre el cadáver de su progenitora: Campeón del Mundo, o Nada, a pesar de lo tremendo y lo difícil de su promesa. Así que, ayudado por los amigos del barrio y protegido por un entrenador acabado que una vez fue selección nacional del Equipo Panamericano, empezó a entrenar y empezó a aguantar los golpes esporádicos de los rivales que apenas lo tocaban, pero se dio cuenta –él primero que el público, que el entrenador, que los oponentes- que no tenía madera para llegar a campeón del mundo. Sin embargo, un juramento hecho a alguien demasiado importante se encontraba en juego, así que ganó las primeras cinco peleas, tres de ellas por nockout, con unos chongos que consiguió el entrenador para irlo puliendo y para que se fuera acostumbrando a los golpes, hasta que por fin, después de esos pleitos en los que se paraba en cada round con un miedo terrible a morir –me confesó, increíblemente-, sobre todo a morir, llegó a la Capital y se enfrentó en un combate desigual a Julio César Green, que lo noqueó en el segundo asalto. Se dio cuenta, al sentir el golpe bestial en la barbilla que lo alejó del mundo, de la realidad, de la lona en la que sin embargo iba cayendo, que era como si hubiese vivido todo aquello desde antes. Sabía lo que podía suceder si no se levantaba: volvería a la pensión y a cargar cajas en el almacén de Milito, volvería a soportar la pandilla barrial que se burlaría de sus deseos y su gran lengua, de su falta de coraje y su color, de su regreso vencido a la vacua vida de siempre. No pudo levantarse.
El entrenador lo consoló con la promesa de peleas venideras, con la verdad de que una perdida y cinco ganadas era un buen récord si se mantenía la perdida en sólo esa, pero cuando volvió al encordado y perdió la siguiente por decisión, empezó a desinflarse, como su ánimo de campeón del mundo. Ganó la octava pero perdió la novena, lo salvó de volver a su cuchitril parte atrás la luminosa idea que tuvo el entrenador para sacarle dinero a sus altibajos y su inconstancia: perdería, de ahora en adelante, por dinero; ayudaría a otros a llegar al pedestal que él creía destinado para sí. A partir de ese momento todo fue muy bien a pesar de que la afición a veces se ponía pesada debido a su bajo rendimiento –llegó a tener foja de 31 peleas, 14 ganadas, 2 empates, 15 perdidas- hasta que un día caluroso y gris, como esta noche del cuento, le llevaron la noticia de que un tal Alfredo Torres, apodado por su supuesta pegada el Martillo –el Martillo Torres, por lo tanto-, lo retaba más que nada porque querían hacerlo subir en el ranking, que fuera ganando experiencia como le dijeron a él mismo uno de sus primeros y remotos días, que fuera cogiendo trompadas y acostumbrándose a las mañas y a los golpes, pero sin tener la menor oportunidad de perder. Alberto, con 28 años ya, envejecido prematuramente, con la cara como hinchada y criando un olvido lento en los burdelitos infelices de la calle España, entre cueros cubiertas de polvo talco y de coloridas obscenidades, conoció al muchacho el mismo día en que fueron a amarrar la pelea: era un jovencito muy alto para el peso, flaco y buenmozo, con un aire campesino y perdido, con una cara de niño que no sabía qué diablos hacía allí, rodeado de aquellos jóvenes que maduraban precozmente, que lo veían de reojo y se reían a sus espaldas de su cara de adolescente, y entonces supo de inmediato –según él porque le fue revelado, porque se lo afirmó el mismo Dios que lo observaba, y guiaba a su madre de seguro en su Santo Seno- que podría ganarle con una sola mano a ese pobre muchacho que ni siquiera tuvo la gentileza de despedirse. Sin embargo, el entrenador lo llamó aparte y le dijo que tenía que perder en el cuarto, que el negocio estaba hecho, que iban a pagarle más que bien porque el tal Martillo ese era un galán y si se daba bueno su imagen lo ayudaría. Pero por primera vez en esa carrera de mierda, obviando que reconocía que vivimos en un mundo de imágenes, Alberto se negó rotundamente: no contra él, carajo, me vas a hacer pasar la vergüenza, no viste cómo le alargué la mano y por poco me la escupe. Pero es que pagan demasiado bien, le replicó el entrenador, después de ésta si te da la gana pones un negocio y te retiras. Alberto asintió con la cabeza, pero tenía, en lo más íntimo, urdido de antemano su plan.
El 22 de julio fue el combate, al parecer el muchacho tenía su fama porque el Palacio tenía público hasta la mitad, y obviamente por él no era. Nunca tanta gente había asistido a una de sus peleas; recordó las cuerdas rojas y azules que le colocaron al ring especialmente para esa noche, recordó cuando salió del camerino con el entrenador detrás con la toalla en el hombro y un cubo con hielo que parecía más bien una lata de salsa de tomate, y el hijo del entrenador que le servía de second, un muchacho de 15 años que odiaba el boxeo y que acompañaba a su padre porque éste lo obligaba, y le pagaba por cada pelea a la que asistía 50 pesos. Recordó que el Martillo entró con una caterva de acompañantes, con su entrenador y dos seconds, uno de ellos el cutman, con amigos del campo que le daban apoyo moral, con una banda de merengue típico que lideraba un hermano suyo, con toda esa gente que se confundía con el público, como en aquellas hermosas peleas extranjeras que pasaban por la televisión, en el Madison, o en las Vegas, Nevada, la meca soñada del estilista con condiciones. Recordó ante mí los reflectores en el techo, los vítores al muchacho, el esplendor de una noche que no era como todas las demás, que consideraba era su noche, la noche de su vida porque, aunque no pensaba seguir al pie de la letra las órdenes del entrenador, esa sería, definitivamente, la noche de su retiro. Recordó a su madre, los espasmos en su pecho escuálido, su mano sin fuerzas, su cara de ojos hundidos, y mientras se persignaba antes de que sonara la campana, se la imaginó mirándolo y protegiéndolo y le pidió perdón por una promesa demasiado grande que no era capaz de cumplir.
El primer asalto transcurrió como se esperaba, mucho estudio por parte de ambos, se veía que al muchacho no le habían advertido nada porque lo respetaba mucho, él sabía que en estos casos es mejor quedarse callado para que el pupilo se esfuerce y vaya aprendiendo porque ese es el objetivo, cuando se dio cuenta de que el muchacho estaba demasiado nervioso y no atacaba él tuvo que sacar las manos para que nadie sospechara, le dio dos golpes en la cara y uno en el costado tratando de amortiguarlos lo más posible, aún así creyó percibir que el Torres se resentía, pensó Es Maricón De Verdad El Pobre Tipo, sonó la campana y tuvo que sufrir las amonestaciones del entrenador que no sabía nada de dramas ni de teatros, cógelo suave que cualquier cosa que pase hay que devolver el dinero y yo ya me bebí la mitad. En el segundo las cosas fueron diferentes, el muchacho le partió para arriba desde que sonó la campana, se notaba que en la esquina le habían aconsejado que se esforzara, que se diera cuenta que el tal Kid Beltrán se encontraba en el ocaso de una carrera que nunca ascendió y ahora estaba acabado. Le aguantó todo lo que le tiraron que de todas maneras no fue mucho porque el muchacho tenía poca técnica todavía, lanzaba desorganizadamente, pegaba a veces con la mano abierta, él le tiraba jabs para que no se dieran cuenta, supuestamente para mantenerlo alejado, lo que menos le gustaba era que el Martillo cada vez que lo acorralaba en las cuerdas le gritaba cosas, que si eres un viejo que ya no puedes conmigo, que si comemierda y te voy a enseñar de dónde son los cantantes, y él solamente se limitaba a sonreír; pensaba que las cosas no eran así, por qué había que estarlo insultando de esa manera cuando todo era un drama y podía salirse de las cuerdas cuando quisiera, aunque luego se contradecía y se convencía de que esas son cosas de la juventud, como si él mismo tuviese cien años. Veía al público levantándose de sus asientos, gritando y arengando a alguien que no era él, a alguien que le hubiese gustado ser él; vitoreando a ese pobre infeliz que se les perdería en el futuro cuando alguien lo noqueara sin problemas como lo noquearon a él que no tenía madera para eso, creía que sí pero no, le faltaba algo que no sabía qué era pero que le faltaba. Y el techo del Palacio como bajando hasta él, de repente, presionándolo de súbito, como desgranándose todo sobre su cabeza y el aire de afuera que empezó a cubrirlo, que empezó a proporcionarle algo de oxígeno que sus pulmones necesitaban, algo de locura, de latidos en sus sienes que le ardían, de felicidad por la muerte, si llegaba. Y en ese preciso instante, cuando el resorte se había soltado y supo que su momento se aproximaba, cuando el muchacho le lanzó de nuevo el insulto empezó a golpearlo, ya no le tiraba sólo jabs sino upercuts y punches, el Martillo como que se asombró de esta milagrosa recuperación y al parecer el público también porque se apagaron las voces, los vítores, el desorden de alabanzas injustificadas, sonó de nuevo la campana con el Martillo casi en el suelo y el entrenador contrario fulminando al suyo con la mirada de gangster, de asesino, él recibiendo el castigo de su propio entrenador que le preguntaba a gritos que si se había vuelto loco, si no se daba cuenta de que había que perder, que el dinero –que era, para lo que le habían pagado antes, más que mucho- estaba ya en el bolsillo. El hijo reía divertido entre las cuerdas, le repetía mátalo, Beltrán, mátalo, hasta que su padre le pegó con los nudillos en la cabeza. El tercer round no varió mucho, de repente un público antes indiferente hacia él se levantaba y coreaba su nombre, el uno dos del costado a la cabeza y de la cabeza a la zona hepática, el muchacho sin aliento sin saber qué hacer, sin experiencia, sin recursos para defenderse; hubo un momento incluso en el que perdió el protector bucal y Beltrán le mandó una derecha que le saltó un diente –Alberto recuerda la sangre que escupió y que le cayó en el pecho, como un escupitajo a un traidor-, y el referí tuvo que parar la pelea para colocarle el protector, ahora Alberto le decía Repíteme Quién es el Viejo, Cabrón, Quién es el Pendejo, Cabrón, y creyó verle casi llorar delante de su cuerpo que lo cubría y no le daba tregua, creyó verle destruido por la elección difícil entre su orgullo y el dolor que lo minaba, creyó verle respirar con un hondo alivio cuando lo salvó la campana mientras Alberto pensaba esto es la victoria, esto, lamentablemente una victoria acarrea siempre una derrota y veía al entrenador contrario que sentó al Martillo en el banquillo y aparentemente le confesó todo hablándole muy alto, regañándole por ser tan cobarde, diciéndole a las claras mira con lo que nos vino a salir este Judas maldito.
En el cuarto round se dejó noquear, como le habían ordenado. Esperó un golpe telegrafiado a la barbilla, cinco segundos después de sonar la campana, y trató de fingir lo mejor posible su aparatosa caída a la lona. Lo hizo –me confió, casi como un benefactor- porque cuando se atrevió a levantar las manos en señal de victoria y el público le dio la espalda al muchacho, se vio a sí mismo en él, lo que una vez fue él, sabiendo en lo que se convertiría luego, confirmándolo después porque, tras esa pelea, su patrocinador prácticamente lo abandonó. Y sintió lástima por él, y sintió lástima por sí mismo. Lo llevó a descubrir que no tenía madera para escalar peldaños más altos.
Con el dinero de esa pelea y de las anteriores, que había ido ahorrando poco a poco comiendo servicios de a dos pesos y poniéndose ropa usada, se asoció con Amigué, y compraron la barra en la que hablábamos. Las prostitutas estaban en el segundo piso, en ropa interior atendiendo a los parroquianos. Yo, que tengo una curiosidad natural de escritor, casi detectivesca, intuí otra historia quizás más interesante entre líneas, y le pregunté cómo podría encontrar al Martillo, para comparar puntos de vista y atar ciertos cabos. Miguel se rio junto a Beltrán, como si yo hubiese preguntado algo muy ridículo, o muy obvio. “¿No lo reconoces por la historia, mano?”, preguntó Miguel, apuntando con la boca hacia un lugar claro y limpio, detrás del mostrador. El dependiente reía como siempre, delante del abanico de enormes aspas, con su misterioso y brillante diente de oro.

jueves, 31 de mayo de 2007

Máximo Vega: Cuento


MAXIMO VEGA


Nació en el año 1966. Ensayos y cuentos de su autoría han sido antologados en los siguientes libros: “Este Lado del País Llamado El Norte”, “Ultima Flor del Naufragio: Antología de Novísimos Cuentistas Dominicanos”, “Para Matar la Soledad: Antología del Taller de Narradores de Santiago”, “Los Nuevos Caníbales: Antología de la más Reciente Cuentística del Caribe Hispano”, “Jhonny Pacheco en Voces Ajenas”, y en la edición bilingüe “Respiro del Ritmo: La Música de Santo Domingo”, en italiano y español. En el año 2002 ganó el Concurso de Ensayo con motivo del Bicentenario del Nacimiento de Víctor Hugo, con el trabajo “Víctor Hugo en la Historia”, traducido al francés. Ha ganado algunos concursos de cuento nacionales. Es coordinador del Taller de Narradores de Santiago. Tiene tres libros publicados: “Juguete de Madera”, “Ana y los Demás” y “La Ciudad Perdida”. La tercera edición de Juguete de Madera viene acompañada del cuento “El Viaje”. El cuento “Hansel y Gretel”, que pertenece al libro “La Ciudad Perdida”, fue colocado en un libro de texto de educación media, en México.


Hansel y Gretel

Se despertaba diariamente a las seis en punto porque tenía que estar a las ocho en el trabajo, podía llegar tarde pero la jefa de la capital estaba muy autoritaria últimamente luego de que surgieran los rumores acerca de su destitución, así que no quería contrariarla ni darle ningún motivo. Se levantaba de la cama, corría a bañarse en la tina en la que se zambullía y bogaba en esas sales que prometían la energía necesaria para soportar con valor otro día rutinario exactamente igual al anterior con los mismos problemas y las mismas firmas sin sentido. Al salir de la tina, frotarse el cuerpo con la toalla concienzudamente para quitarse de encima por completo las sales que si se dejan le pican sobre todo en las axilas y en las ingles, tomar la colgate y el cepillo –hay que cambiarlo, advirtió, las cerdas empiezan a doblarse- y cepillar fuertemente cada diente y cada muela en círculos, por detrás para combatir el sarro y porque, debido a un problema infantil de exceso de hierro, el calcio todavía se le seguía poniendo negro. Escogió en el armario el traje sastre gris, el verde no porque se lo puso ayer, el azul no porque se lo puso antier y al sentarse en el carro público un fierro suelto de la carcacha le hizo un huequito a la falda como de bala, tendría que mandarse hacer otra falda y son tan caras. La camisa amarilla de algodón con los cuadritos, parece de hombre pero proporciona cierta formalidad para el trabajo; las medias pantis blancas y los zapatos sin tacones; el carterón gris. Es mejor peinarse con una cola, esa apariencia sobria proporciona también cierta formalidad para el trabajo. Luego el café escuchando las noticias, radio popular con tanta gente quejándose de la electricidad y del agua y de los baches de la calle y de la basura en las aceras y de la delincuencia y de los dentistas (¿qué clase de demente llama a un programa de radio para quejarse de lo que se sufre en un dentista?), es mejor cambiar de emisora y avanzar hacia cosas definitivamente más agradables al empezar el día como la última canción de Luis Miguel que no escucha completa porque luego del yogurt y de las tostadas con mantequilla tiene que partir rauda a tomar el concho, eso de los carros públicos se acabará pronto porque está ahorrando para comprarse su propio auto, tiene un toyota visto que está chulísimo, hermoso con sus líneas redondeadas como de ejecutivo, lástima que esté un poco caro y quizás tenga que conformarse con el honda del 95.
En el carro le pidió por favor please al chofer que le bajara el volumen porque le dolía un poco la cabeza, recordó de repente que tenía que llamar a mamá para felicitarla por las cuatro quinielas que se sacó en la lotería, esos vicios de su pasado de sirvienta, fulminó con los ojos avellana al chofer a través del retrovisor cuando producto de un bache enorme casi se come el asiento de adelante. No ha pasado nada, mi amorsote, estos choferes tan propasados, tan simplones, seguía pensando en el quejoso de los dentistas cuando llegó a pasaportes y todo el mundo la saludó con mucho respeto, se instaló cómoda y salvada en su oficina con aire acondicionado y escritorio para ella sola. A través del cristal veía todo el local y todo el personal, por supuesto: esos perezosos y perdedores que no podía cancelar porque eran miembros del partido, la muchacha de los audífonos con el chicle en la boca, el viejo barrial que atendía los visitantes y que apenas sabía leer y escribir, el guardián propasado que la piropeaba cada vez que la veía entrar o salir, en un ataque tan frontal que por primera vez desde que era encargada de la oficina se le presentó la disyuntiva entre intentar cancelarlo o hacerse la fuerte, la jefa como un hombre, y pararlo en seco con un tenga cuidado que lo puedo mandar a vender periódicos en la esquina para mantener a los cuatro hijos, y una bofetada seca que le recordaría que era una mujer y por eso la piropeaba, pero que no siguiera haciéndose el fresco con quien le daba la comida y podía quitársela.
Salvada ya, instalada por completo con las piernas medio abiertas protegidas por el escritorio cubierto por delante con el cartón piedra y la cortina corrediza que cerraba con un botón y que ocultaba todo el cristal, recordó de nuevo la canción del buenmozón de Luis Miguel y se precipitó, en el estricto sentido de la palabra, hasta el radio con la pirámide de cidís a su lado, en donde colocó 20 Años de aquel rubio bello en ese tiempo peludo y musculoso que le arrugaba sin querer todas las medias pantis. Encima del escritorio descansaba el trabajo del día: algunos papeles por firmar, memos que llegaban de la capital y que debía o cumplir ella o hacer cumplir al personal, su trabajo se basaba más bien en vigilar a los empleados, en controlar la corrupción y tratar de que no se marcharan más temprano y los pasaportes fluyeran con cierta adecuada rapidez, no demasiada desde luego, porque todo lo demás se hacía solo. Lo más difícil consistía en mantener el puesto, en soportar, en aras de continuar en esa oficina y metida en ese aire acondicionado y seguir ahorrando para tal vez el toyota, a la vieja fea esa, su jefa capitalina que se aparecía sin avisar y que todo lo encontraba mal hecho o mal colocado y siempre estaba hablando de lo amiga que era del presidente de la república. Lo malo era que había que soportarla, precisamente, que había que alabarle los colores escoceses que escogía para la ropa, el mal teñido de un dorado casi rojo, el excesivo maquillaje y el marido metiche y medio idiota que le servía de chofer, chiquito y fresco, que le hacía indecorosas proposiciones a espaldas de la vieja, prometiéndole que, si se lo daba, convencería a su señora esposa para que la nombrara asesora en la capital, con el doble del sueldo y la mitad del trabajo.
Pero a ella no le gustaba la capital, demasiado ruido y calor. A las doce y media llegó su mejor amiga Rosita que la iba a buscar en su carro para salir a comer, no almorzaba en la cafetería del huacalito porque eso de que los jefes coman en las mismas oficinas gubernamentales al lado de los empleados como que no era para ella que ya había aprendido a no codearse con todo el mundo. En el mazda de Rosita su mejor amiga encendió el radio y le preguntó si no había escuchado por una feliz casualidad el último de Luis Miguel, se notaba de inmediato la telepatía, la conexión profunda y chulísima entre las dos amigas que ese día comieron arroz con habichuelas, yogurt y carne de pollo.
-¡Hacía tanto tiempo que no comía habichuelas! –exclamó Rosita, como nostálgica.
-A mí me gustan mucho –respondió ella –Alimentan mucho, tienen muchas vitaminas. Si uno quisiera no tendría que comerse el arroz, manita, con las habichuelas basta y sobra.
-¿Ya leíste Caldo de Pollo Para el Alma? –varió el tema la Rosita intelectual- Tremendo libro, manita. Si no lo has leído te lo voy a prestar.
-¿Caldo de Pollo para qué? Estábamos hablando de comida. Tal vez de ahí te acordaste del nombre –conexión profunda de nuevo.
-Bueno, a mí me gustó mucho la carne que hiciste el otro día en tu casa, tienes que invitarme otra vez, ¿eh? Nunca había comido una carne con ese sabor.
Envidiaba un poco a Rosita porque ya había llegado a esa etapa de su existencia en la que se le veía el bienestar, en que ya no tenía que estar sacando el celular o las tarjetas de crédito para aparentar, sino que desde que se le veía en el mazda o aun a pie las pocas veces que se bajaba del auto se notaba que estaba el día entero metida en el aire acondicionado -se veía más blanca, con la piel más tersa y alejada del sol, parecía hasta más rubia- y que no comía todos los días esas comidas pesadas y grasosas.
Al volver a la oficina recibió de nuevo los saludos de todos que ya le fastidiaban un poco, el guardián arriesgó el piropo e incluso hizo ademán de tocarle aunque fuera la tela de la falda, pero ella lo detuvo con una mirada que significaba que haría todos los esfuerzos del mundo para lograr que la semana siguiente estuviese cuidándole el perrito a la hija de algún funcionario de segunda. Reprendió a doña Lola, la pobre que llenaba los formularios en la remington de los 70, porque se durmió sin querer en la silla luego de almorzar, y así la encontró ella, despatarrada y boba detrás del vaso con el jugo de limón. Le molestaba un poco la oficina luego de la comida de lunes a viernes con Rosita, le fastidiaban la haraganería que le provocaba el estómago lleno, la somnolencia del aire acondicionado y la lentitud de la oficina hasta que no llegaban las dos y algo y la gente empezaba a acudir. Era extraña toda la fila que veía, después de las dos, a través de la cortina y el cristal: dominican yorks, gente que quería emigrar pero no sabía cómo y empezaba mientras tanto sacando el pasaporte, emigrantes a Europa que llegaban rarísimos vestidos con muchos colores, poca gente normal, en fin. Se sentía entonces muy feliz de estar metida en la oficina soportando algunas veces por teléfono y una vez al mes personalmente a su jefa la fea, o amonestando sobriamente a la empleomanía, y no estar allí afuera atendiendo a la gente que no sabía ni hacer bien la fila y a quienes el guardián tenía que formarlos con algunas palabras fuertes de vez en cuando. Para eso sí que era eficiente, aunque se le iba la mano a cada rato y maltrataba, la semana pasada tuvo que llamarle la atención porque esos son votantes y si resienten el mal trato quién sabe por quién echarán la boleta en las próximas elecciones.
Pintándose las uñas con un cutex rojo que llevaba siempre en la cartera, le dieron las tres treinta y ese día lo agradeció más que nunca, sobre todo porque la tarde avanzaba calurosa y lenta y parecía no acabarse jamás el horario de trabajo. Como siempre hacía para no darle motivos a los chivatos que aparecen en todas las oficinas públicas, se quedaba la última y cerraba acompañada del guardián, aunque esa tarde dejó que los demás se marcharan –se despidió, cosa rara, de la audífonos con chicle, que se iba corriendo para la universidad y le devolvió el saludo sin ocultar un infinito desprecio- y dejó que el guardián cerrara solo porque ese día quién sabe lo que había comido porque estaba como más propasado que nunca. Pensó esto hay que aguantarlo hasta la semana que viene, y el carro público la ocupó de nuevo en Luis Miguel, en el dedo gordo que se había dejado sin pintar, y en tener cuidado para que no se le fueran al carajo las medias que no podía estar comprando todos los días si quería conseguirse el mes que viene el toyota.
De nuevo su casa. Ah, su casa. El silencio de la urbanización, las calles asfaltadas y limpias, lástima que no haya energía eléctrica porque si no ya estuviese encendida la televisión gracias al control perdido encima del sillón con esa comedia nueva del cable antes de la telenovela de las cinco, en donde aparece una actriz que se viste más bien… como le gustaría vestirse algún día a ella misma, tal vez cuando logre obtener el puesto de la vieja esa. Porque ese era un día especial, aunque tampoco haya radio y ni siquiera agua fría: esa noche iría su novio a cenar, así que le prepararía uno de esos soberbios platos con carne que tanto le habían gustado a Rosita y a dos o tres amigos y amigas más. Era la primera vez que le cocinaba, lo había conocido hacía tres semanas en un restaurante para gente in al que fue con Rosita –inseparables, ¿no?- que se conocía todos esos sitios finos y sentado en la mesa de enfrente: “el diablo, qué hombre”, y no estaba viendo a Rosita como ella siempre pensaba que hacía el sexo masculino cuando salía con su mejor amiga, que siempre veía a la de al lado, sino que se fijaba en ella y sucedió que era norteamericano y que apenas sabía hablar español pero que le gustaban las jóvenes nacionales y serias y ejecutivas de lo que sea.
Corrió a la habitación para quitarse la ropa y el maquillaje y ponerse más cómoda, la camisa crujió cuando todo el niágara que la mantenía estirada sucumbió al sudor fuera del aire acondicionado que en la oficina estaba pero que en su casa no. “Le haré carne molida”, pensó ella, inspirada en el ingrediente del futuro plato, “pero de la especial. Ojalá que todavía quede algo…” Contrariada por la posibilidad un poco remota de que la carne se hubiese terminado, se colocó una bata de casa que parecía más bien un kimono que había conseguido en una barata de boutique, y lanzando los zapatos de tacos bajos al fondo del armario trotó casi hasta una habitación vacía de las tres de su apartamento, que no usaba porque, como toda mujer soltera y profesional que se respete, vivía sola. Sacó una llave del fondo de la palma de su mano, abrió la puerta cerrada extrañamente con esa llave, unas cajas vacías y otras repletas de papel periódico llenaban los rincones. Había un olor fétido allí, extraordinariamente repugnante, pero al parecer ella estaba acostumbrada puesto que continuó sin detenerse, sin notarlo incluso. Las ventanas se encontraban cerradas, se detuvo delante de dos objetos cuadrados, como cajas, encima de una mesa con forma de escritorio. La oscuridad era tan intensa por el hermetismo del cuarto, que se había detenido realmente para que sus pupilas se agrandaran y se fuesen acostumbrando a la oscuridad, para lograr ver mejor en lo que se iba volviendo penumbras. Bajó un poco la cabeza hacia los dos objetos (de los cuales salía el hedor casi insoportable) y se decepcionó: no, ya no quedaba nada, lamentablemente. Los huesos estaban limpios en las jaulas; tendría que sacar los cuerpecitos y, quizás mañana, si no tiene mucho trabajo y Rosita no la llama para salir, pueda conseguirse dos niños más.