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jueves, 22 de julio de 2010

Escritora invitada: Kianny Nioveling Antigua


El pez de ramón


Lo vi por primera vez en una visita que le hice a su mamá. Tomada del brazo, Ramón me llevó a su cuarto y, con gran entusiasmo, me paró frente a su gran pecera.
—¡Es un Arapaima y crece hasta más de cinco metros! —me dijo. Yo no le vi nada de especial. No era como los demás peces de colores que tenía por toda la habitación. Me pareció un pez sin gracia alguna: gris, largo y bocón. Pero, contagiada con su algarabía, saqué mi celular y calculé cuantos son cinco metros en pies. ¡Dieciséis pies! Son como tres personas como yo, le dije en voz alarmada. El rió y continuó su presentación:
—Es el pez de agua dulce más grande que existe, vive en el Amazona y puede respirar como los humanos. ¡Es un pez prehistórico! —me explicó.
Yo, con los ojos de luna e impresionada hasta los tuétanos, le hice todas las preguntas que en el momento me llegaron a la mente: ¿Cómo lo conseguiste? ¿Cuánto te costó? ¿Es legal? ¿Qué come? ¿Cuántos se come? ¿Cuántas veces al día? ¿Qué edad tiene? ¿Qué va a pasar cuando crezca?...
—Lo compré por ciento cincuenta dólares ―me respondió, ufano―. Creo que no es contra la ley tenerlo de mascota. Se come como veinticinco peces de colores al día, que equivalen a unos cinco dólares. Debe tener cerca dos meses. Voy a comprar una pecera más grande o tal vez decida venderlo. Con dos años y dependiendo el tamaño puede llegar a valer hasta dos mil dólares.
En ese momento su mamá entró a la habitación y lo interrumpió para añadir que cinco dólares diarios por dos años era más de lo que él pensaba ganarle a eso; sin tomar en cuenta que conforme el pez fuera creciendo, comería más.
Ramón no volteó a mirarla. Ella me llamó y me dio el recado que debía llevarle a mi abuela. Iba de salida cuando Ramón, casi gritando, me dijo que su Arapaima podía llegar a pesar hasta trescientos kilos.
Sonreí y le dije adiós. Luego, mientras bajaba las escaleras, me detuve a calcular cuánto son trescientos kilos en libras. “¡Pero eso se come una persona y se queda con hambre!”, me alarmé.
Unos meses después, en el autobús, me encontré con Ramón. Me lo topé de frente y no lo conocí. Si no es porque él me saluda y me recuerda su nombre, hubiese seguido pensando que era un tecato cualquiera. Tenía abundante barba y se veía muy consumido y descuidado. Sin embargo, se notaba tranquilo. Me dijo que ya le había comprado una pecera de mayor tamaño a su Arapaima. Traté de imaginarme qué tan grande podía ser. La pecera anterior ya era bastante grande. Le pregunté si aún tenía sus otros peces pero ya no le dio tiempo a responderme y, si lo hizo, no lo escuché.
Ya en casa, le hice el comentario a mi abuela de lo desaliñado y estrafalario que había encontrado a Ramón, y ella me dijo que era, quizás, porque su mamá estaba muy enferma. La señora llevaba semanas sin poder caminar por una afección en la espalda; Ramón tiene hasta que bañarla, comentó.
Me sentí tan mal que decidí visitarlos y darles la mano en lo que pudiera. Sólo podía imaginarme lo difícil que debía de ser para él llevar el control de su casa. A pesar de que somos de la misma edad, Ramón no es muy astuto. Su mamá parece su abuela y siempre lo anda mangoneando. Nunca ha trabajado y nunca le he conocido una novia, ni he escuchado rumores de un novio. No sé, es raro el pobrecito de Ramón. De todos modos era mi, que sé yo, amigo y no podía dejarlo solo en estas circunstancias.
Hice planes para ir a su casa en mi próximo día libre. Y así lo hice. Encontré la casa hecha una pocilga acuática. ¡Qué asco! En la sala y el comedor ya no cabían las peceras. Sobre la mesa de comer había siete, cada una con un día de la semana escrito en el cristal, llenas hasta la madre de peces de un color distinto al anterior. Ramón leyó en mis ojos mi asombro y me dijo que le gustaba variarle el postre a su Arapaima. Entré al cuarto de su mamá y traté de organizárselo lo mejor posible. La señora lucía tan demacrada como su hijo. Le prometí que volvería y salí rápidamente de allí.
Al ver que me dirigía a la puerta, Ramón me agarró por los hombros y me guió hasta su cuarto.
—No puedes irte sin verlo —dijo sonriendo.
¡Di-os! La pecera era gigantesca. Casi salgo corriendo del espanto. El pez estaba más grande que yo. ¡Qué horror! Me dio la impresión de que me tragaría. Quise huir. Ramón me detuvo y me prometió que no me haría daño. Entonces ganó mi curiosidad. Asomé la cabeza para echarle un vistazo al resto de la habitación; había cambiado su cama King por un colchón inflable y todas sus cosas: ropa, televisor, antigua pecera grande..., estaban arrinconadas a un lado del cuarto. Luego de unos segundos, la sensación de que esa cosa me estaba mirando fue mayor que mi intriga. Salí de allí sin intenciones de regresar.
—¿Supiste? —comentó mi abuela unos meses después―. Se murió doña Marina.
—¿Qué doña Marina?
—Mary, la mamá de tu amigo Ramón. Falleció la semana pasada y le están haciendo los nueve días.
Al oír la noticia creo que me alegré por la señora y le pedí a Dios que le diera descanso a su alma. Esa noche y por tres noches más mi abuela, yo y otras tres gatas del barrio nos reunimos, como pudimos, en casa de Ramón. Las peceras seguían en su lugar, dispuestas por todos lados, y, aunque lo recomendamos, él no quiso que nadie lo ayudara a recoger y mucho menos que guardáramos nada en el cuarto de la difunta.
—Lo estoy renovando —se limitó a decir.
Bajo su silencio se vislumbraba una profunda tristeza. Me senté a su lado todo el tiempo, pero sólo la última noche me dirigió la palabra.
—Si lo vieras ahora —me susurró―, no lo creerías. ―Lo miré confusa y continuó―: Está más grande de lo que pensábamos. Estoy derrumbando la pared que divide el cuarto de mamá del mío para que tenga más espacio.
—Estás loco —le dije—. Vende ese animal y sal de este basurero.
Entonces Ramón me miró fijamente y su tristeza fue todavía más profunda.
—Pensé que tú me entendías.
—¿Entender qué, Ramón? Tu mamá se acaba de morir, tú no tienes trabajo, ¿cómo vas a conseguir dinero? ¿Cómo vas a vivir? ¿Cómo vas a mantener ese monstruo que tienes en la habitación?
—¡Sal de mi casa! ¡Váyanse todos de mi casa!
Ramón comenzó a gritar y a golpear a todo el que se le acercaba. Ya fuera de su vista, algunas dijeron que la reacción del pobre Ramón era normal; otras, que se había vuelto loco de la tristeza y la soledad, pero todas me culparon por indiscreta y mala amiga.
Deseé que su Arapaima me tragara. Me lo merecía. Me sentí tan mal. Todos tenían razón. ¿Quién soy yo para juzgar a Ramón? ¿Quién soy yo para decirle cómo vivir? Ni siquiera soy su amiga. Ni siquiera supe entenderlo ni consolarlo.
Mi abuela se dio cuenta de lo triste que me había puesto y me aconsejó que le diera algunos días a Ramón para que se calmara y que luego fuera a pedirle perdón. Le dije que eso haría, pero la conciencia no me dejaba ni ser, ni estar.
Al siguiente día fui a su casa pero parece que él no estaba. Lo llamé; lo esperé por algunos minutos y nada. El próximo día, igual. Pegaba el oído a la puerta y en ocasiones juraría haber oído ruido adentro; luego pensaba que era su Arapaima nadando en su cuarto o devorando algún pez. La imagen me aturdía y me iba de allí. En eso pasé dos semanas hasta que ya no pude más y comencé a tocar todas las puertas de los apartamentos del edificio buscando respuesta. Preguntaba si alguien lo había visto o sentido. Su teléfono ya no sonaba. La única información que recibí fue de la vecina del apartamento dos pisos debajo del suyo (el de abajo estaba vacío). Ella se quejaba de las goteras que desde hacía unos días no cesaban de caer, al principio en su habitación y luego en el resto del apartamento. Según ella, le había dado la queja al conserje del edificio pero éste se hacía de la vista gorda. Me alarmé aún más y, de su casa, llamamos a la policía.
Cuando llegaron, le dije al agente que yo era novia de Ramón, que nos habíamos peleado y que no sabía nada de él desde hacía dos semanas. El conserje, finalmente, tomó cartas en el asunto y, gracias a él, entramos al apartamento.
Al instante, la nausea nos asaltó. El conserje no aguantó el olor a cadáver. Antes de que los policías pudieran impedírmelo, corrí a la habitación de Ramón pero no la pude abrir. Se hallaba clausurada con tablas y clavos. Entonces traté con la puerta de la habitación de su madre y todo fue igual. Peor, además de las tablas, Ramón la aseguró con una mesita y un par de sillas escalonadas. Mientras, los uniformados observaban, con aberración, las peceras llenas de agua sucia y peces muertos; en la cocina, esqueletos de espinas bullentes de moscas. Más peceras, más sangre, más repugnancia, más hedor y putrefacción.
De repente, la nausea, la preocupación y la culpa se apoderaron de mi vientre y vomité todo lo que llevaba dentro. Me tiré al piso de rodillas y sentí la alfombra mojada, mugrienta. Entonces me levanté y me dirigí hasta el armario para buscar con qué limpiarme. Cuando lo abrí, mi primer instinto fue gritar, pero no pude. Me quedé muda de los pies al firmamento. Sólo pude ver. Sólo pude verlo. ¡Verlos¡ Ellos también me miraban. Ramón, sin reproche, sin amor, sin entusiasmo; su pez, sin agresión, sin miedo, sin duda. Ramón se encontraba metido en una pecera. Aunque cabía perfectamente en aquel cubo de vidrio, tenía las piernas dobladas, rodeadas por sus brazos. Su pecera estaba sucia, sin agua (como la había visto aquel día en su cuarto) y de alguna forma la había añadido a la otra pecera, a la gigantesca, a la pecera de su Arapaima, la que ahora ocupaba ambas habitaciones, la que ahora era ambos cuartos. Ramón estaba allí mirándome, de espaldas a su pez. El pez de Ramón también me miraba.



Kianny Nioveling Antigua. Catedrática y escritora. Nació en San Francisco de Macorís, República Dominicana, en 1979. Obtiene un técnico en administración de empresas de la universidad Fiorello LaGuardia Community College. Consecuentemente, se gradúa Summa Cum Laude con una licenciatura y una maestría en literatura hispánica de la universidad The City College of New York en 2005 y 2008 respectivamente. En la actualidad, trabaja allí como profesora adjunta. Además, trabaja en el Dominican Studies Institute, como beneficiaria de una prestigiosa beca doctoral otorgada por dicha institución. En el 2001 ganó Mención de Honor, por su cuento “De tal astilla, tal palo”, el cual está incluido en la antología Vendimia Primera. En el 2005 publica su primer libro de cuentos, “El expreso”; de allí se selecciona su cuento “Y2K” para ser parte del libro de texto Conexiones 3ª ed. y, en la antología 27 cuentistas hispanoamericanos, aparece con su cuento “El expreso”. Así mismo, “La última hoja verde” / “L’ Ultima Foglia Verde” es seleccionado para formar parte de la primera antología de cuentistas dominicanas traducida al italiano: Onde, Farfalla e Aroma di Caffe. La revista El Cid ha seleccionado, por tres años consecutivos, diversos trabajos literarios para sus ediciones anuales. Este año, Kianny publica su segundo libro de cuentos: 9 Iris y otros malditos cuentos, y aparece como poeta, ensayista y correctora de estilo en la antología titulada Mujeres de Palabra: Poética y Antología.

domingo, 13 de junio de 2010

Escritor invitado: Fari Rosario



Cuento dos
ORÁCULO

Mi madre me dijo que mi supuesto padre es un militar de los que lucharon en la guerra civil. Dijo también que de vivir aún mi padre es posible que resida en la frontera. Sí, es cierto lo que dicen todos: he recorrido todos los pueblos buscando a mi padre, pero hoy haré el último viaje.


Cuento nueve
MALA SEMILLA


CUENTA una leyenda semita que había un rey beligerante y muy encaprichado con el arte de la guerra. Se dice que no dormía y que su imponente ejército no acababa bien una guerra, cuando ya había recibido el comunicado para hacer la guerra en otro bando. El rey no daba tregua. Una mañana la esposa del rey le comunicó que estaba en cinta; él reaccionó convocando a todo el ejército, y lo saludó diciendo: “Durante 9 meses no habrá guerra; mi mujer está embarazada, y mi futuro hijo no debe respirar el aire de los muertos ni escuchar el fútil grito de los caídos en los campos de batalla”.
Así se hizo. Lo sorprende del caso es que al nacer el venerable imberbe, el rey murió al tercer día. (Aún no se sabe la causa). Mucho tiempo después, el hijo del rey asumió el trono de su padre. Pronto se ganó el nombre de “el hombre de hierro”. Y he aquí que el venerable no solo extendió el reino, conquistando nuevos territorios, sino que declaró la guerra a todos; incluso a los pocos reinos que gozaban de la simpatía y la benevolencia de su padre.


Cuento diecisiete
CORRECAMINO


Una posibilidad. Una entre un millón de posibilidades en el tiempo y el espacio con olor a nardos y a eucaliptos. Y esa posibilidad se adhirió a mi camisa húmeda de sudor. LA ALEGRÍA virgen del universo nos hizo coincidir aquella tarde de carnaval. Yo estaba disfrazado de diablo cojuelo; al verme saliste corriendo, tal parece que te aterrorizaban los diablos, por lo que me quité la careta y salí a tu encuentro…
Ella y yo. Ella y yo recorrimos la calle, dejamos borrosas huellas sobre el asfalto. Y allí estabas tú. La posibilidad me sonrió en tu rostro de niña.
Y así, en silencio, y sin el intervalo irreverente de los relojes, comenzó el rito y la felicidad que duró tan solo veinticuatro horas. Caminamos calle arriba, calle abajo embriagados, rozándonos las manos… y de nuevo calle arriba buscando un rincón, y desde entonces recorro todas las calles del pueblo con mi careta en la mano.


Cuento dieciocho
SOLIMÁN

Mi perro Solimán murió solo bajo el samán: era Viernes Santo, también día de carnaval.


Cuento diecinueve
“TRANSTERRADO” O LA PARÁBOLA DEL MÁS ALLÁ


Cuando vio el noticiero supo que era un exiliado.



EL JABALÍ

El jabalí avanza sin mirar atrás; viene de la montaña, y ahora recorre el camino a toda prisa. Trata de esconderse de una sombra que lo persigue. Avanza buscando el río de un modo furtivo, pues ha llegado ha pensar que en cuanto llegue al mismo, la sombra desaparecerá o perderá sus huellas. Pero ya próximo al agua, el jabalí percibe otra sombra, esbelta, vertical, zigzagueándose con un rifle o escopeta. Entonces el jabalí cae en cuenta que no sólo es una sombra; ahora son dos sombras las que lo persiguen.


Cuento cuarenta y siete
LA MUJER DE LOT

ELLA entró sigilosamente a la taberna y pidió un trago, como la mujer de Lot. Tomó otro trago, y después fue al espejo, como la mujer de Lot.
Despertó. DESPUÉS se vistió, atravesó la puerta y se fue pensando en Lot, y en el patético hecho de ser la mujer de Lot.


Cuento cincuenta y dos
LAS PLAGAS DEL PARAÍSO


En la calle X hay una estatua de San José. San José está allí desde el inicio de la fábrica de cerámica, en la calle X como dije. La estatua es tan bien proporcionada y bella, que San José, en persona, algunas noches baja y reposa en ella. Reposa y duerme serenamente, puesto que en el Paraíso aún se escuchan los lamentos de las personas que jamás dejaron de quejarse en la tierra. Una de esas noches, San José, que reposa en la imagen de sí mismo, se quedó dormido y tuvo un sueño perturbador: soñó que afanosamente construía una casa grande, inmensamente grande. De súbito, vio a un hombre estrafalario arrastrando una cruz, pero al ver rostro se dio cuenta de que era el hijo que él había criado. En medio de la angustia y la incertidumbre se preguntaba: ¿cuál sería el carpintero que se ha dejado engañar por el diablo, construyendo una cruz para mi hijo?
“No puede ser, lo defenderé… aunque sea mi hijo ilegítimo”.


Cuento cincuenta y tres
EL PREMIO FINAL


Soy un escritor prolífico, establecido y consagrado al oficio. Soy un escritor serio y de gran fuste, aunque los críticos de pacotillas digan lo contrario. Una muestra de mi exitosa carrera de escritor son los numerosos premios que he recibido. Hace un tiempo, como ustedes sabrán, recibí el “Premio Asterión” por mi novela Viaje a la ciudad prohibida. Ayer, para sorpresa de muchos, se me concedió el “Premio Plutón”. Solo que este galardón, se identifica totalmente con el estado de cosas del Premio, es decir, recibiré mi premio dentro de un millón, trescientos ochenta y cuatro mil años luz… Mientras tanto sigo escribiendo.


Fari Rosario. Nació en Moca, Provincia Espaillat, República Dominicana, en 1981. Tiene una Licenciatura en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, PUCMM. Ha trabajado como profesor de Literatura Dominicana e Hispanoamericana en diversos colegios. Actualmente es profesor de Introducción a la Estética en Recinto Santo Tomás de la Universidad Católica Madre y Maestra. Trabajó como autor de libros (Lengua y Literatura) para la Editora Santillana. Ha publicado, además: Cuentos profanos (2007); El coleccionista (2008); El discurso de la interioridad y la condición humana en Una rosa en el quinto infierno (breve ensayo, 2009).
Próximamente se publicará El columpio de los sonámbulos, una antología de microcuentos dominicanos. Mientras estuvo en el Recinto Santo Tomás de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, fundó el círculo filosófico “Conócete a ti mismo”; tiempo después funda el círculo literario “Manuel del Cabral”. Fue director y coordinador del Taller literario “Octavio Guzmán Carretero” (Moca). Más tarde, de regreso a Santo Domingo, funda el círculo literario “Manuel Rueda”, correspondiente al Ateneo Insular en Santo Domingo. Es miembro del Interiorismo (movimiento literario) desde el 2004.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Escritor invitado: Noé Zayas


Noé Zayas (San Francisco de Macorís, República Dominicana, 1969). Teatrista, poeta, narrador, dramaturgo y psicólogo. Egresado de actuación de la Escuela Nacional de Arte Dramático y Psicólogo Clínico de la Universidad Católica Tecnológica del Cibao. Pos-grado en Gestión Cultural en la UASD. y Pre-doctorado en la Universidad del País Vasco UPV. Miembro fundador del taller literario Yocahu, y del teatro Kábala. Director del teatro CURNE-UASD. Director y fundador de la editorial Ángeles de Fierro. Ha sido premiado en diversos certámenes nacionales, entre ellos el Premio Nacional de Cuentos José Ramón López, correspondiente al año 2006, con su libro Trapecio, y además ha publicado los libros La trama ciega, Cieno y Malva.



¿Dónde está el lindero?



Nadie sospecharía lo fácil que perdí este brazo. Había insistido en que ese lindero que dividía mi patio con el de Tulio estaba donde tenía que estar. Pero cuando a Bertha le coge con algo, es obsesiva. Luego de meses de discusiones en las que nunca se llegó a un acuerdo, y que continuaban a pesar de mi insistencia con Bertha de que dejáramos eso así, porque yo sabía, como lo sabía ella, que ese aguacate siempre estuvo de aquel lado. Ese día fue él, Tulio, quien nos llamó, y digo esto porque la que empezaba las discusiones con una necedad que rayaba en lo absurdo era Bertha. Y podría decir que lo que pasó se le puede agradecer a ella. Pues, Tulio, nos llamó, y dijo, con un machete en la mano, al cual no puse asunto porque él siempre carga uno: “Vengan ustedes mismos que son los afectados y muéstrenme el lindero”. Pensé decir la verdad; decir que ese lindero estaba bien, pero por temor a Bertha no lo hice. “Ahí”, señalé con el brazo extendido como dos pulgadas más allá del aguacate, y él que me echa el brazo abajo de un sólo tajo. Yo debí dejar que señalara ella.


(C. Portinari: Niño muerto)
Paisaje del hospital X



Ese bulto a orillas del camastro es mi hijo, nacido muerto. Aquella doctora que le grita al doctor lo sabe todo; ella me atendió toda la noche mientras lo esperábamos. Aquel descamisado que golpea el policía es mi marido, le golpea porque está prohibido gritar en el hospital. Él le explica que llora y hace rabieta porque no puede contener la sangre en su cuerpo y sólo se alivia dando gritos. Pero el policía le dice que no importa, que de todas formas allí no se puede llorar. Yo estoy callada, no porque así lo deseo, sino porque ocho horas de dolor y espera me han dejado sin fuerzas para nada. Qué más, siempre habrá una luz al fondo, y un pasillo de paredes lamosas por donde corren con uno, mientras un grupo de enfermeras le curcutea las venas. Él dice que no llegó a tiempo porque se estaba bebiendo unos tragos y que él no está para salir corriendo porque a alguien se le haya antojado parir a esa hora de la noche. Los diálogos se van poniendo agudos, como llanto de cerdo al sacrificio, ya no puedo sostener mis sentidos despiertos. Todo se me vuelve oscuridad.

sábado, 7 de julio de 2007

Ramón Álvarez Vargas: cuentos




Ramón Álvarez Vargas. Nació en Santiago de los Caballeros, República Dominicana y reside en Nueva York. Cursó estudios de ingeniería en la Universidad Católica Madre y Maestra. Estudió arte dramático en la escuela de Bellas Artes bajo la dirección de Yolanda Badía Montes de Oca. Fue director del grupo de poesía coreada “EL EJIDO” y miembro fundador del grupo LETRA JOVEN. En Nueva York, perteneció al Centro de Investigaciones Bibliográficas, CEDIBIL, que luego adoptó el nombre de Palabra Expresión Cultural, PEC, considerado por él su gran escuela literaria. Fue integrante de los grupos “Espacio de Escritores” y “Agua Fuerte”.


Tres cuentos cortos


ÁNGEL

A las víctimas de las Torres Gemelas


Ángel llegó a las edificaciones. Subió contento, con paquetes en las manos, donde llevaba la comida y el uniforme que acababan de entregarle.

Después de ponérselo, se sentó en un rincón a continuar su alegría mientras llegaba la hora de empezar. Ya tenía trabajo.

Recordó sinsabores, gritos de sus hijos reclamando alimentos, toques del casero a la puerta de su apartamento; todos los servicios estaban amenazados con ser cancelados, pero el día anterior consiguió trabajo por el que le ofrecieron un salario que él consideró muy bueno.

Brotaron lágrimas de felicidad, levantó la vista; se aproximó a la ventana y fue cuando cayó en la cuenta de que había subido muy alto en aquel monstruoso edificio, desde donde casi nada se veía hacia abajo. Sólo hormiguitas humanas podía distinguir que se movían en lo más profundo.

—Esto es alto —murmuró—. Estoy cerca del cielo. Mejor, así estoy más cerca de Dios.

Cuando la hora de empezar su labor se aproximaba, oyó una sórdida explosión, que sacudió todo el edificio. Ángel, temeroso, se acercó de nuevo a la ventana y las hormiguitas humanas se alejaban espantadas; oyó ecos de sirenas lejanas, y vio luces intermitentes y un humo espeso que crecía en la parte de abajo.

Dejó de reír, aunque creía que estaba cerca del cielo, comprendió que el infierno lo tenía a sus pies, muy cerca; ya sentía el calor que aumentaba alarmantemente.

Dedujo que tenía pocos minutos de vida, tal vez segundos y los distribuyó rápidamente; pensó en sus hijos con menos esperanzas de comer; pensó en el casero desalojando a su familia. Miró su uniforme nuevo que no llegaría a usar. Gritos desesperados en los ventanales. El cielo estaba más arriba, pero el infierno se le acercaba desde abajo. Hacía un calor insoportable; se estaba asfixiando; le ardían los ojos. Miró hacia arriba. Aunque Ángel no podía volar se lanzó al espacio, huyéndole al infierno y tratando de alcanzar el cielo. Se durmió en el aire. Jamás supo cuando cayó.


AQUELLA TARDE

A Sagrario Ercira Díaz Santiago.


Estaba alegre... decidida. Sus cuadernos envejecidos le besaban las manos sudorosas. Ella se elevaba medio a medio; medía los paralelos, los meridianos, los trópicos. Podía girar en todos los ángulos y observar la injusticia. Era una flor sembrada en el ecuador de la incomprensión.

Cuando los relojes marcaban un momento impreciso y la incertidumbre se apoderaba de todos los senderos; entonces llegaron ellos, a podar el jardín.

La flor estaba a la vista; la peor puntería podía acertarle al instante. Y en ese valle, rodeada de cordilleras de cuadernos, no podía escaparse.

Con los ojos cerrados, una chispa cruzó en la tiniebla de aquella tarde sorprendida; y por la frente, donde llevan los héroes la estrella y donde el genio guarda su inteligencia, la muerte entró en la flor sin tocar la puerta.

La clorofila roja cayó al suelo. Ojos desorbitados quebraron los párpados petrificados. Bocas mudas quedaron abiertas para siempre y manos sostuvieron mejillas incrédulas.

Cuerpos llorosos cargaron su naciente agonía, y un coro de llanto, sopló la muerte que le hurgaba la vida.

Un espantoso silencio se agigantó sin límites. El jardín de la esperanza quedó mortalmente herido. La bandera lanzó un grito desgarrador, seco, y se derrumbó mareada hasta la cintura del asta.

Aquella tarde, la flor conoció el verbo cercenar. Los podadores, jamás pudieron conjugar la barbarie.


EL TIEMPO


El hombre estaba sentado triste, abatido y sin fuerza. Nada se podía hacer. Su abogado había perdido toda esperanza de defenderlo de la acusación que le formularon.
Y sucedió que, mientras deambulaba por una calle sin nombre, se topó con un amigo de infancia, quien, al verlo, se sorprendió por el cambio que había padecido su organismo, a lo que éste con tristeza le contestó:

—El tiempo, los años.

Para su sorpresa El Tiempo, que en ese momento pasaba por allí, lo oyó; se enojó y entabló una demanda millonaria por difamación e injuria. El hombre, que no tenía ni en qué caerse muerto, sacó un espejito del bolsillo de su camisa, se miró y comprendió que no podía apelar la sentencia.

lunes, 14 de mayo de 2007

Ramón Gil: Cuentos
















Ramón Gil (Santiago, República Dominicana,1969). Cuentista y poeta. Miembro del Taller de Narradores de Santiago. Dos cuentos y tres poemas suyos pueden leerse en la página www.escritoresdesantiago.blogspot.com. Es ganador de tercera mención en el renglón poesía del concurso Eugenio Dechamps 2006, de la biblioteca Alianza Cibaeña de Santiago, por su poemario Poemas Obsoletos. Fue asimismo ganador de tercera mención en el renglón cuento del concurso Juan Bosch de la Fundación Global Democracia y Desarrollo, FUNGLODE 2007, por su cuento “Desidia”. En marzo de 2008, ganó el segundo lugar en el décimo quinto Concurso de Cuentos de Radio Santa María en La Vega con el cuento “Movimiento Elemental”. En julio de 2008, fue reconocido como “Joven Intelectual 2008” por el taller literario Virgilio Díaz Grullón de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD-CURSA). En 2009 fue finalista del Premio de Novela Infantil de la Editorial S. M. Ha publicado el libro “Cuentos Terrenales” en diciembre de 2007, así como el libro “Desidia” en noviembre de 2008, que es una ampliación del anterior. En Sosúa, es miembro fundador de “Los Jueves Literarios”, junto al poeta Omar Messón y al escritor español Óscar Zazo. Ha publicado en el periódico “La Información” de Santiago y en la revista “Cuadernos de Ataecina” del Centro Cultural Unión Extremeña de Terrassa, Barcelona.



UN DIA DESPUES DE LLUVIA

El primer relámpago anunciando la tormenta, sonó lejos. El hombre, sumergido hasta los hombros en la piscina, no se hizo la más mínima esperanza. Se revolvió un poco en el agua, porque sentía los miembros entumecidos y no se atrevía a despegar los pies por miedo a que le sobreviniera un calambre.

El perro estaba cómodamente sentado, vigilándolo. El hombre miró el cielo y calculó que ya debía ser medianoche. Había estado en el agua desde las cuatro y estaba llegando al límite de su resistencia.

El perro y el agua habían sido sus únicas opciones y por instinto se había decidido por el agua. Ya estaba arrepentido, pero ello no alteraba en nada su realidad. Ahora le tocaba resistir y esperar, que es lo que un hombre hace cuando, por lo general, no sabe qué hacer.

El can seguía con la vista fija sobre él, pero se sobresaltó con el segundo relámpago y lanzó un gemido. Sin embargo, no huyó. Se mantuvo firme pero asustado hasta el quinto relámpago. Entonces se marchó hasta su casa desde donde siguió observando.

El hombre se sintió más calmado y libre y se dirigió varios pasos hacia la parte baja. El perro salió de su protección y lo obligó a retroceder. Vuelto a su posición original, el hombre observó el firmamento. Ya no se veían estrellas. Habían ido desapareciendo arropadas por las nubes. Minutos después, empezaban a caer las gotas. Primero espaciadas y luego en forma de lluvia compacta.

El perro se refugió y el hombre lo tomó como su mejor oportunidad. Intentó moverse y las piernas no le obedecieron.

Respiró profundo y trató de tranquilizarse, pero lo único que logró fue sentirse incómodo e inútil. Le aterraba la idea de hacer como todos ante lo inevitable y darse por vencido. Por eso intentó moverse nueva vez y su cuerpo ya no se atrevió a negarse. El perro lo miró y se acercó hasta el borde de la piscina. El hombre no se amilanó. Así adelantó unos pasos hasta llegar a donde el agua apenas rozaba su cintura.

Desde ahí miró hacia la casa. Estaba completamente a oscuras. La iluminación que lo delataba venía de una lámpara del alumbrado público. “Si al menos se fuera la luz” – pensó – y este pensamiento, sin proponérselo lo llevó hasta su casa, hasta Graciela, sola con los muchachos y de seguro mortificada por su tardanza.

¿A dónde vas? – Había dicho ella- A ver el nuevo trabajo – le contestó él. Ella le arregló la camisa y le deseó buena suerte y el hombre se despidió.

Cuando llegó al lugar, encontró el portón frontal entornado. Miró a todos lados pero no vio ningún aviso que prohibiera la entrada. Tocó durante un minuto, pero nadie se presentó. Entonces recordó que era sábado y que los dueños, de seguro, se habían marchado de vacaciones de fin de semana. Pensó regresar y decirle a Graciela que tendría que volver el lunes. Graciela le diría lo de siempre, que no importaba. Iba hacia la salida cuando recordó a los niños. Pensando todavía en ellos cambió de rumbo y se dirigió a la cocina. El patio era hermoso y bien cuidado y tenía una inmensa piscina. El hombre se miró en ella y el reflejo del agua pareció limpiarle lo que sólo había sido una intención soterrada. Ya había desistido cuando escuchó los gruñidos del perro. El susto, la dentellada y el salto fueron simultáneos. Cuando nueva vez fue dueño de su realidad, chapoteaba en el agua.

Ahora, empezaba a albear y el hombre se encontraba aterido por el frío. Ni él ni el perro habían dormido y el hombre estaba otra vez con el agua hasta el cuello.

Por vigésima vez respiraba profundo. Le faltaban fuerzas, pero le sobraba decisión. Por eso dedicó un último pensamiento a los suyos. No debía esperar más. El sol sería su peor enemigo. – Ahora o nunca – gruñó. Y empezó a escuchar una voz gritándole que saliera.

Se dirigió hacia la parte baja de la piscina, decidido a salir, cuando se escuchó el terrible crick – crack de cuando se monta una escopeta o se destraba un pestillo de hierro, pero el hombre no pudo saberlo con exactitud porque empezó a verlo todo en rojo y negro y cayó de espaldas contra el agua.




TITO

Tito se despierta con el ruido de la llovizna chocando contra las hojas de metal del techo y abre los ojos en la oscuridad. Enciende una bombilla y el brillo le deslumbra. Se levanta con cierta desidia, se ciñe una toalla alrededor de la cintura y penetra al baño. La sensación de viscosidad que le transmite el piso al contacto de sus pies descalzos lo devuelve hasta el armario de donde toma sus sandalias. Regresa al baño y levanta la tapa del excusado con su pie izquierdo. El sonido de la orina al chocar contra el agua le produce un resquemor como conato de culpa. Se sacude, abre el botiquín que descansa contra la pared y toma el tubo de pasta dentífrica. Se cepilla con un poquito de rabia y escupe en la sopera del excusado. La sombra de la contraluz le oculta que ha escupido sangre. Tira del cordón del retrete y al escuchar el remolino de aguas puercas escapando en gárgaras por la tubería, siente un vacío en el estómago. Se mete bajo la ducha y el golpe de agua fría le produce estremecimientos. Luego, toma la toalla que había colgado de un clavo en la pared y la empapa con el agua que escurre su cuerpo. Sale del baño, se viste y se peina sin mirarse al espejo. Arranca la hoja del seis de marzo del calendario y descubre sin asombro que hoy es su décimo noveno cumpleaños. Se palpa el bolsillo del pantalón y toca el billete de cien y los documentos. Luego escucha con atención y percibe como en sordina, la llovizna golpeando el techo y con toda nitidez, los ronquidos de su madre. Se tira al patio y abre el portón con estrépito de hierros y metales oxidados. Pone de nuevo la cadena y el candado; cierra y se deja engullir por la oscuridad. Una hilera de casas iguales, desdibujadas por la densidad de una llovizna apacible, le sale al paso, y, sobre su cabeza, la misma llovizna pegajosa, inútil y monótona le va mojando la gorra, la chaqueta, el pantalón vaquero y los zapatos deportivos. Mira el cielo y el mundo es una única nube negra e ininterrumpida y la tierra, al mirar hacia el suelo, un piélago de charquitos de agua sucia y brillante que refleja el más mínimo rayo de luz. Se mete las manos en los bolsillos y empieza a saltar los charcos para llegar a la parte pavimentada de la calle. La llovizna ha cesado parcialmente. Al girar su vista hacia la izquierda descubre la iglesia en construcción. Cierra los ojos y se persigna y por eso no presiente a los perros acercándosele. Un gruñido leve descodifica en su cerebro las palabras “hocicos húmedos y hambrientos” y Tito patea sin mirar. Sorprende al “Amarillo” con un golpe en las costillas y le hace gritar de tanto dolor que los otros dos se amedrentan. Busca una piedra y no encuentra ninguna en la penumbra. Los perros, aún ladrando, lo dejan alejarse y Tito se marcha latiéndole fuerte el corazón. Cuando regrese esa misma noche, verá al marido de Rosa arrastrando en una lona a los tres perros inmóviles y tiesos, mientras una ronda de niños se divertirá apaleándoles y gozando de su inmovilidad y sólo entonces Tito volverá a pensar en el incidente de la mañana, en el susto, en la patada al perro, en el grito del perro y lo lamentará sincera e irremediablemente. Cuando alcanza la salida del barrio, ya la lluvia ha cesado completamente. Se detiene unos minutos y saluda a una vendedora de café. Le pide uno y se lo va tomando por el camino. Mientras se desplaza en el carro público, va repasando su vida, y su vida es una imagen en blanco y negro de su madre roncando a piernas sueltas, de su madre carcajeándose después de lograr una jugada maestra en el dominó, de su madre, que esta noche le pedirá disculpas por no poder abrazarlo, enfrascada como siempre en una de sus sempiternas partidas. Llega a la parada, compra un pasaje y aborda. Por primera vez siente la humedad de su ropa al contacto del aire frío. Camina un poco y se sienta atrás, desde donde observa llenarse el bus de gentes iguales como el ritmo de una bachata. El chofer enciende la radio y la estridencia de un merengue típico invade cada espacio vacío del autobús. Se despierta cuando alguien lo sacude por el hombro y le recuerda que ya llegó. Tito se levanta, desciende y camina un poco para desperezarse. El sol le da contra los ojos. Se cubre con la gorra y camina durante media hora a través de un mar de gente que se dirige con prisa hacia todas partes, entre el pitido de los policías de tránsito, el tronar de los camiones y el aceleramiento excesivo de los motociclistas. Al llegar a su destino, ve el edificio pintado de beige. Una multitud impaciente hace fila delante de la edificación. El entra también, y se pone en fila. A las tres de la tarde siente hambre y algo de sueño. Delante suyo han ido retirándose al ser llamados por los altavoces. Tito toca los papeles y los palpa calientes como un huevo recién empollado. Sólo faltan dos personas más y luego será su turno. Entonces ocurre la visión, y se ve caminando por otro país, hablando otra lengua, viviendo otra vida, montado en trenes de trayectos infinitos como colonias de hormigas. Percibe en toda su magnitud la inutilidad de arrastrarse del caracol, el sabor a prisa del café de doña Pancha, la ciudad enorme y voraz despeñándose como catarata ante sus ojos, engullendo sus sueños y alimentando la utopía de irse. Despierta al escuchar su nombre en los altavoces. Aprieta fuerte los documentos en el bolsillo y en vez de dirigirse a la casilla que le corresponde, abandona la fila y sale a la calle. Por segunda vez, ese día, el sol le da contra los ojos, y la gorra no hace nada para evitarlo. Camina por las calles de la ciudad, a esta hora atestadas de ruidos, y busca con la vista el cubo de la basura más próximo. Al encontrarlo, empieza a rasgar en orden de importancia el pasaporte azul, la falsa carta crediticia, la certificación de buena conducta y el sobre lacrado con la prueba de V.I.H. Lo va tirando todo en el cubo, mientras la gente se mueve como una ruleta mecánica e indiferente alrededor de él. Terminado el acto se dirige a la parada del bus. El rito lo ha dejado sin hambre y mientras desanda lo andado, una tormenta le golpea adentro, como si un niño le patease el vientre, y estuviese a punto de nacer otro él.