lunes, 10 de octubre de 2011

José Acosta: cuento



La muchacha que sabía colgar las camisas



El taxista me dejó frente a una casita de arquitectura convencional, un porche de ladrillos y una puerta de caoba con dos intercomunicadores. Como se trataba de una cita galante, para no importunar a los vecinos, tomé el celular y llamé a la muchacha y le pregunté si debía apretar el botón de la residencia uno o dos.

―Ninguno ―contestó ella―. Yo vivo en el sótano.

En el extremo izquierdo del porche bajaba una corta escalera de cemento. Justo cuando iba a tocar la puerta ella me abrió, evaluó durante un segundo mi atuendo, tomó la botella de vino que había llevado y me pidió que entrara. Era un estudio de soltero poco espacioso, adornado con buen gusto. El orden reinante era tan escrupuloso que me aturdió. ¡Me resultó prodigiosamente asombroso! Los tres candelabros encendidos encima de la mesa, la línea de pinturas tamaño postal de Gustav Klimt que colgaba en la pared del pasillo del baño, los libros de un anaquel de dos metros de alzada, todo respondía a una organización que me pareció de un rigor matemático.

―Eres muy ordenada ―le dije. Mi afirmación, en lugar de complacerla, pareció perturbarla. Se recogió el pelo rizado que caía sobre sus hombros con una horquilla, me atrajo hacia ella y me besó con pasión de colegiala. Sus labios temblaron. Luego me dio la espalda y buscó en la alacena un sacacorchos y me lo pasó. Mientras destapaba el vino, paseé la mirada por el interior de la alacena y me quedé pasmado. Encima de los estantes descansaban frascos de especias, cajitas de té, pucheros de miel, sal y azúcar y una variedad de marmitas con granos y semillas en una disposición tan armoniosa que recordaba una instalación artística.

Se llamaba Andrea. Habíamos tomado una clase de Geometría juntos en la universidad. Durante todo el semestre ella me habló una sola vez. Simplemente se me acercó y me preguntó de sopetón cuánto medía de estatura.

―Para coserme la mortaja ―recuerdo que bromeé. Ella palideció un poco y cuando le di el dato se alejó de mí y me ignoró hasta tres días atrás, cuando al salir del metro en la calle 145, envuelta en el mismo misterio de la primera ocasión, me dijo que había estado esperando por mí. Extrañado, me encogí de hombros y me dejé conducir por la avenida Amsterdam hasta un barcito acogedor, que por el micrófono instalado en una tarima diminuta y las cintas de colores que flotaban en el techo imaginé que durante las noches se llenaba de esos seres melancólicos que ya no esperan nada de la vida.

Nos sirvieron un té en unos vasos enormes. Ella abrió su cartera y sacó un papel amarillento y me lo tendió. En la imagen se podía apreciar la representación gráfica del logaritmo neperiano, y más abajo un cálculo matemático cuyo resultado terminaba en “X” más “Y”.

―Mujer y hombre ―expresé sin convicción. Andrea se alegró. Me pasó una tarjeta con su dirección y me pidió que fuera a su casa el sábado siguiente, a las cuatro de la tarde.

―Ve preparado ―me dijo, y me besó efusivamente y con tanto ardor que decidí que por nada del mundo faltaría a la cita.

Andrea tomó dos copas, llenó una hasta la mitad y luego la otra a la misma altura. Pese a que ese afán de exactitud me pareció enfermizo, reconocí que la delicadeza con que ella escanciaba el vino le agregaba gracia y una rara pureza como de bosque secreto a su figura esbelta. Bebimos un trago mirándonos a los ojos. Tomé la iniciativa de llevarla de las manos hacia la salita, la acomodé en el sillón de la computadora y la besé.

―Delante del espejo no ―me rechazó. Reparé entonces en el espejo de la pared que recogía con dulces trazos una porción de la estancia. Andrea se volvió a la computadora, buscó su archivo de música y por la vivienda comenzó a flotar una singular mezcla de tambores y violines. Sentí como si un pájaro negro sobrevolara mi cabeza buscando la salida de aquella red de sonidos. Andrea se puso de pie y me pidió que la acompañara a la habitación. Entramos. La cama, enorme, estaba tendida con un manto en que se veía trazado un cuadrado enorme embutido en un círculo. “El hombre de Vitruvio de Leonardo da Vinci”, reconocí de inmediato. Y me figuré que Andrea, antes que nada, deseaba que me tendiera encima para calcular si las proporciones de mi figura humana estaban a la altura de sus exigencias.

―La longitud de los brazos extendidos de un hombre es igual a su altura ―murmuró ella, adivinando mis pensamientos. Con expresión concentrada, empezó a quitarme la camisa. Cuando terminó con el último botón, hizo un movimiento tan extraordinario, que me quedé sin aliento; tomando la camisa por el cuello, la lanzó al aire y según ésta bajaba, moviendo los dedos con una agilidad impecable, acomodó en líneas rectas las mangas y los bordes de la tela y fue y la colgó en un clavo de la puerta del armario. En mi cabeza, en vez de una mujer colgando una camisa, se grabó la imagen de un domador de halcones contemplando a su ave posada en su brazo extendido.

Detrás del espaldar del lecho había una ventana cuya cortina de un rojo sangre cruzaba el cristal transversalmente, formando dos triángulos equiláteros, uno de luz y otro de sombra. Por el de luz se apreciaba un manzano, a la sombra del cual descansaba una pequeña canasta y delante de la canasta una banqueta.

Una vez desnudo le advertí que la persona que se sentaba en la banqueta podía salir en cualquier momento y nos podía espiar.

―Por ahí sólo ronda mi gato ―aseguró ella.

Me dejé tender en la cama. Por su expresión supe que había pasado la prueba. Andrea se salió del vestido y desplegó ante mis ojos su maravillosa habilidad de colgar las prendas de vestir. Los senos y el sexo parecían de una niña. Una hada madrina había agitado su varita mágica y ¡zas!, la niña de doce años que había en Andrea había crecido de golpe, pero la magia no había alcanzado sus intimidades. Aquella aparente desproporción, no obstante, acentuaba su sensualidad, no rompía la armonía de su figura. La Naturaleza se había equivocado a su favor.

La muchacha me besó y se posó suavemente sobre mi sexo. Sus movimientos se ajustaron de inmediato a la música que invadía la estancia, sacudiéndose unas veces a golpes de tambor, deslizándose otras bajo las notas serenas del violín.

Cerré los ojos. Por un instante me pareció que encima de mí una alfarera china tomaba el barro del placer que inundaba mi carne, y modelaba con él unas jarras transparentes como el suspiro. Andrea se agitó de pronto, sentí la vibración de su sexo en mi sexo.

―Ahora caerá la manzana ―dijo, con ojos desorbitados. Se apeó de la cama, me apretó la mano con calidez y me pidió que mirara por la ventana. La manzana se desprendió de la rama como si la muchacha hubiera apretado un conmutador, y fue a parar exactamente dentro de la canasta.

Andrea dio un salto de alegría. Se metió rápidamente en el vestido y se alejó corriendo. Escuché el picaporte de la puerta y poco después la vi sentada en la banqueta del patio, examinando la manzana con una regla y un compás. ¿Había logrado ella encontrar la cuadratura del círculo?, me pregunté. En su rostro había deleite y algo indefinible, algo que se negaba a encajar en la razón. Me vestí y me paseé por la sala a mis anchas. Sentí que a mi alrededor las cosas, los elementos, pedían que los regresaran al caos, al fluir normal del tiempo. Era como si los libros, los cuadros, las copas... estuvieran prisioneros en unas jaulas invisibles que les impidieran moverse, desarmarse, recuperar su estado impuro, decadente, atroz. Esta perfección no es de este mundo, me dije. Por aquí ha pasado Dios.

Comprendí que Andrea había logrado crear un reino, terriblemente hermoso, cuyas fronteras bordeaban el delirio, y que ese reino no hubiera podido ser posible sin mí. Regresé a la alcoba, me desvestí y me eché en la cama a esperarla. Su nuevo prisionero era yo.



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Ediciones Parada Creativa

Colección Libro Súbito

Barquisimeto, Venezuela, 2011

www.paradacreativa.com




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