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lunes, 10 de octubre de 2011

José Acosta: cuento



La muchacha que sabía colgar las camisas



El taxista me dejó frente a una casita de arquitectura convencional, un porche de ladrillos y una puerta de caoba con dos intercomunicadores. Como se trataba de una cita galante, para no importunar a los vecinos, tomé el celular y llamé a la muchacha y le pregunté si debía apretar el botón de la residencia uno o dos.

―Ninguno ―contestó ella―. Yo vivo en el sótano.

En el extremo izquierdo del porche bajaba una corta escalera de cemento. Justo cuando iba a tocar la puerta ella me abrió, evaluó durante un segundo mi atuendo, tomó la botella de vino que había llevado y me pidió que entrara. Era un estudio de soltero poco espacioso, adornado con buen gusto. El orden reinante era tan escrupuloso que me aturdió. ¡Me resultó prodigiosamente asombroso! Los tres candelabros encendidos encima de la mesa, la línea de pinturas tamaño postal de Gustav Klimt que colgaba en la pared del pasillo del baño, los libros de un anaquel de dos metros de alzada, todo respondía a una organización que me pareció de un rigor matemático.

―Eres muy ordenada ―le dije. Mi afirmación, en lugar de complacerla, pareció perturbarla. Se recogió el pelo rizado que caía sobre sus hombros con una horquilla, me atrajo hacia ella y me besó con pasión de colegiala. Sus labios temblaron. Luego me dio la espalda y buscó en la alacena un sacacorchos y me lo pasó. Mientras destapaba el vino, paseé la mirada por el interior de la alacena y me quedé pasmado. Encima de los estantes descansaban frascos de especias, cajitas de té, pucheros de miel, sal y azúcar y una variedad de marmitas con granos y semillas en una disposición tan armoniosa que recordaba una instalación artística.

Se llamaba Andrea. Habíamos tomado una clase de Geometría juntos en la universidad. Durante todo el semestre ella me habló una sola vez. Simplemente se me acercó y me preguntó de sopetón cuánto medía de estatura.

―Para coserme la mortaja ―recuerdo que bromeé. Ella palideció un poco y cuando le di el dato se alejó de mí y me ignoró hasta tres días atrás, cuando al salir del metro en la calle 145, envuelta en el mismo misterio de la primera ocasión, me dijo que había estado esperando por mí. Extrañado, me encogí de hombros y me dejé conducir por la avenida Amsterdam hasta un barcito acogedor, que por el micrófono instalado en una tarima diminuta y las cintas de colores que flotaban en el techo imaginé que durante las noches se llenaba de esos seres melancólicos que ya no esperan nada de la vida.

Nos sirvieron un té en unos vasos enormes. Ella abrió su cartera y sacó un papel amarillento y me lo tendió. En la imagen se podía apreciar la representación gráfica del logaritmo neperiano, y más abajo un cálculo matemático cuyo resultado terminaba en “X” más “Y”.

―Mujer y hombre ―expresé sin convicción. Andrea se alegró. Me pasó una tarjeta con su dirección y me pidió que fuera a su casa el sábado siguiente, a las cuatro de la tarde.

―Ve preparado ―me dijo, y me besó efusivamente y con tanto ardor que decidí que por nada del mundo faltaría a la cita.

Andrea tomó dos copas, llenó una hasta la mitad y luego la otra a la misma altura. Pese a que ese afán de exactitud me pareció enfermizo, reconocí que la delicadeza con que ella escanciaba el vino le agregaba gracia y una rara pureza como de bosque secreto a su figura esbelta. Bebimos un trago mirándonos a los ojos. Tomé la iniciativa de llevarla de las manos hacia la salita, la acomodé en el sillón de la computadora y la besé.

―Delante del espejo no ―me rechazó. Reparé entonces en el espejo de la pared que recogía con dulces trazos una porción de la estancia. Andrea se volvió a la computadora, buscó su archivo de música y por la vivienda comenzó a flotar una singular mezcla de tambores y violines. Sentí como si un pájaro negro sobrevolara mi cabeza buscando la salida de aquella red de sonidos. Andrea se puso de pie y me pidió que la acompañara a la habitación. Entramos. La cama, enorme, estaba tendida con un manto en que se veía trazado un cuadrado enorme embutido en un círculo. “El hombre de Vitruvio de Leonardo da Vinci”, reconocí de inmediato. Y me figuré que Andrea, antes que nada, deseaba que me tendiera encima para calcular si las proporciones de mi figura humana estaban a la altura de sus exigencias.

―La longitud de los brazos extendidos de un hombre es igual a su altura ―murmuró ella, adivinando mis pensamientos. Con expresión concentrada, empezó a quitarme la camisa. Cuando terminó con el último botón, hizo un movimiento tan extraordinario, que me quedé sin aliento; tomando la camisa por el cuello, la lanzó al aire y según ésta bajaba, moviendo los dedos con una agilidad impecable, acomodó en líneas rectas las mangas y los bordes de la tela y fue y la colgó en un clavo de la puerta del armario. En mi cabeza, en vez de una mujer colgando una camisa, se grabó la imagen de un domador de halcones contemplando a su ave posada en su brazo extendido.

Detrás del espaldar del lecho había una ventana cuya cortina de un rojo sangre cruzaba el cristal transversalmente, formando dos triángulos equiláteros, uno de luz y otro de sombra. Por el de luz se apreciaba un manzano, a la sombra del cual descansaba una pequeña canasta y delante de la canasta una banqueta.

Una vez desnudo le advertí que la persona que se sentaba en la banqueta podía salir en cualquier momento y nos podía espiar.

―Por ahí sólo ronda mi gato ―aseguró ella.

Me dejé tender en la cama. Por su expresión supe que había pasado la prueba. Andrea se salió del vestido y desplegó ante mis ojos su maravillosa habilidad de colgar las prendas de vestir. Los senos y el sexo parecían de una niña. Una hada madrina había agitado su varita mágica y ¡zas!, la niña de doce años que había en Andrea había crecido de golpe, pero la magia no había alcanzado sus intimidades. Aquella aparente desproporción, no obstante, acentuaba su sensualidad, no rompía la armonía de su figura. La Naturaleza se había equivocado a su favor.

La muchacha me besó y se posó suavemente sobre mi sexo. Sus movimientos se ajustaron de inmediato a la música que invadía la estancia, sacudiéndose unas veces a golpes de tambor, deslizándose otras bajo las notas serenas del violín.

Cerré los ojos. Por un instante me pareció que encima de mí una alfarera china tomaba el barro del placer que inundaba mi carne, y modelaba con él unas jarras transparentes como el suspiro. Andrea se agitó de pronto, sentí la vibración de su sexo en mi sexo.

―Ahora caerá la manzana ―dijo, con ojos desorbitados. Se apeó de la cama, me apretó la mano con calidez y me pidió que mirara por la ventana. La manzana se desprendió de la rama como si la muchacha hubiera apretado un conmutador, y fue a parar exactamente dentro de la canasta.

Andrea dio un salto de alegría. Se metió rápidamente en el vestido y se alejó corriendo. Escuché el picaporte de la puerta y poco después la vi sentada en la banqueta del patio, examinando la manzana con una regla y un compás. ¿Había logrado ella encontrar la cuadratura del círculo?, me pregunté. En su rostro había deleite y algo indefinible, algo que se negaba a encajar en la razón. Me vestí y me paseé por la sala a mis anchas. Sentí que a mi alrededor las cosas, los elementos, pedían que los regresaran al caos, al fluir normal del tiempo. Era como si los libros, los cuadros, las copas... estuvieran prisioneros en unas jaulas invisibles que les impidieran moverse, desarmarse, recuperar su estado impuro, decadente, atroz. Esta perfección no es de este mundo, me dije. Por aquí ha pasado Dios.

Comprendí que Andrea había logrado crear un reino, terriblemente hermoso, cuyas fronteras bordeaban el delirio, y que ese reino no hubiera podido ser posible sin mí. Regresé a la alcoba, me desvestí y me eché en la cama a esperarla. Su nuevo prisionero era yo.



......................


Ediciones Parada Creativa

Colección Libro Súbito

Barquisimeto, Venezuela, 2011

www.paradacreativa.com




lunes, 26 de octubre de 2009

Escritora invitada: Farah Hallal



Farah Hallal Muñoz (Salcedo, República Dominicana, 1975). Desde niña incursionó en la creación literaria. En el año 1994, obtiene el primer lugar en la Feria Científico-Cultural de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (UNPHU) por su colección de poemas Sol infinito, publicada al año siguiente. Estudió Artes Gráficas, desempeñándose luego como escritora creativa, directora creativa y correctora en algunas publicitarias nacionales. Su permanente pasión por la literatura infantil la llevó a fundar la revista infantil Revulú, en la cual también difundió cuentos y poemas de su autoría. En el 2009 publica su libro de poemas Una mujer en caracol bajo el sello editorial Ángeles de Fierro. Actualmente, además de producir textos poéticos y narrativos, se dedica al marketing editorial.




Un dedo inmaculado


(Cuento)


Cuando descubrí a mi vecina sentada en el parque, con la mirada clavada en la espalda de Cristóbal Colón, no habíamos quedado en vernos. Sucedió por pura casualidad de la vida y, en este caso, una casualidad delgada y de rasgos débiles, de expresión casi ausente, de tonalidad marrón cobrizo y de textura alisada a fuerza de doblegarse muchas veces por año. Para las malas lenguas que lamen las calles de Vietnam, vuelvo y aclaro, que mi aparición en ese cuadrilátero donde cuerdos y locos se disputan la corona de la ignorancia, había surgido espontáneamente como la misma amenaza de la lluvia que me obligó, momentos antes, a despachar a mis muchachos del primer nivel de inglés del sábado por la tarde.
Bueno, la verdad es que les había dado el gusto de despacharles antes de las seis, no porque afuera el cielo amenazara con empezar a rabiar, sino porque dentro del salón también llovería por un defecto del desagüe del quinto piso que afectaba al cuarto y acabaría ahogando todos los salones como sucedió con la lluvia del mediodía. En tal caso, yo no iba a poder justificarles a las madres, seres elevados que bajan mucho de categoría cuando entienden que una pulmonía amenaza a sus crías, eso de quedarnos recitando el verbo to be con unas goteras que les caerían en la espalda, con la insistencia incisiva con la que un brujo vudú pinchaba con su aguja el cuerpo desahuciado de una muñeca.
Esa fue la única circunstancia que me obligó a salir del instituto. Mi madre diría que yo siempre me voy para mi casa después de que termino la clase pero, esta vez, yo no llevaba en mi bulto de maestro ningún ánimo de coger lucha en la calle. Por eso, cuando bajé el último escalón que me escupió en la calle El Conde, decidí ir en vía contraria del Parque Independencia. En verdad no me dejé ganar el pulso por una ciudad de aspecto fúnebre que anunciaba la continuidad de una lluvia desalmada.
A esa hora, con esa desesperación propia de los pasajeros que estarían huyendo de la Zona Colonial como esclavos del yugo, preferí huir de la escandalosa fila deseosa de conseguir un concho que fuera Los Mina. Cualquiera me daría la razón: un sábado por la tarde no es un día para terminar dándome empujones con quienes quieren cogerte el turno a la hora de montarte en un carro de concho, destartalado por todos los lados en que se le mire, sin cristales en las ventanas y con un chofer que te obligará a pegarte demasiado a los demás, animando con su frase famosa: “péguense como anoche”. Además por ser yo, que siempre me acaban cobrando dos y hasta tres pasajes por un solo viaje, ningún pasajero me querría a su lado.
Deambular me pareció mejor, sobre todo porque caminar bajo la llovizna y sobre los charcos de circunferencias impredecibles, siempre humedece mi memoria que deja ver las imágenes difuminadas de mi hermano Camilo, quien murió de meningitis en el Robert Read Cabral, cuando al hospital todavía le decían El Angelita. Así que, mientras no se definían las dimensiones del arrebato del tiempo, el pronóstico me cambió justo cuando caminaba por el Parque Colón y vi a mi huraña vecina Inmaculada. Sin duda, ese día guardaba un secreto que yo no le hubiera creído a nadie aunque me lo hubiera soplado allá en el barrio.
En Vietnam, donde vivimos, cualquier carajito mataría por poder venir a la calle El Conde a estudiar inglés. No solo porque hay varios institutos para elegir, también porque la gente sabe que, como hay turistas, puede practicar el idioma. Pero está claro que si los muchachos de un barrio que da el paisaje de Vietnam, tuvieran dinero para pagarse el curso, no tendrían para el pasaje semanal ni para bajar en recreo y comprarse una oferta 2x1[1]. Irían y regresarían muertos de hambre, tal y como nacieron. Con tal escenario, tampoco Inmaculada tendría edad ni dinero para venir a tomar cursitos al Conde. El qué hacía ahí y desde cuándo, era imposible saberlo con mirarla. A simple vista no llevaba cartera, ni cuadernos que dieran una pista de que estudiara algo cerca de aquí. Yo, generalmente, pongo a mis estudiantes, los que tienen quien les cubra el curso pero no el deseo de aprender, a bajar al Parque Colón, mejor conocido como el parque de las palomas, para que conversen con los turistas, les ayuden a tomar fotos cuando andan solos y a darles direcciones cuando llevan la sonrisa con aspecto perdido o despistado.
Y me resulta casi gracioso reconocer que el día que vi a Inmaculada, el que andaba perdido era yo. Caminaba como quien lleva objetivo sin llevar ninguno. Solo estaba sacando a pasear mis dos manos que, generalmente, andan con su mundo de cabeza en los bolsillos de mis pantalones de moda cuadriculada. Desde hace un tiempo a esta parte, yo había empezado a tener problemas para conseguir mi ambiciosa talla. Por eso era poco probable que yo pudiera disponer de una gran variedad de opciones, que estaba reducida a ese pantalón de cuadros de colores tan vagos, que su tonalidad exacta no se puede retener en la memoria. También me ayudaba con insistencia un jean prelavado y un pantalón negro al que mi madre le llama todavía el imán de las pelusas. Y cuando se habla de ropa, mi madre sabe lo que dice porque era lavandera de verdad, de las de antes, de cuando las señoras medio pobres no disponían de lavadoritas japonesas y, a fuerza de acariciar con desprecio el sucio de muchos desconocidos, consiguió respaldar mi espíritu de superación. Cosa rara en ese barrio donde viví antes de llegar a Vietnam, donde ganar un juego de dominó y saber bien bailar salsa, valía más que un diploma de 8vo grado.
Pues la cosa es que Inmaculada, a la que los malos tratos le acuñaron el sobrenombre de Culá, estaba sentada en el parque, acomodándose en su asiento como si nada, justo cuando el cielo empezó a disparar. No tenía paraguas, ni un periódico abierto, como bien se le ocurrió al señor que había estado sentado a su lado unos momentos antes. Me lucía completamente ajena a esta sensación asquerosa de tener mojados los pies dentro de los zapatos ¿no se daba cuenta de que se desplomaba la angustia del cielo? No, estaba claro que Culá no advertía ese comportamiento huidizo de los demás que se retiraban del parque como fichas de un tablero cuando, repentinamente, los dos contrincantes se han cansado del partido o ya comprendieron que estaba, más que claro, quién era el derrotado.
En lo particular, me llamó la atención la mirada exacta, casi puesta en una balanza, que Culá ofrecía a la estatua de Cristóbal Colón y su dedo levantado. La miraba con la cordialidad con la que se mira a un sujeto que sabes que conoces bien pero no recuerdas de dónde. No le voy a negar a nadie que cuando Culá movió la mano y señaló hacia el dedo de Colón, en verdad me asustó el movimiento de sus manos que antes me parecieron del mismo material que las del Almirante. ¿Qué coño estaba tramando con la estatua? ¿Se daba cuenta de que alguien estaba notando su comportamiento, alguien que la conoce del barrio y que se anda fijando en lo que no le importa? Alguien que, además, también se está mojando solo para hacerle el juego o para que no le pese en la conciencia.
Mientras Culá empezaba a dibujar en el aire la ruta para llegar al manicomio más cercano, me detuve a observar la vanidad de la Catedral Primada de América, que por ser primera no fue la mejor, que conste. Su fachada mojada se levantaba con el mismo orgullo de siempre como si no estuviera notando que en cada hueco de ladrillo, en cada disparo a quemarropa que el tiempo le daba, una paloma del parque se cagaba. Seguro lo primero era cogerla de nido, pero al cabo de poco tiempo cualquier paloma, por más bruta que sea, sabría que sus huevos no se ponen en todas las canastas y entonces cogerían los solemnes muros de la catedral para cagarlos. El parque contenía estos muros de dimensiones mal calculadas, donde además de los vivos que van todos los domingos a rezar, guardan en sus discretas fosas de mármol blanco, a muchos muertos que merecieron más misericordia que todos los indígenas exterminados.
Quitándome las gotas que me pudieron caer cerca de los ojos, volví a Culá. Si ella hubiera estado consciente de su entorno, a lo mejor habría advertido el olor a tierra mojada (y a mierda mojada) inundando el parque. Y además habría notado el silencio que fue llegando con la misma rapidez con la que los niños se fueron yendo, no solo por la evidente lluvia que le sirvió a la Catedral de espantapájaros, sino porque la prematura noche empezaba arropar el parque como si fuera a arropar a un niño que se tuvo que acostar temprano.
Esta obvia enajenación de Culá me impulsó a retirarme un poco -no me fuera a oír- y llamar a doña Fredes. Avisarle de la situación era necesario. Culá vivía con Fredesvinda desde hacía muchos años (todo el mundo sabe que el sufrimiento y la compasión se llevan bien). En fin que esta mujer, que se hizo su madre de la noche a la mañana, vendría a recogerla en cuanto supiera que Culá estaba como una loca sentada al borde de la lluvia más escandalosa de este pedazo de mundo, haciendo señas delirantes con un dedo. No veo mucha diferencia entre esto y estar completamente desajustada.
Pues en la catequista Fredes, la que nos hizo bautizar a todos en Vietnam –a mí dos veces porque no me creyó que fui bautizado antes de venir a la capital-, me gasté los últimos minutos de mi celular. Para mala suerte, no la pude ubicar en el barrio. Ni mi madre dio con ella, quien me hizo saber que doña Fredes se reúne los sábados por la tarde con los demás vejestorios de la iglesia y no hay quien les vea el pelo. Tampoco quise dejarle el mensaje con mi mamá que tiene el poder de regar un chisme con la violencia de un vómito. De caer en esa boca –con el perdón de mi querida madre- Culá iba a recibir más burlas de las que había recibido en Vietnam y completamente gratis.
Como en la adolescencia Culá tenía los dientes torcidos y unas muecas de preocupación prematuras, como era lo más parecido a un palo seco, de figura y de ánimo, los muchachos del barrio le silbaban con timbre de enamorados y cuando ella miraba le gritaban groserías. Cuando todavía no habían caído presos, el Bigote le voceaba Totogrande y Vicente El Guandul aprovechaba verla tender sus pantis para robárselos del tendedero y luego colgarlos en las verjas de todo el vecindario.
Como Culá cumple años solo los 29 de febrero, que es lo mismo que decir cada cuatro años, la vieja Fredes siempre le organizaba fiestecitas. Una vez le organizó una fiesta con la absurda idea de casarla. Tuvo la ocurrencia de invitar a todos los varones del barrio para ver si alguno se interesaba en ella. Hasta a mí me llegó la invitación, no por una tarjeta como se debe, sino por una escandaloso “no se atreva a faltar don Vicente” que me gritó a través de la ventana que separa su sala de la mía.
A doña Fredes no se le ocurrió pensar que con mi edad pálida, mis intereses que huelen a un polvillo parecido al de los libros viejos y mi oficio de solitario, está más que claro que no disfrutaría de aquel espectáculo organizado por dos o tres celestinas. En fin, que tan poco interesó su silencio de 37 años, su cuerpo huesudo y desamparado, que hubo bizcocho por muchos días y a mi casa mandaron tres veces en una misma semana. “Es que hay muchos apagones, doña Vicenta”… le decía doña Fredes a mi madre, como pidiéndole excusas por pasar para mi casa otro pedazo de bizcocho casi descompuesto.
Aunque yo había visto en este trato, la desconsideración propia de la ignorancia de la juventud, al ver su poco juicio sentado en el banco, me preguntaba si Culá acabaría como una perturbada local, como parte del paisaje que te acostumbras a ver por la ciudad colonial. Como tampoco me había casado, leo todo lo que llega a mis manos y ya rondo casi los cincuenta, sé bien que estar solo es lo más parecido a un pelotazo en el pecho, a tener un manifiesto por dentro, como una cosa que pesa y que no se quita con ningún consuelo. Hace tiempo me dejó de importar que me señalaran como a un tipo raro porque corro con la suerte de merecer el respeto, si bien poco, que se le tiene a un profesor, a un pobre superado, que vive con su madre en un barrio caliente.
Como en Vietnam no se guardan secretos, y si los hubieran sería lo más parecido a una tierra minada, donde todo cuerno por más fino manejo que tenga, acaba explotando como una noticia que no necesita imprimirse en una primera plana para estar denunciándose en la boca de todos, todos sabían que Culá andaba detrás del amor. Y si no andaba ella por determinación propia, lo era por la determinación del resto de las mujeres del barrio que no veían bien que se quedara tan sola como nació: huérfana de madre desde el mismo momento del parto y sacada viva por una suerte tal, que habría hecho pensar a los médicos que la vida le tenía preparado algo grande. Pero desde los tres años también fue anunciada huérfana de padre y, de los tres a los catorce, todas las tías la querían para tenerla de chopa limpiándole las miserias. Y, bueno, cuando cumplió catorce y una tía encontró al marido a punto de violarla, la echó de la casa con una golpiza y la dejó en Caribe Tours. De La Vega venía doña Fredes y encontró a Inmaculada llorando sin un centavo en la estación de autobuses. Sin tener para donde coger. Esta historia –de tanto que la oí en la cocina de mi casa- me la sé mejor que las protagonistas.
Y allí, en ese parque donde a nadie le importa quién se sienta ni quien se levanta, me hice un espacio a su lado sabiendo que a lo mejor ni se daba cuenta de nada y ni saludé. Como después de esa fiesta Inmaculada nunca hablaba con los vecinos y casi nunca se dejaba ver (y honestamente yo tampoco), la recordaba como un disfraz elaborado para el carnaval por los muchachos del barrio. Me asombró que tuviera unos ojos almendrados de un marrón casi transparente. Apuesto a que si los hubiera visto más de cerca habrían dejado ver, con pelos y señales, todo lo que llevaban por dentro. Se diría que yo tenía una lupa en cada ojo, que me permitió ver detenidamente sus brazos: largos como la miseria que llevaba en la vida, marcados por los latigazos de correa que habrá recibido por no fregar los platos a tiempo o por mirar telenovelas mientras la tía de turno no estaba en casa.
Luego de un rato me esforcé por mirar lo que ella miraba, mi curiosidad de maestro alzó mi dedo y también acabé señalando el dedo alzado de Cristóbal Colón: un Almirante mucho más bronceado de lo que pensó que estaría en vida cuando atravesaba nuevas ideas en busca de un mundo mejor dibujado y solo encontró ingenuos corazones con poca ropa. Allí estaba ahora Cristóbal Colón, el gran Almirante, después de más de 500 años, señalando el hacia el norte y sin notar siquiera a la pobre reina Anacaona, arrastrándose, trepándose como un lagarto hacia donde estaba el rey de los mares de La Española. El fin lastimero del pueblo indígena nos quedó claro desde siempre, no creo que fuera necesario que nos clavaran esa escultura recordatorio, como una estaca en el mismo medio del corazón.
En fin, no creo que Inmaculada y yo estuviéramos teniendo la misma apreciación artística. No pasó mucho tiempo para darme cuenta de que ella esperaba que algo espectacular sucediera. Pero nada sucedía solo que me saludó. Yo creo que me saludó porque casi la tumbé del banco. Me pareció muy tonto que yo mismo me preguntara si me reconocería, si le importaría mi bigote de salsero setentón y mi barriga cincuentona. Inmaculada sabía mi nombre y mi oficio. Conocía hasta el apodo con el que mi mamá me llamaba cada vez que me sembraba a leer, a escuchar Clásica Radio o a preparar mis clases. Las ventanas de mi cuarto daban con las ventanas del suyo, pero daba la impresión de que nadie habitaba del otro lado. Yo había puesto en duda que esa mujer articulara bien todas las palabras. Pero mi duda se mojó en el charco que se tendía debajo de nuestros pies.
-Un día puse el dedo así y un rayo de luz rebotó en el bronce del dedo. Parecía que la luz salía de mi dedo. Se siente lindo, como si fuera magia –. Su voz me pareció angelical, a lo mejor por el poco uso que le daba. Su respuesta me hizo descubrir que estaba consciente de que yo la había tomado por desajustada y que su dibujo con un dedo en el aire merecía una explicación sustancial. Y por eso bajé la mirada para encontrar, confundido con los estampados escandalosos de su falda, mi libro Pedro y Juan, de Maupassant. Era mi edición favorita, anaranjado y de trazos dorados, de 1965 y tapa dura.
-Su mamá me presta libros de vez en cuando, perdone que no le pidiéramos permiso- agregó con unas mejillas tono vergüenza.
-Seguro que el próximo sábado hará sol- comenté, dando continuidad a la conversación que me interesaba. ¿Qué más iba a decir si yo mismo me vi alzando el dedo como un loco, sin saber por qué?
Me acababa de convertir en un tonto con barriga delante de esta mujer que, francamente, no parecía estar invadida de más locura que yo. ¿Qué me hizo pensar que yo fuera mejor? A mi edad, digamos, ¿por qué soltero? ¿Por qué huir de las mujeres sin ser capaz de lanzármele a ninguna? Estas preguntas me las podría haber leído cualquiera en la mirada. Pasaban por mis ojos como los carteles que arrastran los aviones donde bien se podría leer: soy un tonto confirmado.
Mientras pensaba en el cartel y definía el color que llevarían las letras de mi tontería más clara, la de hacer pasar por loco a otro, yo con condiciones de más, Inmaculada se puso de pie murmurando un casi va a llover o algo parecido. Extendió el libro que me negué a recibir mientras notaba cómo sus libras de menos y su falda de más, las hacían parecer una mujer del siglo antepasado. Me pareció que la tela de su falda habría bastado para hacer una cortina que cercase todo el parque y me reí de pensar eso.
O mi risa no le gustó o su virtud se oponía a seguir conversando conmigo porque me di cuenta de que apuró su huida. Pero yo, que pensé que otro sábado podríamos sentarnos a conversar sobre dedos bronce o a lo mejor sobre otros libros sustraídos, le pregunté si un día podríamos sentarnos otra vez, con más sol, a ver si me salía eso de la luz en el dedo.
-Puede ser- respondió y ese “puede ser” me ocasionó un leve ardor en los ojos, el ardor propio de los deseos que se logran.
-¿Y cuándo sería?- pregunté sin saber dónde meter la cara cuando la viera otra vez.
-Cuando Colón baje el dedo- dijo… y se rió como se ríen las muchachas normales, las que saben que no necesitan minifaldas ni un esmalte de uñas rojo sangre para poner el mundo de cabeza.


[1] Dos pedazos de pizza y un refresco

jueves, 31 de mayo de 2007

Altagracia Pérez: Cuento

(Noche de los pobres: Diego Rivera)




ALTAGRACIA DEL CARMEN PEREZ ALMANZAR. Nació en Santiago Rodríguez, Línea Noroeste, República Dominicana. Egresada de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, y de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, con una Licenciatura en Comunicación Social, mención Periodismo. Cuentos y poemas de su autoría, pueden ser leídos en las Antologías realizadas por el Dr. Bruno Rosario Candelier, Ateneo Insular La Creación Interiorista, 2001. La Antología de Cuentos Para Matar la Soledad, año 2000, del Taller de Narradores de Santiago. La Antología El cuento contemporáneo de Santiago, Ediciones Ferilibro, 2005. La Antología de Jóvenes Poetas Dominicanas Safo, Ediciones Ángeles de Fierro, Poesía, 2004. Ganadora del Primer Lugar del XII Concurso Literario Alianza Cibaeňa, en el Renglón Cuentos, con su libro A Mitad del Sendero, 2007. Actualmente reside en Eslovaquia, y tiene una novela inédita. Miembro del Ateneo Insular y del Taller de Narradores de Santiago. Forma parte además del equipo Editorial de la revista Mákinas y la revista literaria Mythos.

La Pasión de Mallías González:

La mirada de Mallías González se posaba en su hermana Mercedes; pero, otras veces, permitía que ésta se perdiera en los abundantes espirales de humo que ennegrecían el techo de canas. Sí, sabía que tendría que cambiar esas canas raídas y mohosas por ese hollín que emitía el fogón de tierra. Su hermana parecía encontrar un extraño placer en recordarle, cada tarde, las tareas que ella no podía realizar, ya por su condición de mujer, ya porque en algo tenía él que emplear el tiempo. “¡Ah, esa maidita vaina!”, pensó, mientras chupaba el cigarro negro que arregló él mismo, con las últimas hojas de tabaco que Bartolo García le había regalado.
No muy lejos se encontraba el vecindario, y aquella amplia avenida que les recordaba que estaban en la ciudad; por los boquetes de los setos de palma de la casa se filtraban el ruido y el trajín de los vehículos. Y Mallías como siempre, indiferente a lo que le rodeaba, sobre todo el acostumbrado grupo humano que se acercaba al ventorrillo de Mercedes, en el que se vendían frituras y algunas otras cosas que Bartolo traía del campo.
Era una casucha simple, con dos o tres cuartos añadidos, como todas las que se habían hacinado año tras año en aquel barrancón que colindaba con la concurrida avenida. Construyeron la casa con algunas hojalatas y palmas retorcidas que había conseguido Mercedes en los basureros que estaban en las cercanías del lugar; decidieron hacerla aún cuando el gobierno había mandado militares ordenándoles que se largaran de aquellos parajes, donde la muerte parecía tener morada. Luego, supo que Mercedes, después de muchas luchas, logró con ellos un permiso; después llegaron los demás y ya no podía controlarse la muchedumbre que se amontonaba en triste mescolanza... Mallías cogía su cigarro y lo acomodaba en sus arrugados labios. Sus ojos, con expresión ausente, se paseaban por las carnes voluptuosas de Mercedes. A veces se enfurecía, pero nadie se daba cuenta. Aquel enjambre de gente en torno a la figura de Mercedes era un motivo más que poderoso que lograba sacarlo de sus casillas. Su cigarro, entonces, recibía las embestidas de su callado coraje.
El no pensaba mucho. No quería... Los pensamientos eran tambores golpeantes que amenazaban con sacudir su pequeña constitución física. Se sacudió unas cuantas moscas, que volaban desde la carne de res que colgaba afuera, hasta sus barbas húmedas por el sudor. “¡Ah, eta jodienda!”. Los niños del barrio eran quienes más se detenían ante él; por ratos los ignoraba, pero ellos le seguían haciendo preguntas tontas. El fingía no verlos, echaba una ojeada en círculo y se volteaba para donde estaba Mercedes y su paila de frituras humeantes. Entonces los muchachos le voceaban “loquito” y Mercedes se enfurecía y los echaba a palos. El no decía nada, ni siquiera cuando le tiraban piedras.
Los que trabajaban en los talleres lo ocupaban en mandados y él los hacía sin chistar. Pero cuando escuchaba preguntar por el “loquito”, se apresuraba a regresar, con su mirada desvaída, a los senos maternales de su hermana Mercedes. “¡Coño, cuándo dejaré la maidita vaina!”, decía para sus adentros, mientras luchaba con las moscas, dándose manotazos en las barbas mugrientas, a la vez que se ocupaba en arreglar algunas hojitas de tabaco negro. Las limpiaba con mucho cuidado y se regocijaba cuando las veía todas juntitas, en el papel que le daba Mercedes de la pequeña pulpería. Ella le regalaba el papel, porque decía que con su presencia, arrimada a la primera puerta, cuidaba del negocio.
Mercedes se lamentaba, diciendo que no lo podía hacer todo. Mallías aprovechaba para decirse, a solas, que se iba bien lejos, bien lejos como hablaba su cuñado Bartolo. Bartolo hablaba bonito. El no podía hablar bonito. El hablaba, pero lo hacía a duras penas. Sentía que la sangre se le subía a la cabeza, fluía demasiado fuerte por sus sienes. Entonces, le bajaba la baba, y se la chupaba con el cigarro. Con Bartolo no había por qué tomar cuidados, no había por qué disimular. Se conocían desde el campo, desde que a su madre se la llevaron al viejo cementerio que no quedaba lejos de su bohío.
Fue en esa ocasión que Mercedes decidió la mudanza. La decidió sola, ella siempre se encargaba de todos los asuntos. A veces, él no sabía qué hacer... Era como le estaba pasando en aquellos momentos. Pero no iba a pensar, los pensamientos le dolían, las imágenes danzaban y él no las podía sujetar, como sujetaba aquellas moscas inoportunas, que le asediaban en aquel instante. Mientras, Mercedes hablaba con un cliente sobre cerrar ya el negocio, porque era muy tarde. Sí, la noche tendía su negro manto y los mecánicos guardaban sus herramientas. Los hijos de Mercedes se alcanzaban a ver a lo lejos, disputándose una vieja bicicleta que yacía abandonada en uno de los talleres. Pero Mallías no reparaba en los cambios que se operaban en aquel momento, ahora sólo quería espantar esos cuadros mentales que silbaban y caminaban ante sus ojos. Esperaba además por la dura voz de su hermana, que le ordenaba que se levantara y se fuera a bañar para acostarse. Pero no haría caso, como lo tenía por costumbre, y Mercedes tendría que golpearlo. Y él gimotearía que no le gustaba acostarse.
En las noches se apretaba la cara, se ponía rojo y caliente entre sus sábanas. Entonces buscaba los cigarros, pero no los encontraba, pues Bartolo ya no venía con tanta frecuencia. El no podía contar los días que tenía sin venir pero Mercedes sí, Mercedes sabía contar desde pequeña, la mandaron muy chiquita a la escuela y él la veía llegar con esas “dos colas de caballo”, como decía su padre.
Sí que era bonita Mercedes. Con esos ojos tan azules y grandes y era blanca, blanca... y aquellos cabellos que eran más negros que su cigarro y que se perdían abundantes en la misma cintura... Mallías se restregó los ojos. Lo hizo de forma seguida. Ya le dolían los párpados, pero más le dolía su cabeza, y se lastimaba a propósito, como si quisiera extraer sangre y no lágrimas... “¿Se va sacai lo ojo, maidito loco?”, le gritaba Mercedes desde el interior de la casucha, mientras agitaba con rabia el anafe, donde freiría a la maña siguiente nuevos plátanos para su clientela. Y concluía rabiosa: “No sé lo que le pasa a ete hombre de un tiempo pacá”.
Ella era así, soberbia y bonita. Los hombres del taller se burlaban de los senos grandes de Mercedes, pero en las noches siempre se la escuchaba reír con los que venían a rondarla. Que nadie le preguntaba a él como era: “Yo no me meto con naide”. Sólo que sus oídos no podían cerrarse como se cerraban sus ojos, cuando se presentaban imágenes que acudían mortificadoras a su mente. Ahí retorcía los brazos y los subía como si quisiera conducirlos a aquellas voces... Mercedes lo agarraba por un brazo con esa voz agria y mandona, pero que Mallías sabía podía ser dulce, como en los primeros años de su niñez. “Camine, con uté si hay que jodei”, y lo conducía empujándolo, lo acostaba y arropaba. “Anjá, hoy no se bañó, ¿veidá? Pue así se va a quedai”.
“Meicedita no trajo el agua”, exclamaba Mallías, arrastrándose. Siempre lo hacía así: desplazaba su responsabilidad sobre la hija mayor de Mercedes.
“¡Ah, uté va vei lo que le voy hacei a esa condená!”, y de inmediato su hermana se lanzaba fuera a buscar a la muchacha. La voz incrementaba su potencia a medida que Mercedes gritaba y no obtenía la respuesta buscada. Al rato, se escuchó una voz tímida y débil: “¿Qué fue, mamá?”. Era una muchacha rubia y frágil, que ya mostraba las redondeces propias de una adolescente. Debía contar a lo sumo trece años, y a la escasa luz que brindaba la luna en el patio, se ofrecí pálida, como si necesitara de cuidados. La madre la tomó de un brazo, le entró a bofetones al llegar al cuartucho. Mallías, en la cama desvencijada, se movía inquieto, pero una sonrisa extraña curvaba sus labios que brillaban oscurecidos por su cigarro. “¿Qué yo le dicho a uté, degraciá?”, Mercedes no reparaba en los golpes que le daba a su tierna hija. “¿Uté no ve como vivo yo, como una piona?”.
“¡No me dé, mamá, no me dé!”, gritaba la muchacha, cubriendo repetidamente sus brazos y su cara. “¡Fue tío, que no quiso!”. Mercedes la zarandeó dos veces, para luego lanzarla a la camita adyacente a la de Mallías. “¡Eh jei que no quiere que lo bañen!”.
“¡Cállese, mentirosa!”, vociferó Mercedes. Luego se fue, llamando a Julito, el más pequeño de sus hijos.
Mercedita escudriñaba a su tío en la oscuridad, y una pena terrible agitaba su corazón. Aquella tarea la tendría toda su vida detrás suyo, sin escapatorias. Estaría siempre sola, acompañada de aquella risa grotesca de su tío Mallías, asustándola en las noches largas; luego, las llamadas de su tío, los jadeos; el miedo de que la tocara sin que se enterara su madre. Decirlo podría provocarle la muerte. Pero un día sería distinto...
Mallías hacía círculos en los setos y en las sábanas, mientras le llegaba el sueño. Pasaban los segundos, los minutos, las horas. Mercedita parecía dormida. No luchaba más y se sentaba en la cama. “¡Los cigarros!”. Los guardaba en el armarito verde que se hallaba al lado de las barbacoas, donde dormían sus sobrinos. Entonces arrastraba su cuerpo por el empolvado piso. Hacía mucho que no se limpiaba la tierra. Todos los días era lo mismo. Con el paso del tiempo, su cuerpo se hacía pesado. Se le habían entumecido los huesos de tanto sentarse en el mismo sitio, lo que sucedía muy frecuentemente, desde que llegaron a aquella maldita ciudad ruidosa. Mercedes lo ubicó en aquella silla de guano que compró Bartolo para la mudanza, y de allí sólo se paraba a hacer algunos mandados de los mecánicos, o para buscar agua con Mercedita, al canal que estaba cerca del barranco.
En el canal le pedía a Mercedita que le pasara los cántaros de agua, y la muchacha lo tumbaba para que se mojara, pues sabía que él le tenía miedo a la profundidad del arroyo, a su fondo. Fue así, desde pequeño. Y al regresar, Mercedes le peleaba mucho, porque decía que sólo olía a “perro muerto”. No le hacía caso; estaba demasiado viejo, aunque su hermana dijera que ella era más vieja. ¿Cuántos años tenía?, pensó sacudiendo el frasco de donde sacaba los fósforos para encender su pachuché. No los encontró, por lo que dejó rodar el cristal por entre los trastos que estaban en el vasero de madera. Estos repicaron de mala manera, cuando se dejaron tocar por el frasco vacío.
Ya corría la medianoche y de seguro que Mercedita había dormido su tercer sueño; él la vigilaba, después de que Mercedes los mandaba a acostar. La observaba hasta que se quedaba rendida, pero Mercedita siempre hablaba mucho, “como su mamá”. El chocaba con las sillas que estaban en medio de la cocina, al tiempo que se recogía los pantaloncillos, casi se les caían, pero los recogía a tientas. Mercedes lo amonestaba si lo encontraba palpándose los genitales. El, entonces, retorcía los labios y la baba humedecía su boca... ¿Qué sabía ella? Las veces que Mallías intentaba agarrar a Mercedes, tocarla, ella lo empujaba y lo golpeaba con sus brazos macizos, y lo amenazaba violentamente. El sólo quería abrazarla... Cuando regresaban a sus respectivas actividades, ella alzaba el tenedor de pullas para levantar sus plátanos y batatas para los clientes de enfrente, que esperaban. Y aún ellos no advertían las miradas.
“¿Cuándo viene Bartolo, Mercedes?”, le preguntaba la gente del barrio, porque ahora Bartolo traía mercancías. Antes no, antes se jactaba de irle muy bien en la barra. Pero las cosas no estaban fáciles, por lo que Bartolo hacía muchos oficios para conseguir dinero. Cuando venía del campo, Bartolo le peleaba mucho a Mercedes, ponía su funda blanca y su gallo en el armarito, y la llamaba para la casa, pero Mercedes seguía con sus gentes en su ventorrillo. Entonces Mercedita y Julito se abrazaban a Bartolo. El recibía de inmediato el olor a mugre, los cabellos en desorden de su hija, pero luego los hacía a un lado y volvía a llamar a Mercedes. Esta respondía cuando le daba la gana. Bartolo no esperaba más y se enfurecía y la abofeteaba delante de la gente y la halaba para un cuarto para golpearla. Pero Mercedes se defendía, mientras Bartolo decía a gritos que era “una mala hembra”, porque aquel ventorrillo lo había puesto él con su dinero y ella no le obedecía. Sí, Mercedes era de las malas mujeres que no se pueden sujetar, hay que golpearlas. El no se metía, sólo veía cómo Mercedes se revolvía en la cama. “Sí, ella era muy jembra”, por eso se lo tenía bien merecido.
Mercedes se reía... Ella decía que no era de nadie, que era muy mujer para ser de un hombre; que ya tenía bien puestos los pantalones, que no era como antes, como cuando Bartolo la había forzado entre los cambrones que rodeaban el río del campo. Por lo que Bartolo, aunque hacía el intento de darle con su correa de cinto, se retiraba por los niños que se ponían a llorar y a tirarse en el suelo. Entonces Mercedes se paraba de la cama y sacudía sus bien proporcionadas nalgas, y sus ojos azules, aún llorosos, relucían en raro contraste con su pelo negro. Mallías los reconocía con los suyos, ya cansados, y buceaba en aquella mujer, que todos parecían desear.
Por un momento se palpó las sienes, miró las estrellas y la luna... y de repente, se atemorizó ante la presencia nocturna. Creía ver el rostro de su madre suplicante pasearse por la luna, y de un solo manotazo pretendió espantar el danzar del fantasma ante su vista y la oscuridad. “¡Puta vieja, quítese dei lao!”, masculló Mallías. “¡Uté no me quiso a mí, sólo a la Meicede!”. Al fin se enfrentaba a sí mismo, al fin era él mismo, y esto le producía un sentimiento que tensaba sus músculos en un mecanismo que le daba seguridad, superioridad; al fin sería un hombre real, “no un buen mierda”, como decía Bartolo. Sí, la noche sería su cómplice. Sí, sí... rió despacio, saboreando su risa que le daba una sombra macabra a su cara. “¡Maidita la tre jembra dei bojío!” El fantasma de Bartolo también bailoteaba enfrente de Mallías. “¡Jágalo, Mallía, ahora o nunca! ¡Lo jombre macho cogen a la mujere, no la piden!”, decía Bartolo en la barra. Mallías sorbió su baba, saboreando el recuerdo de la figura de su hermana y maldijo en silencio la hombría del maldito de su cuñado. Se deleitó nuevamente en la dulzura de Mercedes, la niña, que lo cuidaba, y una vocecita le susurraba que también ella lo disfrutaría.
Ahora no caminaba a duras penas, sus pasos eran firmes en el camino de piedras que llevaba a la otra casa, donde Mercedes recibía a sus hombres. Sí, allá estaba, tendida como la imaginaba, pero no con la bata; la bata estaba tirada en el suelo. Había botellas y colillas de cigarrillos en la mesita, que estaba al lado de su cama. La escasa luz de la lámpara creaba raros detalles en la abundante cabellera de Mercedes, que se desparramaba en sus gordezuelos senos. Parecía una venus agotada. Y Mallías podía escuchar murmullos ininteligibles que se escapaban, por ratos, de los labios rojos de su hermana.
Mallías se movía como un beodo en la sombra del dintel de la puerta, Mercedes hizo, al verlo, un rictus amargo. “¿Qué uté hace aquí, maidito?”, se espantó entre las sábanas humedecidas por su sudor y el de su amante. Mallías no escuchaba, se deslizaba sordo en la penumbra de la puerta de hojalatas. Una risa suave delineaba sus labios, y ya se avalanzaba sobre la figura redonda de Mercedes cuando ésta se paró y, levantando la mano derecha, le asestó un duro golpe en los brazos. Llevaba un garrote de leña puntiagudo, afilado. Por segundos, siguió golpeando fieramente los brazos de Mallías, que se refugió en un rincón de palmas torcidas, mientras gemía como perro lastimado. Su mirada era triste, ausente, suplicante. Recostado, temblaba. “¡Golpéala, como lo hace Bartolo!”, le decía una voz, pero estaba paralizado. Inusitadamente, otra idea cruzó por la mente veleidosa de Mallías. Vio la imagen de Mercedita dando vueltas en su cama, y se arrastró rápidamente por entre los palos que sustentaban el cuarto.
Mercedes se detuvo en seco. Luego, como fiera enjaulada, se vistió, y despavorida salió al patio. Amanecía. Un sol débil luchaba por imponer su luz entre los densos nubarrones que presagiaban un recio aguacero. Algunos mecánicos ya arribaban a los talleres, rehaciendo sus faenas del día anterior. Se dio cuenta de que el hombre con el que antes estaba salía de la casa poniéndose los pantalones.
“Uté madrugó mucho, Mercede, ¿eh?”, carraspeó un hombre enfundado en un kimono azul. “Digo, uté e una mujei que trabaja mucho”. Ella no le respondió. Estaba impertérrita. Unos círculos negros alrededor de sus ojos delataban su cansancio. Había llorado mucho, como un tigre desfallecido, dispuesta a recibir la inesperada muerte en la selva de una sábana mugrienta; el tiempo transcurría sin que lo sintiera. Pero ni un gesto denunciaba lo que pasaba por su cabeza. Ella estaba hecha así, de hierro. La vida la había hecho así: ¿Qué era la vida? Ya no habría posibilidad de regreso.
“Mercede”, la impaciencia del mecánico la sacó de sus abstracciones. “Mercede, uté parece cansada hoy. ¿Poiqué no llama a su hija, pa que le ayude?” “Uté tiene razón, Menelao”. Mercedes aprovechó y salió del ventorrillo. Por un momento, al mecánico le pareció que la dura de Mercedes se tambaleaba. Luego, oyó su voz levantando a su hija.
Mercedes abrió la cocina. Mallías no estaba en su cama. Mercedita estaba desvanecida en la suya. Al verla así, sintió una profunda pena por su hija... ¿Qué destino le traería la vida a esa muchacha? Las lágrimas pugnaban por salir de sus grandes ojos, hasta que al fin lo consiguieron. De un solo manotazo se las limpió.
“¡Meicidita, levántese de ahí!”, ordenó Mercedes, con su usual don de mando. La niña se irguió asustada, y casi sale huyendo de la cama. Su madre la contuvo. “¡Qué eh, muchacha de Dio!”, continuó Mercedes, alarmada, “¡qué eh!”.
Mercedita se dejó caer en la cama, sin aliento. Recuperaba el contacto con la realidad. Apartó la mirada de su madre, y buscó ansiosamente la cama de su tío Mallías. Las náuseas estremecían su estómago vacío, y cubrió su cara enrojecida por la angustia. Su madre se perdía por la puerta... Afuera preguntaba a su hermano por dónde había estado. El no le respondió. Lo vio entero, sucio y golpeado y acomodado como siempre en la silla de guano que estaba en la calzada del ventorrillo. Mercedita echó su cabeza adolorida en la almohada. Una rabia sorda se adentraba en sus pensamientos. Estaba convencida de que no había remedio... Apretó sus piernas enrojecidas, y unos leves sollozos se escaparon de su garganta, quedando atrapados para siempre en la sábana manchada.