miércoles, 27 de febrero de 2008

Escritor invitado: Tomás Modesto Galán

Tomás Modesto Galán. Poeta, narrador, ensayista y educador. Licenciado en Educación, mención Letras y tiene una maestría en Educación Superior, ambas de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). También ostenta el diploma El DEA (examen de suficiencia investigativa, impartido por el Departamento de Filología Hispánica de la UNED, con miras a la obtención de su título de Doctor en Filología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia, radicada en Madrid, España). Realizó estudios de post-grado en Educación, Lingüística y Literatura en el Instituto Tecnológico de Santo Domingo. Ha sido profesor de la Universidad Autónoma de Santo Domingo y de la O&M así como del Liceo Unión Panamericana. En Nueva York, ciudad donde reside desde el 1986, ha sido profesor de Español y de otras asignaturas del área de Humanidades en The City University of New York, en los recintos: Hostos Community College, Bronx Community College, Boro Manhattan Community College y York College. Ha publicado: Los Cuentos de Mount Hope (novela, 1995); Los niños del Monte Edén (cuentos, 1998); Cenizas del Viento (poesía, 1983), ¿Es popular la poesía de Juan Antonio Alix? (ensayo, 1987), y Diario de Caverna (poesía, 1988).



GATOS




A principio del siglo, un día lluvioso y oscuro de un mes que no puedo recordar por más que lo intento, la viejita que vive en el callejón techado número 53 con la muchacha herpética y sifilítica que mide el sombrío grosor de una aguja, y su hijo ladrón, arribaron al pueblo. Es la vieja que cuando duerme despierta a todo el barrio y aún es capaz de mover de posición las estrellas porque cuando está nerviosa hace tronar la nariz y la garganta como si fuese Dios.
Ese día, que no recuerdo bien porque la memoria me sigue fallando, llegó ella al atardecer en aquel barco lleno de voces que no correspondían a ningún viajero, con la primera pareja de gatos de la isla. Caminó y caminó todo el santo día bajo un aguacero torrencial que sacudía todo. La anciana intentaba cubrirse vanamente con un pedazo de periódico que era la única señal de la época que comenzaba a vivir. Sólo ese periódico que se diluía bajo el agua conservaba la fecha de su entrada al pueblo.
Cuando cesó de llover después de tres días y tres noches que todo lo hundía bajo el agua, los únicos habitantes del pueblo, los que se habían quedado cuando la compañía bananera se fue para el norte, la encontraron en el quicio de una puerta. Los gatos caminaban sobre ella y le lamían el rostro dormido.
Los habitantes desaparecieron como si fueran sombras. Desde la ventana sólo miraban, supuestamente, el silencio, porque nadie vivía allí desde hacía años, en aquel puerto fronterizo. Nadie estaba para recibirla maquillada como en su juventud. La tristeza de 1a mujer era inmensa, pero no dejaba que se le asomara una lágrima. Mejor aún, se arreglaba el pelo con las uñas y con un poco de saliva en la palma de la mano se humedecía el rostro.
La indiferencia y la soledad la hacían abrazar los gatos como si sólo ellos habitasen esa esquina del mundo. Dejó de soñar y despertó. Las mascotas la seguían por todos lados. A poca distancia e podían ver las puertas cerradas a esa hora, y el sol que ahora salía para iluminar la humedad del lugar y dejar ver las aldabas y los candados derruidos desde que se fueron todos. No se sentía ni un alma, nada que viviera respiraba a esa hora de la comida cuando los fantasmas apagan los radios y dormían hasta que alguien recordara que había que abrir las puertas porque el sol se había ido. Mientras tanto no hay nadie. Entonces uno de los gatos habló con su ama:
-Candú, ¿podría saber dónde estamos?
-Nunca lo sabremos. Estamos fuera del mundo.
-¿No hay ratones aquí?
-¿Qué vamos a comer, Candú?
-Cállense, algún ratón aparecerá, si no haremos uno de plástico.
-¿Tampoco hay niños?
-Suena como si estuviéramos solos, pero puede ser falso. Hay puertas que no tienen cerrojos, sólo están juntas. No se desesperen.
-¿Por qué no hay pájaros sobre el mar ni sobre las ramas de algún árbol deshojado?
-No lo sé, es lo que de igual modo quisiera averiguar, pero somos extraños y debemos tener cuidado con hacer ruido. Puede ser que no haya policías en este pueblo, ni sirenas, porque nadie se enferma ni se muere de nada. Puede ser un pueblo feliz. A lo mejor hemos llegado al pueblo de los niños felices.
Estaban en la esquina de la estación. Un tren pasó sin hacer ruido. Siguieron viéndolo a medida que se alejaba, pero cuando se abrió la puerta de la estación, nadie estaba allí.
-A lo mejor la gente nos ve y se esconde, o quizá no tenemos capacidad para verlos. Quizás no llegamos en ningún barco y esto fue sólo un sueño, una broma pesada de alguien que cambió de posición las cosas para que nos pasemos la vida buscando, nada más buscando dónde acampar, hasta que el barco vuelva de nuevo a buscarnos como pasa cada vez que nos deja en un puerto.
Después de muchos días de buscar en vano una prueba de la existencia de alguien o de comprobar de qué zona nos llaman, quién canta o quién mueve una mecedora vacía después de haber dormido a los niños para que el sol no los queme a esa hora en que desaparecen las ciudades del trópico porque el sol prohíbe el tránsito de los ancianos y de los niños, entraron en la parte más solitaria de la bahía abandonada.
Seguían siendo las doce. Las puertas continuaban cerradas y los patios no tenían perros que estuvieran descansando por toda la vida del sol de las doce. Candú siguió hablando sola, quizás con los gatos silenciosos que la seguían, mientras contemplaban el aceite escurridizo de algún barco. Caminaron por toda la orilla, hasta la mina de sal, sin ver la sombra milenaria de algún pez diminuto, ni el retorno de un ave sospechosa. Sólo el aceite evaporado que desdibujaba sus rostros y un repentino viento que venía de las profundidades del horizonte, volvía a mecer los botes amarrados a un poste cortado de prisa.
-Debe ser un puerto de pescadores solamente.
-Sí, no cabe duda de que hay algunos pescadores. A lo mejor están en alta mar y no vienen hasta mañana. No pueden llevarse toda la familia a pescar, los perros, los pájaros, los gatos. A esta hora puede ser normal la ausencia, el aburrimiento. Tal vez vuelvan a las dos. Esperemos. Mejor sigamos conociendo el pueblo hasta que algo pase.
Regresaron por la acera opuesta de la calle principal mirando que las casas no tenían número, cada una estaba identificada por un color borroso y las calles no tenían nombres en los postes derruidos, sólo imágenes de pájaros. Luego a medida que caminaban, miraban hacia atrás y aquel pueblo desaparecía. Ya no había bahía.
El sueño de repente borraba el recuerdo, la imagen de aquella viejita que pedía frente al correo de la zona colonial, muy cerca de la casa del comendador Ovando, desde allá se puede ver el río Ozama. Un felino como yo, que he recibido la información de mi abuela, no tiene suficiente autoridad para recordar cómo llegaron los hermanos de ella a esta media isla. Sólo recuerdo que ella vino a la Avenida Isabel la Católica y llevó la carta a la oficina postal para sus familiares de Puerto Hermoso de quienes nunca recibió respuesta. Luego se acostó en el catre cerca de la sifilítica que se vino a vivir con nosotros desde el principio y durmió hasta que 105 gatos caminaron una y otra vez sobre su cuerpo debilucho de dos siglos. Luego se despertó por última vez y me dijo:
-Viene el barco, no lo pierdas, abórdalo inmediatamente, antes de que vuelva a irse y no tengamos esperanza.
Desde la bahía vimos que el barco encendió las luces y una mujer joven, parecida a la abuela, a la foto que se ha comido el tiempo y el silencio, se irguió e hizo ondear un pañuelo de muchos colores, que a medida que se alejaba se convertía en una gran bandera blanca de tonos indefinidos atada para siempre a ese mástil del tiempo y del olvido.

1 comentario:

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