martes, 31 de julio de 2007

Carmen Pérez Valerio: poesía

(Olga Siclair: Personaje)



Carmen Pérez Valerio. Nació en Santiago de los Caballeros, República Dominicana, el 7 de marzo de 1960. En 1985 obtuvo el título de Licenciada en Educación –concentración Filosofía y Letras- en la hoy Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, donde más tarde pasó a laborar como profesora del Departamento de Humanidades y directora del Departamento de Publicaciones por varios años. Actualmente es encargada de la Unidad Editorial de la Dirección de Comunicaciones Corporativas de la misma Universidad y asesora cultural del Ateneo “Amantes de la Luz, Inc.”, institución cultural centenaria de la República Dominicana.
En 1988 realizó estudios en la Universidad Tecnológica de Santiago, obteniendo el título de Magíster en Ciencias de la Educación -concentración Investigación Educativa-. Ha realizado estudios de postgrado en Cultura Afroiberoamericana, en la Universidad Católica de Santo Domingo, conjuntamente con la Universidad de Alcalá de Henares, (2000). Además, estudios de Formación y Capacitación para Editores Universitarios, organizado por el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe, en San José, Costa Rica (1993).
Ha desarrollado una amplia labor de vocación y servicio en la promoción cultural, en su ciudad natal, por más de 20 años. Desde muy joven estuvo integrada a la docencia y trabajó en la Formación de Maestros Primarios en la Escuela Normal “Emilio Prud’Homme” por más de 15 años. Se desempeñó como directora de secundaria en el colegio de La Salle de Santiago, profesora de secundaria en varias instituciones educativas de Santiago, y directora del Instituto Juan Pablo Duarte.
Es editora fundadora de la revista “Amantes de la Luz”, así como fundadora y líder de grupos y tertulias literarias. Como gerente de Cuesta Centro del Libro en Santiago, fundó y dirigió por varios años un ciclo de conferencias semanales sobre diferentes tópicos del ámbito científico-cultural.
Ha publicado trabajos de ensayo y artículos en periódicos y revistas, así como dictado múltiples conferencias y conversatorios sobre tópicos culturales, educativos y crítica literaria. Algunos de sus trabajos poéticos, narrativos y ensayísticos han sido publicados en las antologías literarias del Movimiento Interiorista; en la antología de la Poesía Contemporánea de Santiago, en al Revista Amantes de la Luz, en la Página Web de Palavreiro, Palabra Diversa, entre otros. Es autora de los poemarios Rumor Cotidiano, Canto a la muerte enamorada, y el libro de ensayo Paisaje de Luz, en homenaje al pintor santiaguero Leo Núñez.
Ha colaborado, además, en varios proyectos de investigación de la Regional de Educación de Santiago, el Plan Estratégico de Santiago, la Secretaría de Cultura, produciendo varios documentos que han sido publicados en formato de libros.
Presidió por dos años la Centenaria Sociedad Cultural “Ateneo Amantes de la Luz, Inc.” de cuya directiva es actualmente Secretaria General. Desde esta institución ha venido
realizado un amplio trabajo cultural, así como aportes significativos encaminados a la captación de recursos, la automatización de la biblioteca, la implementación de sistemas tecnológicos para el acceso a las informaciones, el resguardo del patrimonio cultural, entre otros.
Ha sido miembro de las directivas de la Sociedad Cultural “Alianza Cibaeña”, de “Casa de Arte”, y del Instituto Duartiano de Santiago. Además, dirigente del Ateneo Insular y cultora del Movimiento Interiorista.

Por su labor de promoción cultural ha recibido reconocimientos de la Secretaría de Estado de Educación “en atención a sus méritos intelectuales y estéticos, su valiosa ejecutoria cultural y su aporte creador al desarrollo del arte y la cultura en la República Dominicana”, (2000); del Ateneo Insular, Inc., “por su valiosa contribución intelectual, espiritual y estética a favor del crecimiento literario del país expresado en su apoyo al Movimiento Interiorista con su labor de organización, promoción y creación”,(1999); reconocimientos del Ateneo “Amantes de la Luz, Inc.” (2000), del Colegio Cardenal Beras (1998); de la Escuela Normal Superior “Emilio Prud’Homme” (1998), del Círculo de Escritores de Santiago (1995); del Programa Ser Mujer; del Ayuntamiento de Santiago (2007), entre otros.




RUMOR COTIDIANO

POR CARMEN PÉREZ VALERIO




OSCILANDO EN AURORA

He aquí mi frente
abierta al sol
templo de palabra
y silencio
lienzo amurallado
oscilando en aurora.



DESCIFRANDO LA MEMORIA

Transito el asfalto
descifrando la memoria.
Camino los extremos.
Percibo esa otra forma
que atrapo y se diluye.
Trazo líneas sobre piedras.
Invento números para fechar durezas,
luces encendidas,
eras,
hombres desnudos.
El fuego arde en la neblina,
en la amapola,
y sobre mi cabeza
el tiempo,
siempre el tiempo.



SUEÑO INÉDITO

Frente a mí
la ciudad inerme,
mutación de ausencia
endurecida en el viento,
arcilla que bebe
el sabor del mar.
Recorro su espacio,
plenitud sensible
en el instinto del barro,
sueño inédito
de las cosas sin nombre
que el rostro evade.
Camino sin prisa
hacia la posibilidad de la presencia
retenida en la verdad de su forma,
y mis ojos ya paisaje de lluvia
regresan al manantial.
Todo fluye en el redil de la tarde,
palabra,
línea,
imagen y silencio…
la multitud me acoge
en su rumor cotidiano.



LEJOS DE MI

Sola,
lejos de mí,
bebo el azul amanecido,
la inmensidad de calles
entrecruzadas.
Vivo y pienso.
Discurro y muero.
Cualquier lugar
es un refugio distante,
cobijo del fuego inquieto
en duelo con la brisa.



LADRIDO JUNTO AL OCIO

Hoy
me sorprende la noche
en el cansancio de un día más.
Recorro las mismas calles,
justifico su presencia
en el gesto que acontece.
Repaso su piel extendida
en el umbral del luto.
Repito el saludo
que apenas se escucha
y escucho.
Todo gira en este ser y no ser,
en el ladrido junto al ocio
que vaga hasta quedarse dormido.
Sentir,
seguir siendo.
Al despertar
se vuelve a las mismas sombras,
con los mismos fantasmas.
Pasan los minutos,
las horas,
el día
apaciguado en el sueño.



LIENZO DEL TIEMPO

¿Qué afán mueve
el pincel de espuma
que arranca la vida y la florece?

Así esperamos
en el lienzo del tiempo
el olvido que la retorna.



SENDEROS DE OLVIDO

¡Oh barro que me acoges!
¿Qué extraño vínculo nos une?
A veces me siento profunda en ti,
y otras,
lanzada al vacío de tu soledad.
¡Oh manantial
que late en mi sangre!
No sé si me recorres
o si deambulo
por senderos de olvido.
Todo nace en ti
y todo muere
en este latir constante,
en esta quietud inquieta de la tarde,
en la incertidumbre de un amanecer
que no sabemos si llegara.
¡Oh extraño juego de la memoria!
que muere cada día,
que crece desde sus entrañas
y desciende por tu cabellera verde
tras la huella de pasos borrados.
En algún lugar me habitas y te habito,
dispersa,
diluida,
descendiendo por tus abismos
o navegando el azul
entre dos cuencas de llanto.



CUANDO CAMINO

Tras esta ventana
se desvanecen las formas
cuando camino.
Me detengo…
y soy olvido.



UNA VOZ ALLÁ AFUERA

Una voz allá afuera
me llama.
Abro la puerta.
Camino repitiéndome
en las paredes y el asfalto.
De regreso,
si sombra se alarga
en su fatiga;
sin embargo,
aún escucho mi nombre
calle abajo.
Alguna vez
he de encontrarme.



ME BESAS LA MIRADA

Me besa la mirada
y me entrego
a este mundo real,
alucinante…
buscándote,
buscándome
en la vorágine de lo absurdo,
del límite,
de lo incomprensible.
Te nombro
y me encuentro nombrándome.
Un grito.
Un eco.
Vadeo la anchura
desangrándome en cada paso.



RODANDO EN TIEMPO

La piedra observa lo duro de su forma,
el frío corazón que justifica su existencia.
Yo, que sólo entiendo de mudez,
busco en el tacto su memoria,
en el fuego de la caricia inocente,
en el pecado de Magdalena
y mi duda rodando en tiempo.
Algo muy parecido a la nada
se dibuja en el silencio de tu vientre,
efímero en la mirada que empieza a entender.
¿Cuántas vidas tocaron tu cuerpo aniquilándose?
¿Cuántas muertes se refugian en mi morada?



CAMINO SILENCIOSO

El abismo de la noche
me observa
como un escarabajo
que se suma a la vigilia.
Lo acojo en mi insomnio,
camino silencioso que se alarga,
y vuelvo al alba,
corriendo el día
hacia ese otro olvido
que aguarda impasible,
hueco endurecido
donde anidan mis cosas
sin saber si me reconocen.



ASOMBRO DEL SILENCIO

El asombro del silencio
se recuesta en la calle,
repetido en mi
devora su propia muerte.
Un semáforo
marca nueva ruta.
Avanzo…
y un leve temblor
resucita la luz
en la transparencia
del asfalto.
Todo gira
en su instinto de ser.




DESVISTIÉNDOME

El sonido de un tamborcorre calle abajo.

Olor a ron y sudor

llega de los cuerpos desnudos de la noche.

Desde aquí,
un gato maúlla,
y puedo ser yo desvistiéndome,
adentrándome a tus rincones
de luces artificiales.
Algún borracho en el contén
recuerda su miseria
precipitándose a la nada.
Camino sin prisa,
esta calle podría terminar
en cualquier esquina
o continuar infinitamente
hacia otro día,
y ya no escucharía al gato
que continúa maullando.



INVENTANDO FORMAS

El sol me baña
y me contiene.
Somos extraña sinfonía
inventando formas
sobre el camino.
Me extiendo en imágenes,
en contornos,
y me sorprendo
tratando de alcanzarme.



MADURA DE PENUMBRA

Esta noche envejece
hacia el día que la muerde,
hacia el amparo del musgo
que la abruma.
Esta noche
es otra noche que se abre
a lo oscuro de su forma,
rasgando con sus raíces,
desquebrajada en aliento y ceniza.
Esta noche se multiplica hasta mi orilla,
madura de penumbra.



REGRESO AL SUEÑO

Regreso al sueño
disperso en la huella,
corteza de murmullo
conjugado en caracol.
Avanzo
en el ropaje que se ahueca,
acumulando distancia,
retornos,
voces.
Mi sed
no es de azul ni de horizonte,
me viene del alba
renacida en la amapola.



EN PLENITUD

Sólo hay calles,
pies desnudos,
horizonte que agoniza,
noche naciendo
bajo el ala que pasa.
Me detengo en la brecha
vigilante de la penumbra
a escuchar el rumor del vuelo,
y mi corazón se posa
en el remanso del viento.
¡Qué aliento sigue la quietud!
¡Qué mano enciende destellos
de luz sobre el pavimento!
Trémula, acompaño su andar
en plenitud de conciencia.



RÍO DE AMAPOLAS

Este caminar
me lleva a la imagen
parida del barro.
Escribo su nombre
y un río de amapolas
se desliza con la neblina
inventándose.


MIRADA RODANTE

Despierto
y entra de golpe el día
aferrado a su existencia,
confundido en sus voces,
con sus brazos extendidos
en la caricia
atrapando caracoles dormidos.
Me defino en su contorno,
en su mirada rodante
en la confusión del regreso
y nuevamente despierto
corriendo hacia mi,
buscándome
en cada rincón de la casa,
escribiéndome en páginas sueltas.


DESNUDEZ DEL REFLEJO

Camino la lluvia,
la desnudez del reflejo,
esa otra verdad bajo mis pies
de colores difusos,
inconclusos,
diluidos en signos.
Y nuevamente
la lluvia,
la neblina,
en su vaguedad
danzan mi regreso.


SINFÍN DE VOCES

Vibro en el fluir de estos pétalos,
surco su forma
y un sinfín de voces hieren
la conciencia tímida del recuerdo,
el dolor,
el silencio,
este caminar por lugares espaciosos,
el desencuentro.
Pasos,
más distancia,
la angustia de vivir precipitándose
hacia esa otra verdad,
la verdad del olvido y el abandono,
del no ser y tener la certeza
de este latir constante,
de tantos seres repetidos
en la memoria,
cabalgando sueños,
para desembocar en la hondura
de tus ojos inciertos
por donde asciendo
sin comprender
porqué se deshojan las mariposas.



NADA ME ES FAMILIAR

Hoy nada me es familiar.
La ciudad llueve
Anónima,
Insondable.
No reconozco mi nombre
ni mi estatura
desdoblada bajo el pavimento.
Un semáforo
ordena a mis pies detenerse,
sin embargo sigo avanzando
hacia la próxima esquina
y solo recuerdo
su luz roja intentando
alcanzarme.
La sigo con la mirada
hasta perderse en esa otra esquina
que no veo
pero presiento.
Ya no corro,
al fin he llegado.


EXTRAÑO LABERINTO

Detrás de esta ventana
hay un espacio que habito
y me habita,
un latir de barro,
a veces un grito
-extraño laberinto
de mi sentir-
en río de amapola
se escapa por las venas
y me besa,
me besa.
Despierto en el musgo,
florezco con el viento
y de nuevo te encuentro
en la cruz.


MUECA SIGILOSA

Distancia,
ausencia,
insensible faz de la muerte
con su mueca sigilosa,
el otro rostro de la luna.
Eternidad
palabra,
solo palabra,
enigma profundo de la luz,
abismo inventado
para desafiar a los dioses.


DANZA INFINITA

Te busco en unos pasos
que envejecen,
en la danza infinita del viento,
en el oleaje del padre.

¿Dónde están tus huellas

que ya no marcan el regreso?


HILANDO TU ROSTRO

Me sorprendo entre rocas
elevadas sobre voces,
hilando tu rostro
en la confusión y el delirio.
Emerjo en surcos y anocheceres,
en el perdón que gravita
el viejo tronco suspendido,
espacio latente de olvido
por donde corre el éxtasis
y la espera.


EBRIA DE EXISTENCIA

El arpa se detiene en el crujir
de tus maderos,
mis años olvidan el cántico
de tus sienes
que llenó las ánforas del viento
-rumor de vida
fluye del silencio-.
Las amapolas proclaman tu retorno,
desangradas sobre la purísima
vestimenta que me arropa,
ebrias de existencia.


CABALGANDO EL SUEÑO

Hay sueños en los ojos
de este mar,
de esta arena que me desdibuja.
Me abrazo a la humedad,
avanzo deshecha en espuma,
en gotas derramadas.
Soy mar
susurrado en coral,
cabalgando el sueño
primigenio de la luz.
Retengo voces
en los contornos del caracol
y nacen lunas,
rostros antiguos
duendes hilando.


PRESENCIA

Una gota te contiene
y me contiene
asida al asombro.
¿Dónde te has ido?
¡Oh mar!,
tu clamor me abarca
en eterna presencia.



CUMBRES DE AMAPOLAS

Esta multitud que habito
me posee,
la vida brota en vértices.
Crezco y me diluyo en superficie
sin reconocerme.
No hay edad en estas rocas,
sólo murallas y sobre ellas
la ciudad
deshabitada,
sin palabra.
Alguna huella me recuerda el camino
en tu geografía inexplotable,
ascendiendo y descendiendo
cumbres de amapolas


EN VIGILIA

El río y la noche,
cómplices anónimos de su muerte,
me suman al tropel.
Aferrada al último recuerdo de luz,
en el temblor de los espejos,
fluyo hacia el alba que florece
y permanezco en vigilia.
¡Cuán lejos estoy de la mañana!


HACIA LA ESPIGA

Bajo el naranjo,
hacia la espiga,
transita la luna.
Lejano verbo murmurado
en notas de cáliz.
El amor permanece varado
en plenitud de siglo.


ABRAZO LÍQUIDO

El árbol gime
en la espiral que envejece
y una a una vuelan sus alas
al lecho que espera.
La noche,
en abrazo líquido,
asciende sus raíces
al duro corazón blando de hojas.
Danzando con el viento su ronquido
me sumo al murmullo
en procesión de luciérnaga.
Escudriño el límite
en lo vertical de su huida
y sobre mi cabeza una lágrima
humedece la noche.



SOLEDAD QUE SE PROLONGA

La oficina es estrecha,
inmensos los espacios
que crecen hacia dentro.
Desde la silla recorro las paredes,
asciendo sus caminos verticales
hacia el techo que espera.
Me confundo en la blancura de su cielo
y me observa impasible
con los brazos extendidos
sobre la madera del escritorio.
Dibujo palabras
sobre la página que interroga,
me adentro a lo plano de su superficie,
escudriño su límite…
Me encuentro de regreso
en la estrechez
y estoy sola
caminando.
Todo huye,
se evapora,
se consume.
Los papeles vuelan en hastío de tiempo,
columna de tinta se desliza en el aire,
me hiere la memoria,
transita por las venas,
camina conmigo.
Me deshago,
desciendo calles,
túneles,
aceras,
voces que se pierden en paredes,
diseminan,
preñan.
Me sumo al eco y me multiplico.
Florecen alas al tiempo.
La oficina es estrecha,
espaciosa hacia adentro.
Hay un cansancio despierto,
lleno en el vacío de los pasos
en un transitar descifrando los rostros
que reinventa el tiempo.
El tiempo nace en la herida y sangra
La vida es soledad que se prolonga.


ENTRE PAPELES

El día se agota
entre papeles,
en el aire acondicionado de la oficina
que añora el sueño tras los cristales.
Y de nuevo
la extraña costumbre de las pupilas
buscando correr hacia esa otra verdad
de edificio y calle,
de tierra y mar
A lo lejos
montañas erguidas,
firmes,
esperando que la ciudad las alcance,
las bese,
las devore.
El mar,
duro y azul nace en este escritorio
y me baña.
Me reclama ese otro mar que no conozco
y vive en algún lugar de la memoria
danzando el sueño hacia la orilla.



HACIA EL DÍA

El camino va hacia el día que fluye,
los caminos se juntan en el día que duerme,
el tiempo se hace noche,
yo, solo la veo pasar.



LÁGRIMA BAJO LA NOCHE

Me tejo en días,
cada hilo me desgarra en su viaje.
Una palabra asciende quemando el viento
y vuelvo con la lluvia a refrescar el camino.
El tiempo,
araña detenida en su laberinto,
descansa en la oscuridad.
Hay lágrima bajo la noche.



RISA DEL MAR

La tarde riela
palpando el regreso de la noche,
despertando el mar y su rugido,
encallada en esa pradera líquida
en el temblor transparente del estupor.
Reconstruyo castillos
abandonados desde niña
sobre la risa del mar
que se desliza en su inocencia.
Y brotan soles amarillos,
peces que florecen en blando
silencio de algas,
seres helados
recorriendo el camino del coral.
La tarde es agua y me baña.
Ahora todo se hace liviano,
la luz que se refleja,
el latido de horizonte que aguarda,
la tarde que nace en la tarde.


OLFATEANDO EL GUSANO

He vagado por las calles
recogiendo sueños,
adentrándome a la tarde,
a la dejadez,
a la entrega.
Minúsculos seres
me miran desde la sombra.
Todo vibra,
confluye,
río que se desborda
en este abismo de los sentidos.
El horizonte agoniza,
me suma a su muerte
resguardada en la noche.
Desnuda de alas
desciendo a la marisma
y me sorprendo
olfateando el gusano
en el vaho húmedo
de vuelta a la luz.


PASOS QUE SE ENCUENTRAN

Hoy
he encontrado la huella
de mis pasos
desenfadados de resabios
en su alfombra de polvo.
Hoy
en el vuelo de la mariposa
he dejado escapar
la luz de la tarde
atrapada en mis ojos.
Hoy
todos los pasos se encuentran
en este cruce de caminos
donde un farol encendido
aguarda el regreso.



CLARIDAD DE LLUVIA

La noche deambula
en claridad de lluvia,
fugitivo reflejo de callada ternura
donde el día cuelga su ropaje.
Yo dejo en su abrazo mi memoria
y me deshago en ecos
hasta la corriente mansa del abrigo.
Mi corazón ya mojado
reposa en la apacible luz de tus ojos
que acallan las voces
y me suman al silencio.



DE VUELTA A MI ORIGEN

Camino el instante
disperso de la noche,
multiplico ecos
de latidos inciertos
confundida en la sombra,
en la espesa forma que la habita.
Bebo el agua atrapada en mi huella
y me derramo en tu cielo
de vuelta a mi origen.



ES QUE ESTAMOS TAN SOLOS

Te pienso
y un chorro de luz
se filtra por cada célula
de esta extraña estructura
que aun no conozco.
Hay polvo lejano
en mis pies andariegos
y algún rastro de sol resucitado
atormenta el recuerdo.
Te reproduzco en mis días
cansados de ausencia
y resuena en mi pecho
el rumor inasible de sus hojas.
Es que estamos tan solos
habitados por la noche
y la llevo dentro.



BAÑADA DE LUZ

Hay palabras que se encuentran
detrás de esta puerta
que se resiste a ser abierta.
Peces que danzan
el sueño del mar
lavando los pasos
en su viaje interminable
de arena y espuma.
Risa que se adentra en la tarde
y me toca los labios
en su huida de horizonte.
Me escribo en página
de cielo y de sal
y vuelvo
a la fuente del arcoiris
bañada de luz.


DE REGRESO AL VUELO

Heme aquí
suspendida en el horizonte
escuchando la noche que acecha.
Heme aquí
recogiendo las palabras
cinceladas con la llama de tus dedos,
caídas sobre el rito y los dioses
en el ultimo carnaval del invierno.
Heme aquí
arrebatando tiempo a la lluvia,
multiplicada en el pozo,
descifrando sus espejos.
Heme aquí
expandida en amplitud desbordada
de regreso al vuelo.



TROPEL INCIERTO

Ebria de oscuridad
y cansada de silencio
me confundo en imágenes dispersas
en tropel incierto.
Hundo mi cabeza en tu solaz
y fluyo manantial naciente,
extraña red que me posee
aferrada a tus rodillas.
Escudriño voces
derretidas en la noche
y anido en tu frente,
punto diminuto
de eternidad.


RINCONES DE LA NOCHE

El viento golpea los rincones de la noche
galopando la calle en su monótono ondular.
Pasos que se alejan deambulando sueños,
pasos que regresan aleteando en los cristales.
Una luz se enciende resistiéndose a la noche,
cargando con la sombra hasta el amanecer
en el gemido enojoso del abrazo.
El viento es una masa uniforme que
toca los cuerpos y los precipita
hacia la calle despierta,
cansada de repetirse,
ahogada en el vaivén de los espejos.
Por aceras corre la lluvia
derramada en luz sobre el pavimento.
El viento se desliza en su aliento frío,
vence la ciudad y su rostro de insomnio.
La noche avanza lenta,
cargada de presencia,
tropezando con su sombra,
girando en la espiral indefinida de su canto,
en nubes de espasmos
que beben el vaho denso de su sangre.
El viento gime,
se acerca,
se escapa,
puebla la noche y mi pupila,
roza el pecho llovido bajo sus alas,
el cielo posado en su espalda,
el vientre preñándose
sobre la espesura,
sobre ramas desnudas,
sobre el espejo.
Bajo la lluvia la ciudad duerme
y despierta en cada esquina,
en cada calle donde duerme el recuerdo.
La noche es ternura
que se filtra por la ventana,
inocencia que se revela y aniquila
llevando a cuesta la esperanza.


DONDE SE DESHOJA EL VIENTO

Lejos del amanecer peregrina la sombra.
Todo crece hacia la noche que lo aniquila.
El cielo cae donde se deshoja el viento,
vela los esqueletos en su murmullo de sueño.
En lágrimas del Padre
talla el día su último retrato
y descubro mi casa
en el milagro de la penumbra.


FUGITIVA TERNURA

La tarde me devuelve sus voces,
mariposas amarillas que caen
una a una bajo la lluvia
en fugitiva ternura.
Asciendo su vuelo
hasta el fondo del pozo
ciega de luz.



QUEJIDO HACIA LA LUZ

Pasa lenta la noche
en su quejido hacia la luz.
Cubre su manto
la iniquidad del horizonte
conjugado en renacer de amapolas.
La heredad acoge tu llegada
y me libera.



INSTINTO VERTICAL

La noche despierta
el instinto vertical del mar.
Vuelvo los ojos a su totalidad
ciega de reflejos,
callado perplejo que huye
en los pies del viento.
Y estás en mí,
antes de mí,
después de mi
en el sueño tallado de este mar,
de esta noche que afirma su existencia
negándose,
existiendo en ese otro yo
que me asiste,
que hurga en mi tacto
el sueño de las cosas.


AL PIE DE LA LLUVIA

Tu presencia se multiplica en la tarde,
en el hombre que duerme su dolor milenario,
gusano que sueña con el ropaje del vuelo.
Yo solo observo
el milagro al pie de la lluvia,
ángeles jubilosos pariendo en la luz,
ensayando su tacto en el pavimento.
Me adentro al aposento de su olvido
masticando la huida,
palpando el regreso,
tisonando el fuego de la imagen.
De la tarde desquebrajada
asciende el soplo de las cosas
que reposan en su memoria
y hacen que me quede reflejada en tus ojos.


VASTEDAD DE LA COSTUMBRE

La ciudad ignora el fuego
que muere con la tarde,
las cosas habitadas por los cuerpos,
la existencia de la noche
en la memoria de la oscuridad.
La ciudad ignora lo vacío de sus rincones
amurallados de olvido,
poblados de fantasmas
en la vastedad de la costumbre.
La ciudad ignora
que se queda y se va,
el chirrido tras la puerta,
la mudez de la huella,
la soledad que vive en la soledad.
La ciudad no recuerda que me ve pasar
con el corazón puesto en su herida,
corriendo al borbotones por sus venas,
muriendo cada día en su huida.



RUMOR COTIDIANO

POR CARMEN PÉREZ VALERIO


Nos queda tal vez
algún árbol en la ladera
para que la volvamos a ver todos los días;
nos queda la calle de ayer
y la mimada felicidad de una costumbre.

Rilke




Era un hermoso y húmedo paraje incrustado en la cordillera septentrional, bordeado por la cañada y el arroyo que llevaban su nombre. “Bellaco” era un paraíso alto y a la vez profundo. Se elevaba perpendicular a la carretera de Palo Quemado, Santiago, unos siete kilómetros montaña arriba. Desde los tres primeros kilómetros, bajando por la carretera que une la Cumbre de Puerto Plata con el poblado de Tamboril, se le podía observar dormido en el fondo del precipicio. Pendientes que grabaron en mis primeros cuatro años de existencia los crueles asesinatos de las hermanas Mirabal y Donato Bencosme, cuyo ojo de cristal guardaba celosamente mi hermano paterno. Tan celosamente como guardábamos nosotros la historia contada y recreada constantemente por testigos vivientes del lugar que fueron cómplices del silencio interrumpido en aquella noche donde el caudillo descargaba sus garras sobre cuerpos frágiles y mentes agudas, cortando las palabras y el aliento de la vida.

Camino hacia abajo, el paso empedrado del Convento se poblaba de seres blandos y livianos que acompañaban a los transeúntes largos trechos de camino y luego desaparecían. Posiblemente, entraban a la cueva de los indios que se abría tras la cortina de agua de la cascada del río en el Convento. Esta daba acceso a un antiquísimo pueblo indígena que había sobrevivido a la época de la colonia y cuyos habitantes, protegidos entre las piedras y la oscuridad de la noche, se paseaban y bañaban bajo la luna que se filtraba entre los elevados árboles que protegían este lugar exótico, misterioso y envolvente como una madeja que se teje finamente entre el cielo y la tierra.

La música que fluía del arroyo y la cañada pobló los primeros años de la niñez; a veces con notas suaves en cuya melodía fresca se paseaban los pensamientos y los pies descalzos buscando el juego líquido y azul sobre la arena, mientras las manos traspasaban el blando espejo para recoger las piedras de colores, las de forma de corazón o cualquier otra figura a la que daba vida la imaginación desbordada con la vegetación.

Otras veces, el río se transformaba en un vegetal líquido cuyo cuerpo agigantado se contorsionaba golpeando las piedras y los árboles, llevándose en la violencia de su cuerpo la tranquilidad de los días y el sueno de las noches.

Entonces, un miedo duro y frío penetraba la piel hasta convertirse en temblor bajo la sábana donde jugaban caballitos y mariposas que se apretaban en su tejido suave contra el cuerpo, en un abrazo protector y divino.

Afuera, el monstruo líquido continuaba su furia queriendo ablandar las piedras a su paso. El arroyo corría, corría la noche y también nosotros, al amanecer, para contemplar desde la elevación más próxima la lucha donde piedras y árboles medían sus fuerzas con el río implacable y firme en su carrera montaña abajo.

Y esperábamos, esperábamos el pasar de los días y de la lluvia que hacía un monstruo de aquel manso niño de agua. Bajábamos hasta su piel transparente extendida sobre la arena y las piedras recién lavadas, formando pozos profundos, nuevos charcos que invitaban a la frescura, al juego, reinventándose en otras aventuras y descubrimientos.

Por las tardes, cuando la lluvia cesaba por el cansancio, el sol nos transportaba a la amplia sabana, frente a la casa que mi padre había construido para su familia. Allí montábamos el caballito blanco, obsequio que hacia realidad el sueno más preciado de mi hermano. Tirábamos la pelota, jugábamos “belluga”, danzábamos descalzos sobre la grama fresca, nos deslizábamos sobre su verde superficie dando vueltas y vueltas hasta que nuestros cuerpos, extendidos boca arriba, giraban con la sabana, las flores del patio, la montaña, abrazados a la alfombra mágica que nos llevaba en sus cuentos de hadas.

En época de lluvia, la familia compartía más de cerca. El arroyo se hacía peligroso, la sabana y el barro mojado obligaban a refugiarse en el calor de la casa, sobre la superficie cálida del piso de madera bien pulido.

Al lado de mis hermanas mayores, sentadas todas al borde de la cama, conocí de sus gustos, su palpitar, sus amores. Anduve entre sus cuentos, sus poesías y sus canciones. Los personajes de cuentos infantiles y populares colmaron mi imaginación, con ellos hablaba, jugaba y reía mientras caminaba, corría por el patio o le hacía una travesura ingenua a mi hermano.

Esos personajes me enseñaron, en los años más tiernos de mi infancia, a hacer algunos cuestionamientos, ya que no podía entender por qué las personas que contaban y/o escribían cuentos infantiles los cargaban con situaciones tristes y de muerte.

Para entonces, no sabia que estos cuentos provenían de las tradiciones europea y africana, simplemente los escuchaba, los memorizaba y recreaba en mi propio lenguaje como si siempre los hubiera conocido y llevado conmigo.

Aprendí poemas que mis hermanas escribían en cuadernos muy dibujados, adornados con motivos florales y corazones rojos. Poemas y canciones obsequiados por algunos amigos o que transcribían de la radio y que guardaban celosamente. Pero mi curiosidad desafiaba su inteligencia y siempre encontraba la manera de leerlos y aprenderlos de memoria. Tuve que esperar la adolescencia y primeros años de mi juventud para saber que algunos de esos poemas eran literatura rosa y “buesadas”. Sin embargo, otros me llevarían a conocer a José Martí, Rubén Darío, Lorca, entre muchos más.

Pero un día desapareció el río, la sabana, la casa de piso de madera bien pulido, los cuentos de aparecidos del otro lado del arroyo, las canciones, los poemas y hasta los cuadernos adornados con motivos florales y corazones rojos. También desaparecieron los rezos tras el seto de madera de palma, el rosario obligado al inicio de cada noche, bajo el amparo de la lámpara de tubo que descansaba en la rinconera adornada con los mantelitos de hilos tejidos por mis hermanas.

Todos se habían ido, solo quedaba la atmósfera triste y de muerte de los cuentos infantiles: “Mambrú se fue a la guerra / ¡que dolor que dolor que pena! / Mambrú se fue a la guerra / no se cuando vendrá…/ Por ahí viene un paje / ¿Qué noticias traerá? /…/ Mambrú ha muerto ya…/ Do – re – mi – do – re – fa /”.

Y con Mambrú se fue mi padre, sin darme la oportunidad de compartir la lectura de varias novelas y libros de cultura general que encontré en un armario muchos años después, durante la adolescencia, donde había plasmado su firma y algunas de sus anotaciones. Entonces supe, a través de mi madre y el testimonio de los libros rescatados del silencio, que había sido un autodidacta de amplia cultura y afinado gusto artístico, en cuya biblioteca personal poseía importantes obras y revistas internacionales a las que estaba subscrito. Mediante los pocos libros que llegaron a mis manos, conocí a Víctor Hugo, Thomas Mann, Alejandro Dumas, Hermann Hesse, entre otros.

Los últimos años de mi niñez y la adolescencia me sorprendieron en la ciudad. Desde aquí se hacían lejanos los recuerdos de mis primeros años. La imaginación florecía con paisajes extraídos de Jorge Isaac, Dumas, Emily Bronte, Benito Pérez Galdós, Juan Rulfo, Rubén Darío, Vicente Alexander, Federico García Lorca, Oscar Wilde…, lecturas que iban desde los clásicos hasta las novelitas de vaqueros, muy populares en esos momentos, cuyo alquiler semanal y a domicilio le daba un toque de interés motivado por la facilidad y la moda.

Algunos libros esotéricos, prestados por el padre de una amiga casi hermana que nos visitaba todas las tardes, las largas conversaciones, reflexiones y preguntas compitieron con el juego y las muñecas que siempre tuvieron un lugar privilegiado y propio en la nueva casa.

En esos primeros anos de los 70, también llegaron nuevos amigos y libros. Dos palabras significativas para la época entraron de golpe a mi vocabulario: marxismo y hippy. Aunque mis nuevos amigos eran hippys algo rezagados y, más bien, dispuestos a escribir panfletos y con posibilidad solo de tirar piedras en los liceos públicos de Santiago. Sin embargo, en amenas conversaciones y casi enamoramiento me puse en contacto con la filosofía que ya venía coqueteando desde las lecturas esotéricas.

Conocí, aunque no con profundidad en un primer momento, a los presocráticos, a través de un libro de la colección popular que aún conservo y cuyo dueño desapareció con el fervor político de los 70. Desfilaron los nombres y algunos escritos de Jenófanes, Parménides, Heráclito, Zenón, Anaxágoras, Demócrito. Algunos textos de Marta Harnecker sobre materialismo histórico, Karl Marx y su libro El Capital que a mis doce, tres y catorce años ponían palabras crudas en mis labios, pero que impresionaban a mis amigos “revolucionarios”.

Más adelante llegarían Sócrates, Aristóteles, San Agustín, Unamuno, Ortega y Gasset, Maquiavelo, Cioran. Con el tiempo, algunos libros de filosofía oriental me enseñarían más de la vida que todas esas rebuscadas lecturas de pensamientos y conceptos donde se debatían las luchas de las clases sociales, las ideas del ser y el no ser, la presencia y la ausencia de Dios, la vida y la muerte. Aunque he de confesar que mucho me influyó en la lucha por mis ideales y principios las lecturas de algunas biografías de revolucionarios como July Fucik y Nguyen Van Troi.

Algunos años después entendí y comencé a tener cierta pasión por Miguel Hernández, Lorca, César Vallejo, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, tan metidos en las entrañas de la vida que continúan latiendo en nuestros cuerpos. Con Miguel Hernández vuelvo a recrearme en el campo de mi infancia y con César Vallejo recorro las calles inhóspitas de una ciudad que me es ajena y desconocida, donde estoy de paso, aunque parezca quedarme.

Con Mambrú, también desapareció el nosotros, el compañero-hermano de juegos infantiles y la hermana más fiel a la poesía que rimaba con la inocencia de los seres livianos lo que la vida le iba mostrando. Ambos regresaron a buscar piedras de colores, a hacer charcos profundos y transparentes después del último enojo del río.

Ahora el río es manso y corre por las venas inundando el recuerdo y el luto, esperando que también vuelva a unirme a su juego. Sin embargo, la ciudad atrapa y precipita como un laberinto infinito, como una masa uniforme que se enrosca volviendo a apretar la sábana de mariposas y caballitos sobre el cuerpo, poblando las noches con aliento de fuego.

Al despertar, un camino de soledad se extiende hasta la calle, larga y gris como una serpiente seca bajo el sol. Pero la ciudad sigue ahí, enroscándose en la piel, bebiendo el aliento, haciendo eco el grito endurecido del cemento, esperando que vuelva a llover.


Sobre la poesía de Carmen Pérez Valerio


EL URBANO RUMOR QUE ACOMPAÑA LA SOLEDAD DE CARMEN




Por Fernando Cabrera


Carmen Pérez Valerio con su opera prima, el poemario Rumor Cotidiano, Editorial Buho 2003, nos gratifica grandemente con su doble atrevimiento. Primero desnuda sin tapujos sus lúdicas aspiraciones, sus deseos y carencias viscerales, y luego expande su sensibilidad hasta exceder la cotidianidad del recipiente que la contiene, la ciudad. Si riesgo al expresar el erotismo entre pueblerinos y rígidos cánones, osadía mayor abandonar directrices medievales para estar atenta a sus necesidades inmediatas de mujer y de su tiempo. De los dos, asumir lo urbano, la cotidianidad, sin dudas constituye su mayor acierto.
La ciudad constituye un elemento imprescindible para entender al ser humano moderno, puesto que las calles, las masas anodinas, sus ruidos, lo arropan como segunda piel. Sin embargo, lo citadino ha sido un tópico de uso extrañamente diferido por nuestros poetas, apenas cobró importancia a partir de su depuración en la joven poesía; entonces, y hasta muy recientemente, la ciudad quedó reducida a Santo Domingo, aún más, a las callejuelas de su sector colonial, como resultado de constituirse escenario imprescindible de la revolución de abril de 1965, y posteriormente, como escombro solidario de sus protagonistas y sus utopías frustradas. Precisamente uno de los aportes perceptibles de los autores del sesenta es el uso privilegiado del entorno urbano en la poesía dominicana; la voz lírica, épica en ocasiones, urgida por la acción armada recoge como prisma aquel espacio-tiempo, imprimiéndole, pese a la prisa, características inalienables. En ocasiones, algunos de los poemas de esta generación constituyen mapas, geografías, que incluso permiten reconstruir usos y circunstancias atinentes al conglomerado capitalino.
Entrados los años setenta adquieren importancia las circunstancias de soledad individual y en masa, ya no como turba patriótica, sino como conglomerado de anodinos y desesperanzados. La ciudad, con sus personajes y asociaciones, resulta laberinto de un presente pletórico de casualidades, caldo donde se cuecen experiencias vitales, intensas, efímeras; signadas por una suerte de homogeneización, de uniformidad.
Es a partir de la década de los ochenta con la focalización de la poesía en la interioridad del individuo, que la ciudad, lo urbano, se adhiere como elemento vital, como parte esencial —base y contexto— de la microhistoria, del devenir personal y familiar. En los noventa, con la consolidación en el escenario nacional de poetas que ejercen su oficio creativo fuera de la metrópoli (provincia, USA), la ciudad deja de ser exclusivamente Santo Domingo; aún más, el tratamiento de lo urbano alcanza en esta década mayor vigencia en estos autores menos urgidos por las interrogantes filosóficas y existencialistas en boga. El canto urbano de los noventa lo ofrecerá el coro de voces de la diáspora de los noventa. Para ellos la ciudad es básicamente New York, por densidad de población la segunda ciudad dominicana en importancia.
En poemarios como Planos del Ocio, Eternidades, Ángel de Seducción y Destierros/Curriculum Vitae, el contexto espacial resulta consustancial a la emotividad contenida; en ellos, sobre ciertas nostalgias inevitables, la ciudad de Santiago emerge de lo bucólico a un tiempo presente arrollador, recipiente de crisis existenciales profundas, de sujetos anónimos que las generan y testifican. Otra mirada afín del recién estrenado aire urbano de Santiago es la resultante de búsqueda nostálgica, a veces displicente, de Ramón Peralta en su poemario Eternidades; igualmente, testimonio del vivir citadino íntimo, recogen los libros de José Acosta. Es en estas coordenadas que inscribe su rumor Carmen Pérez Valerio, mujer madura, sola a conciencia; valientemente se arriesga en versos cercanos al habla en los cuales se transparenta a través de las imágenes compartidas de sus sentidos; no se amedrenta: palpa, ve, escucha y presiente; conteniendo en su emotividad a cada objeto, viandante, árbol, calzada y calle. Con libertad enhebra imágenes que humanizan el asfalto y concreto.
La ciudad es el murmullo inevitable y deseado, el escozor que hace llevaderas las durezas de todos los días: "Todo fluye en el redil de la tarde/ palabra/ línea/ imagen y silencio/ La multitud me acoge en su rumor cotidiano"; es la constancia de existencias que no le pertenecen a la voz lírica: "El sonido de un tambor/ corre calle abajo/ olor a ron y sudor/ llega de los cuerpos desnudos/ de la noche/…/Camino sin prisa/ esta calle podría terminar/ en cualquier esquina/ o continuar infinitamente/ hacia otro día/ y ya no escucharía al gato/ que continúa maullando"; es el rezo que confirma a la mujer poeta, no obstante anodina, pensante y sensible. La ciudad, se alimenta de sus pequeñas muertes, de sus irrealizaciones, mas también le ofrece parapeto ("Cualquier lugar/ es un refugio distante"), le sugiere una esperanza, como sugiere Rilke en cita inicial: "la mimada felicidad de una costumbre".
De su lado, esa entidad inanimada, impasible, la acepta maternalmente, abalsama sus carencias, hace soportable el dolor y las ausencias vitales; desde su impasibilidad ofrece la calidez de una compañía leal, segura, suficiente, al tiempo que le garantiza la patria potestad, la autonomía, para la distancia. A su vez, Carmen Pérez deviene en el ruido que puebla las callejuelas de nostalgias: "Transito el asfalto/ descifrando la memoria/ camino los extremos/ percibo esa otra forma/ que atrapo y se diluye/ trazo líneas sobre piedras/ invento números para fechar durezas", del fragor de terribles y personales batallas: "Frente a mí/ la ciudad inerme/ mutación de ausencia/ endurecida en el viento". Constantemente, Carmen es la voz que con nombrarla hace real la ciudad: "Avanzo/ y un leve temblor/ resucita la luz/ en la transparencia/ del asfalto/ Todo gira/ en su instinto/ de ser". Ambas, poeta y ciudad, se confunden hasta la unidad absoluta: "Esta multitud que habito/ me posee/ la vida brota en vértices/ crezco y me diluyo en superficies/ sin reconocerme"; igual sensación de simbiosis destilan los versos: "Una voz allá afuera/ me llama/ Abro la puerta/ camino repitiéndome/ en las paredes".
La poeta sabe de sus profanaciones: "Yo, que solo entiendo de mudez/ busco en el tacto su memoria/ en el fuego de la caricia inocente/ en el pecado de Magdalena/ y mi duda rodando en tiempo"; por eso convierte a la noche en cómplice recurrente, se apropia con exquisita sensibilidad de sus máscaras para seducir, para desear libremente, tanto como de la esencia de un mar necesariamente fantasmal e imposible en un Santiago mediterráneo. Combinados noche y mar devienen en excusa perfecta para adormecer el ser moral y trascender al ético, en donde se expande sin remordimientos: "me sorprende la noche/ en el cansancio de un día mas/…/Todo gira en este ser y no ser/ en el ladrido junto al ocio/ que vaga hasta quedarse dormido/ Sentir". Aun sin abandonar platónicas esferas y místicos preceptos, Carmen se aproxima en la noche a su plenitud sensible: "Me besas la mirada/ y me entrego/ a este mundo real/ alucinante/ buscándote/ buscándome/ en la vorágine de lo absurdo/ del límite/ de lo incomprensible/ Te nombro/ y me encuentro nombrándome/ un grito/ un eco/ Vadeo la anchura/ desangrándome en cada paso."
De dualidades sabe Carmen, por necesidad asume las obligaciones y responsabilidades propias de las madres de pueblo: proveedoras, educadoras y sacrificadas; cuando interiormente hierve en ganas de realización individual: "De regreso/ mi sombra se alarga/ en su fatiga/ sin embargo/ aún escucho mi nombre/ calle abajo/ alguna vez/ he de encontrarme", de alcanzar sus otredades, tanto la cercana a Diana cazadora: "Me extiendo en imágenes/ en contornos/ y me sorprendo/ tratando de alcanzarme" como la heredera de Afrodita siempre presta a realizarse en su pasión: "Este caminar/ me lleva a la imagen/ parida del barro/ Escribo su nombre/ y un río de amapola/ se desliza con la neblina/ inventándose."
En suma, Rumor Cotidiano es el testimonio de una voz que se apropia acertadamente de su tiempo: "El día se agota/ entre papeles/ en el aire acondicionado de la oficina/ que añora el sueño de los cristales"; la cotidianidad se crece en los huesos y carnes de esta mujer osada que deambula una ciudad reflejo de sí misma.

Carmen Pérez Valerio: ensayo

(Olga Sinclair: Elementos frutales)


LA ESTÉTICA INTERIORISTA


La poética interiorista parte de la premisa de que, además de la realidad real y la realidad imaginaria, existe una realidad trascendente, la cual puede ser abordada mediante los sentidos interiores del poeta o creador, quien tiende a desentrañar la esencia de las cosas; es decir, lo que está detrás del velo que marca la frontera de la realidad sensible captada por los sentidos corporales.

El creador interiorista establece un vínculo de comunicación con la realidad o fenómeno que lo apela, de tal manera que da lugar a una relación recíproca, a una compenetración tal que el conocimiento de la realidad aprehendida produce un estado de completud, de plenitud que traspasa el umbral de lo sensorial y el ser se abandona al espacio creador que lo apela, lo atrapa y lo posee en una atmósfera de vivencias intuidas, develadas y reveladas. Es aquí, en este espacio íntimo y entrañable de creación, donde se produce el milagro de la poesía interiorista y de la verdadera gran poesía.

Jacques Maritain, refiriéndose a la poesía, decía que entendía por ésta “…no el arte particular consistente en escribir versos, sino un proceso a la vez más general y más primario: aquella intercomunicación entre el ser interior de las cosas y el ser interior del yo humano…” (1)

Al momento de abordar la realidad que lo convoca, el poeta interiorista debe liberarse del conocimiento establecido o inherente en su razón en la dualidad imagen-concepto, y asumir lo que Maritain denominaba “sentido poético”; es decir, ser uno con la poesía. Ser uno con la poesía implica ser uno con las cosas, participar del fluir interior de éstas, de la poesía que subyace en su apertura develadora y su natural movimiento ascendente hacia la conciencia universal, hacia la conciencia cósmica donde la comunicación se establece cuando las cosas coinciden en sus esencialidades. En esta compenetración y participación del ser en la experiencia de las cosas y en su propia experiencia de la conciencia, está la esencia de la estética interiorista.

En la medida en que el ser individual y único del poeta se expande en su libertad creadora, inherente a su propia naturaleza, abre un abanico de posibilidades para explorar y hurgar nuevos conocimientos de la realidad que le circunda y de su propia realidad de ser y existir, al tiempo que enriquece y eleva su propia conciencia con las experiencias vividas. De la fuente, donde la experiencia vivida desborda al poeta y a las cosas desde las cuales surge el llamado, emana la poesía interiorista. Sin embargo, no es suficiente reconocer la poesía que anida y se desteje en las cosas y en la interioridad del poeta, es preciso que éste encuentre los códigos correctos de comunicación que concreticen su experiencia creadora. Para esto el poeta cuenta con su mundo sensible, sensorial, y la palabra que hace tangible la vivencia en una estructura poética. Este texto poético tiene la misión de transmitir, transparentar y hacer posible la comprensión de la experiencia vivida. Para ello, el poeta se vale de la utilización de recursos poéticos como los símbolos, las imágenes, entre otros.
Al traducir la experiencia estética, el creador no puede perder de vista cuatro aspectos fundamentales: la realidad o fenómeno que lo apela; la experiencia que lo impregna, lo atrapa y conmueve; él como realidad seducida por las cosas; y la actitud unificadora que abarque la experiencia en su totalidad.

Entre el contemplador, creador o poeta, y el objeto o realidad contemplada, se establece una comunicación de reciprocidad donde ambos coexisten en un punto común de conciencia que los potencializa, profundiza y eleva en sus aspectos cualitativos. Cuando el conocimiento o la experiencia estética devela o revela las cosas y sus significados ocultos y profundos, devela y revela también al creador y a su propia esencialidad. La realidad es trascendida por el poeta cuando se produce una simultaneidad entre su conciencia y la conciencia de las cosas, entre su ser y el ser de las cosas. Decía Teilhard de Chardín “Todo lo que se eleva converge”.

Todo lo que existe puede ser abordado tanto en su aspecto exterior como en su aspecto interior. Por consiguiente, el ser humano puede establecer canales de comunicación mediante los cuales obtiene conocimientos de la realidad o fenómenos que los circundan, así como de su propia corporalidad e interioridad del ser. Para ello se auxilia de sus sentidos sensoriales y de sus sentidos interiores. Sin embargo, hay un punto donde las distintas existencias convergen, donde el ser humano no es un elemento aislado en la vastedad del universo, por el contrario, es uno más que participa de alguna manera de la conciencia que unifica la multitud de lo existente y hacia donde todo tiende en la actitud natural de su crecimiento y evolución. Pierre Teihard de Chardín, en su libro “El fenómeno humano”, habla de la existencia de una voluntad de vivir universal que converge y se hominiza en el hombre (2). Pues bien, si llevamos esta idea al plano de la creación, y especialmente al de la creación interiorista, podríamos decir que la realidad trascendente es aquella donde convergen y se hominizan la conciencia del poeta con la conciencia de las cosas.

El poeta interiorista, al colocarse en el interior de las cosas, establece una compenetración con la realidad interior (Bruno Rosario Candelier llama a esto relación empática”) que potencializa su conocimiento de las cosas y fenómenos hacia un espacio convergente y trascendente donde queda abandonado al mundo de la intuición y de la revelación, en el marco de la complejidad de su conciencia y, al mismo tiempo, en las limitaciones de su comprensión y códigos para transmitir y transcribir lo experimentado.

Ahora bien, para lograr llegar a este estado de comunión, de convergencia con las cosas, donde experiencia y poesía son una misma realidad, es preciso profundizar en el hecho poético, agudizar todos los sentidos hacia la vivencia de lo sensorial y esencial de las cosas. Identificar y aprehender en toda su amplitud, profundidad y complejidad las cosas para desentrañar su interior, su esencia. Explorar y fluir en el interior de éstas, y dejarse seducir por su forma especial de ser y existir en un vaivén de la conciencia que se desplace desde el poeta hacia las cosas, para experimentar desde su propio sistema de referencia, y desde las cosas al poeta cuando éste así lo requiera desde su realidad sensible e interior.

Quien logra colocar su voz poética en las cavidades interiores de las cosas y hacer de éstas marcos de referencia desde los cuales da cuenta de su visión del mundo y de su propia existencia, apelado por esa voz universal que lo convoca y la voz poética que lo conmueve, devela la poesía oculta en el interior del Cosmos, donde la vida fluye y sorprende al poeta en su inocencia.

El poeta interiorista en armonía con la conciencia cósmica, va reconociendo el aliento prístino de lo existente, a la vez que va despertando y dejando manifestar su verdadera esencia. Su mirada busca desentrañar los hilos secretos que tejen la imagen donde se contempla y es, a su vez, contemplado el poeta. No se trata de una experiencia sobrenatural, sino trascendente. El mundo que acontece en el arrebato creador del poeta interiorista es real en su experiencia interior, no es un mundo que acontece en su imaginación, en su sueño o fantasía. Descubrir la realidad interior y la imagen que la atrapa, devela o revela es función esencial del poeta interiorista. Entre el poeta y las cosas se produce una fruición que capta la conciencia y que éste traduce en imágenes poéticas a través de un lenguaje que se va haciendo sencillo y cotidiano en el mundo de su sensibilidad y que determina su voz poética peculiar e interior.

El poeta debe establecer una relación cercana entre la palabra y la realidad evocada, entre el signo y la imagen que traduce, de tal forma que logre superar y rebasar la palabra misma; reinventar una nueva forma de decir, de expresar lo sensible desde lo sensible mismo, lo esencial desde la propia esencialidad. La palabra trata de contener la imagen, pero al tiempo que la codifica parece redescubrirla en la atmósfera que la envuelve en su yo profundo, donde su propio ser revelándose carga de significado lo que captan los sentidos. La palabra surge desde un nuevo contexto, con un nuevo significado que se eleva sobre su significado establecido, para dar paso a otros significados que son intuidos y aprehendidos por el yo poético, por los sentidos que se agudizan en el interior y desde allí establecen una armonía que llega a la palabra como la música a nuestros oídos.

Se trata de develar, descubrir y reinventar nuevos conocimientos, nuevas formas de ver y percibir que pueda ser descodificada y plasmada en el hecho poético, de tal manera que, tanto el poeta como la realidad que le atañe, así como la experiencia que lo concita, conformen una unidad de forma y contenido en el texto poético. Su lectura debe produce una conmoción en el lector donde éste perciba o se aproxime al aliento interiorista o al aliento trascendente que impregnó al poeta y que dejó impreso en el poema a través del buen uso de las imágenes y, por su puesto, de su dominio del campo poético.

La imagen en la estética interiorista apunta a develar las cosas, a quitar el velo que separa al poeta de su interioridad y la interioridad objeto de su convergencia. Ahora bien, cuando el poeta devela sus propios espacios interiores o devela los espacios interiores de las cosas o fenómenos, se coloca en un estado especial de conciencia poética donde domina el reino de la intuición y de la revelación. De aquí que la imagen poética, aunque apunte de manera ascendencia hacia lo trascendente, puede no dar el salto y quedar en el mundo intuitivo.

Cuando se traspasa la frontera trascendente o se devela la realidad trascendente, el poeta abandona su conciencia en la conciencia de las cosas y se hace uno con la totalidad de la experiencia; por tanto, ya las cosas les son develadas y/o reveladas; tal es el caso, por ejemplo, que ocurre en los poetas místicos y también, en algún momento, en poetas interioristas que veremos más adelante. La imagen interiorista da cuenta de la empatía del poeta con las cosas y la convergencia que concita la experiencia interior y trascendente. Esto implica que debe reflejar la realidad del poeta, la realidad abordada y la experiencia que desborda ambas realidad y, por consiguiente, que supera la palabra misma que pretende sintetizarla. Decía Platón que “Abandonada a la libertad de su naturaleza espiritual, la inteligencia pugna por engendrar en belleza”.

Cuando el creador participa de los atributos de las cosas en una síntesis vivenciar de ser uno con la realidad que lo apela, las huellas en su conciencia sólo pueden ser seguidas por un lenguaje simbólico, donde el tono empático y convergente tratará de reproducir la atmósfera subyugante donde queda atrapado el poeta. El tono poético interiorista da cuenta de una relación afectiva y cognoscitiva, de una relación interiorista y trascendente, de un punto de convergencia entre el poeta y la realidad que debe quedar atrapado en la atmósfera que envuelve al poema. Por tanto, es preciso que la imagen sea abarcadora y unificadora y de cuenta de ese vaivén de la conciencia que se recrea en un territorio que se va descubriendo y revelando a cada paso. Por consiguiente, no debe ser una imagen oscura ni estática, sino una imagen transparente, diáfana y en movimiento que tienda hacia el umbral de lo trascendente. Si el movimiento no puede quedar expresado en el verbo, sí puede quedar sugerido en la imagen.

A continuación veremos algunos ejemplos donde se pueden percibir imágenes interioristas, el tono interior, e incluso las técnicas que condujeron al poeta por los laberintos interiores. Para ello he retomado y realizado una selección de la selección hecha por Bruno Rosario Candelier en “El interiorismo en las letras hispanoamericanas” (3).

En la selección que hago, he tratado de que los poemas respondan a enfoques diferentes y maneras particulares de enfocar el hecho poético interiorista. Los comentarios realizados no contemplan la obra poética total de los autores, sino, y exclusivamente, el texto que presento.

Comenzaré con un poema de Ramón Antonio Jiménez, donde éste dice:

“Hermano sol / hermana luna / pastando estoy con mi lobo / en la soledad del alto aposento” (“Encuentro con la presencia”)

En estos versos se puede observar claramente ese tono empático y convergente del que he hablado anteriormente, en el que la conciencia del poeta coincide en un punto con la conciencia de la realidad que lo involucra y lo posee. Obsérvese en la imagen “pastando estoy con mi lobo”, cómo el verbo “pastar” da movimiento a la imagen y traduce la acción que está teniendo lugar en la conciencia. La imagen que resulta en este realidad poética parece bastarse así misma, sin embargo, el poeta la potencializa y la lanza al umbral de lo trascendente cuando agrega, a esta imagen que lo refiere, el verso “en la soledad del aposento”. Nótese también que, “Hermano sol” “hermana luna”, actúan como símbolo, en este caso de la condición humana; Sol-luna, las dos caras de una realidad que ya en sí sitúa al poeta y la imagen que debe surgir.

A mi entender, en estos versos y en esta imagen se da gran parte de la valoración que hasta este momento he hecho de la estética interiorista.

Retomo algunos versos de Oscar de León Silverio, donde el poeta empieza dando cuenta de la técnica interiorista que lo va guiando por senderos interiores. Dice León Silverio: “Allí tengo mi rostro / el rostro verdadero / en la hondura del Cosmos / en lo alto del tiempo / más allá del rumor posible / de las cosas / de la lluvia sin voz / de la noche sin sombra / donde el cielo pesa / lo que pueden mis hombros / y la luz se piensa / en remotos espejos” (“En la hondura del Cosmos”).

Nótese, en estos versos, cómo el poeta se centra en una actitud reflexiva, de manera sucesiva, donde permanece y parece no querer o poder abandonar. Esto le impide dejar libre su conciencia a la experimentación de la experiencia. El poeta transita senderos de la interioridad pero no converge con ésta, no da el salto que la trasciende. Por tanto, pienso que es un poema interiorista, pero no trascendente. Vale destacar en estos versos la claridad y transparencia de las imágenes que el poeta logra mediante la forma y las palabras precisas con que comunica. También, la imagen “noche sin sombra”, que contiene en sí misma la idea que expresé en párrafos anteriores sobre el hecho de que la imagen interiorista debe tender a la claridad, a arrojar luz sobre las cosas de las cuales da cuenta el poeta.

En el poeta Pedro José Gris se da un caso muy peculiar. En los versos selecciones se puede ver que la experiencia de la realidad que lo apela le es tan rotunda que afecta su concia hasta anularla y, por consiguiente, parece anular la experiencia misma. Dice Gris:

“Oh ángel marino / hijo desencadenado / Ícaro del laberinto del Sol / oh ángel marino de noche y de luz / belleza y caída, / escancia tu vuelo / a la tentación / en esta terrible noche de la nada” (“La caída”)

En la imagen “terrible noche de la nada”, están convergiendo el poeta y el fenómeno experimentado como realidad imposible de separar. El poeta y la noche confluyen en un punto donde la ausencia del todo es tan radical que la conciencia se sacude ante su eminente desaparición. La palabra “terrible”, usada con mucha propiedad en este contexto, acelera la caída del poeta y, por consiguiente, de la experiencia. “noche” y poeta, las dos caras y verdades de una nueva conciencia totalizadora, se colocan en el espacio trascendente de la “nada”. Nótese, la manera evocadora del poeta en los primeros versos, antes de quedar en un absoluto silencio, cuando exclama: “Oh ángel marino”, “Ícaro del laberinto del Sol”, “oh ángel marino de noche y de luz”. También, nótese, la claridad y presencia de luz en las imágenes, aún sabiendo la conmoción terrible que vive el poeta y que pudo hacer oscuro el poema. Y es que en la conciencia del poeta interiorista toda experiencia se transparenta, ya que la esencialidad tiende a la luz. Un desacierto en este texto lo constituye el quinto verso, “belleza y caída”, que anticipa el final y frena el vuelo ascendente del poeta.

Otro poeta interiorista quien, al igual que los anteriores, constituye un buen ejemplo para clarificar algunos conceptos de la estética interiorista, lo es Angel Rivera Juliao.
Dice Angel:

“Deambulo entre los huecos del silencio / arrastrando su cadáver de niebla / la noche madre vientre anclada en el éter / como un grito en la gravedad del tiempo” (“La noche”)

En estos versos se percibe el tono poético del cual he hablado anteriormente, así como el espacio interior donde se sitúa el poeta, quien “deambula entre los huecos del silencio”. Puede observarse cómo en el verso, “arrastrando su cadáver de niebla”, aparece el verbo “arrastrando” presidiendo la imagen “cadáver de niebla”, imagen que involucra al poeta, quien a la vez es poseído y poseedor. Este verbo da movimiento a la imagen y la potencializa. Esta imagen es ascendida hacia la puerta de lo trascendente con el verso que le sigue, “la noche madre vientre anclada en el éter”. Sin embargo, el poeta, no conforme con la imagen que contiene su intuición, recurre a compararla con “…un grito en la gravedad del tiempo”.

En el poeta Jaime Tatem Brache, se da un tipo de interioridad que me parece interesante dilucidar. Veamos estos versos del poeta Tatem Brache:

“El poema era espacio de lunas / y soles / y lirios / y nostalgias./ espacio de antiguas hidalguías / donde generaciones de fuego jamás olvidaron sus andanzas. / Lo saqué de una habitación de mis recuerdos / allí donde un espacio en blanco me llevaba tu voz / allí donde mi infancia se llenó de luceros / allí donde supe de un río deshecho en huida / y un árbol deshecho en sangre y llanto / allí donde soñé que era murciélago / y el espanto me obligaba a volar en pleno día / y yo andaba tropezando con todas las paredes del mundo / y con la fatiga / y con la soledad / y con el olvido” (Colapso de la confianza).

En este poema de Tatem, se puede observar claramente el punto donde confluye el poema, la experiencia vivida y la conciencia del poeta desplazándose por esos pasadizos interiores que les parecen conocidos, cotidianos, y en los cuales deja expandir su ser. Parecería que el poeta no le interesa trascender estas regiones que lo convocan; sin embargo, lo que realmente sucede es que está inmerso en una interioridad personal y única donde no existe frontera entre los distintos planos, entre tiempo y espacio, sino un único lugar que lo contiene todo de manera simultánea y donde converge la conciencia del poeta. El verso, “y yo andaba tropezando con todas las paredes del mundo”, da cuenta de los distintos planos que el poeta hace coincidir en su espacio interior. En este verso, el verbo “tropezando’, al igual que en otros poetas interiorista, precede la imagen interior que trata de abarcar la experiencia, en este caso “paredes del mundo”. Un desacierto en el verso lo constituye la presencia de la palabra “todas“, que si bien es cierto que trata de agregar emoción y amplitud al verso, éste no lo necesita; y lo único que logra es retardar y debilitar la fuerza simbólica de la imagen “paredes del mundo”. Otro desacierto en este texto lo constituyen los versos “/ y con la fatiga / y con la soledad / y con el olvido/”, subsiguientes a la imagen, con los cuales el poeta trata de potencializarla, pero no se da cuenta que ya está en terreno interior y trascendente, por tanto, no hay nada más que decir después de conjugar la imagen que totaliza la experiencia, fuera de los referentes a ella misma que puedan realmente elevarla o situarla. Nótese cómo el poeta va develando los espacios con palabras luminosas y transparentes, propias del creador interiorista: “espacio de luna”, “soles”, “espacio en blanco”, “luceros”, “pleno día”; y la manera cómo crea en todo el texto una atmósfera donde las palabras más que decir, intuyen, y obligan al lector a participar de esa intuición.

Del poeta interiorista Guillermo Pérez Castillo, retomo la selección del poema “Cementerio de la tarde”

“Un vaho blanquecino entre árboles dormidos / y un leve sol desparramado me entrañan. / El mito de la tarde aún existe… / Algo hay de mí en sus verdores apagados / en esas manchas solitarias / en ese gris transido en rostros. / Pretendo la soledad pero todo me asiste: / solo entre ramas y azahares hay una multitud insólita. / Ahora todo mi universo es fronda / silabario ancestral / brumas desdibujadas y pausas…/ ¿Es vivir ser parte de las cosas? / ¿Es el rocío más bello que el océano? / Busco la utopía / las moradas donde asirme como quien se niega a sucumbir / y sigo con la tarde descrita en luz de luciérnagas / que transitan horadando la oscuridad. / Mis unicornios asidos de dioses cabalgan / y todavía la tarde es luz podrida / cementerio azul, / ráfagas inmóviles de alas / Y retengo entre mis manos la tarde abrevada pero cierta / llena de mariposas sombrías / cocuyos fugaces y un tropel de alas en el sueño / en las lindes de mis ángeles…/ Tarde que es espejo / un pasadizo por donde huyo a encontrarme con mis dioses / de altares prohibidos./ La tarde que urdo y despojo en arco iris extintos en ésta / de luz fallida / de soles oscuros que fulguran los espejos / tiempo detenido que mitiga la luz / la célibe tristeza de los ojos que estrenan sus soles / sus cirios apagados./ Ojos de una instancia errada donde todo es el chasquido / de hojas magulladas desde antes que el tiempo creara su tortuga / su horóscopo de sangre./ ¿Qué tiempo no ha existido aniquilándose? / ¿Qué tarde no fue esta tarde sólo porque mis ojos la negaron?”

En este poema, los tres primero versos sirven al poeta como canal para situarlo en comunicación con las cosas: “Un vaho blanquecino entre árboles dormidos / y un leve sol desparramado me entrañan. / El mito de la tarde aún existe… /”

Ya de entrada se siente la actitud hacia la empatía, y la presencia de la luz tendente a develar las cosas, como se puede ver en “vaho blanquecino” y “Sol desparramado”. “Sol desparramado” es la imagen que marca el punto luminoso en la conciencia del poeta que ya se sitúa en las cosas y en su propia interioridad.

En un primer momento se observa cómo las cosas convocan al poeta, realidad éste expresa con imágenes sensoriales y con la aseveración de que el fenómeno que percibe “le entraña”. De por sí, estos dos elementos, uno sensible y otro de percepción interior, van determinando el tono interiorista del poema.

En un segundo momento, el poeta se intuye en las cosas; dan cuenta de estos los versos “/ Algo hay de mí en sus verdores apagados / en esas manchas solitarias / en ese gris transido en rostros. / Pretendo la soledad pero todo me asiste: /”.
El poeta, al identificarse con las cosas que observa y percibe, obtiene conocimientos de éstas y, al mismo tiempo, de él mismo, lo que le hace decir: “Ahora todo mi universo es fronda”. En este verso, las palabras “todo” y “universo” actúan como elementos totalizadores que abarcan el mundo de las cosas y el mundo del poeta. Nuevamente se percibe aquí ese tono interiorista que señala el punto de convergencia de lo existente. Esta convergencia potencializa la conciencia del poeta de tal manera que lo mueve a continuar escudriñando en actitud de mayores experiencias y conocimiento.

El poeta se da cuenta que no camina solo, que todo su ser y las cosas se mueven junto con él en una dirección ascendente que lo va transformando y que, al mismo tiempo, va transformando las cosas que convergen en él. Esto marca dos aspectos básicamente interiorista: la tendencia ascendente de la conciencia del poeta y de la conciencia de las cosas, y la transformación sufrida por ésta en los movimientos que tienen lugar en su esencialidad.

Entre el poeta y la tarde se establece una unión tan íntima y entrañable que esclarece al poeta y esclarece la tarde misma, lo que constituye otro elemento fundamental de la estética interiorista. La tarde, también, actúa como realidad unificadora del poeta y las cosas. Nótese que la tarde se hace espejo y canal por donde entra el poeta a los espacios de las cosas que convergen en su esencialidad.

En este poema se hace evidente que desde el espacio interior de la tarde donde se ha colocado la voz del poeta, éste incide en la conciencia misma de la tarde y la potencializa hasta elevarla hacia un punto donde ésta le devela, no sólo su propia realidad, sino las realidades que en ella están contenidas.

Imágenes como “Multitud Insólita”, “brumas desdibujadas”, “tarde descrita”, “tarde abrevada”, “tropel de alas”, “ojos que estrenan sus soles”, “sol desparramado”, “vaho blanquecino”... dan cuenta de la experiencia interior y trascendente vivida por el poeta. Nótese que son imágenes que tienden a desentrañar, a develar, a iluminar las cosas. También, imágenes totalizadoras y abarcadoras, como es el caso de “multitud Insólita”. De igual manera, imágenes en movimiento o que sugieren movimiento, como por ejemplo, “tropel de alas”.

En este poema, por encima de la fuerza de las imágenes, se impone la atmósfera que se crea en una estructura poética que pretende ser la experiencia misma, la poesía de la tarde que convoca al poeta en toda su verdad y belleza. Posiblemente, el poema adolece de una fuerte imagen interiorista que sintetice la experiencia, sin embargo, la compensan el tono interior y trascendente que se percibe y la manera cómo el poeta va develando las cosas en imágenes sucesivas y que dan cuenta de su actitud interior.


Notas

1. (Citado por Ismael Bustos en El arte y la poesía en el pensamiento de Jacques Maritain, ensayo publicado en el #328 de diciembre de 1971 de la revista Política y Espíritu, edición de Homenaje a Jacques Maritain, con motivo de cumplir 90 años de edad).

2. (Pierre Teihar de Chardín. Ver. “El fenómeno humano”. París, 1955; Madrid, 1963). (Bajado de internet)

3. (Ensayo publicado en el libro “El ideal interior. Teoría estética y creación literaria”, de Bruno Rosario Candelier. Ateneo Insular 2005. Moca, R. D.).

4. Rosario Candelier, Bruno. “El ideal interior. Estética y creación literaria”. Ateneo Insular. Moca, Rep. Dominicana. 2005.



Encuentro interiorista
Santiago de los Caballeros, Rep. Dominicana
28 de octubre de 2006


lunes, 23 de julio de 2007

Cabral de la Torre: poemas

(Dalí: Mujer en contemplación)



Sed

Esta sed insaciable
no es de agua
viene de adentro
y me consume.
Dolor detenido
agolpado de sombras
que desaparece sin rastro
sin memoria.


Interioridad

Esta sombra
que se aleja y aproxima
besa mi frente.
Pienso...
y busco su origen de luz
honda inquietud
de interioridad cerrada
donde mi voz no alcanza su nombre.

sábado, 14 de julio de 2007

Enegildo Peña : poemas


Enegildo Peña (Santiago de los Caballeros, República Dominicana, 1965). Forma parte de la promoción de los poetas de los '90. Es uno de los más activos promotores literarios de la ciudad cibaeña. Director y fundador del Taller Literario Virgilio Díaz Grullón y de la revista Voz Literaria del (CURSA-UASD). Co-fundador del Círculo de Escritores de Santiago y miembro fundador del Taller Literario Líttera. Poeta, escritor, periodista y promotor cultural, ha ganado premios de poesía; ha publicado poemas y estudios en la prensa; textos suyos han aparecido en antologías como Juego de Imágenes (Ediciones Hojarasca, 1995); Antología del Ateneo Insular (Colección en la Interior Bodega, 1995); Antología del Ateneo Insular (Colección en la Interior Bodega, 1997); ha sido antologado en el Diccionario Enciclopédico Dominicano (1988), y por el Azul del mar -(encuentro artístico dominico-español, 1995); también esta incluido en la Antología de este lado del país llamado El Norte, colección Comisión Permanente Feria Nacional del Libro '98. También aparece antologado en los libros premiados de la Alianza Cibaeña. Su labor poética y ensayística se recoge en el volumen titulado En la palabra (2000). Ha dictado conferencias en la mayoría de las universidades del país y los centros culturales, además ha sido conferenciante invitado a Puerto Rico, a la Universidad Eugenio María de Hostos de City College de Nueva York y al Festival del Caribe, que se realiza en Santiago de Cuba. Autor del libro de poesía Más allá de mi sombra (1993), testimonio de sus inquietudes filosóficas. Su producción poética revela a un ser preocupado por el sentido de la vida y el mundo, y en sus reflexiones hay verdades poéticas que atrapan la huella de lo trascendente, esto lo dice, el doctor Bruno Rosario Candelier en su antología interiorista. Enegildo Peña, fue premiado por su destacada participación en la Primera Feria Regional del Libro Santiago '97, con el máximo galardón Gregorio Luperón. Actualmente es Director Ejecutivo de Casa de Arte, colaborador de los periódicos Listín Dario, a través de la sección Biblioteca que dirige el destacado escritor, crítico, intelectual y gestor cultural, José Rafael Lantigua, en la actualidad también escribe para el periódico La Información donde tiene una pagina semanal titulada En la palabra, además realiza comentarios en varios programas de la televisión de Santiago, como por ejemplo, Supe TV, canal 55 y el canal 25. En la actualidad es productor y conductor de TV cultura (una expresión posible para las artes), el cual se trasmite de 7: 00 a 8:00 pm, por Súper TV canal 55 y por Internet.

enegildoreyes@hotmail.com


Poemas


1.I

El lenguaje del agua acaricia
el idioma de los sueños
en el misterio de su forma.
La espuma revela
la historia de las voces.

Con las manos azules tocadas
por arena y sal, he visto su misterio
en el agua de este fondo de azar.


1.II

El cadáver de la soledad
en sus ilusiones eternas,
recoge el vacío de la noche
exclamando: ¡sólo el sueño existe!
Y en la sombra nos hace ser nosotros.

1.III

Con alas de pájaros y de hombres
el espejo de un éxtasis roto,
ha perdido su memoria, mas recupera una,
la flor que vuela con el viento.

La escritura dibuja
la voz en cristales de viento,
dejando la luz que sólo sostiene
la reminiscencia de otros
que aún están en nosotros.


1.IV

Sentimos la noche
que desnuda nos mira.
El misterio crece más allá de nosotros,
la inteligencia de la flor abre
el instante de lo eterno.

1.V

Y mira con nostalgia la sombra
en los rincones de la memoria.
Al producirse otra vez
nace el asombro donde la palabra
sueña inventándose.

El fuego levanta
el espíritu de esta sombra
que no se nombra y termina
escribiéndose.


1.VI

La noche despierta las imágenes
de su nombre en el ritmo de los sentidos.
Inmenso el ser teje el espíritu
de un pájaro que abre los labios
y besa lo profundo en un papel que sangra.

Con la brevedad del instante
la luz azul atraviesa el azar confesando
la realidad del verbo.
El cielo dibuja la escritura
con la luz de la luna.


1.VII

Los peces empiezan a beberse
las hojas de la luna.
Bajo el silencio lacónico de sus labios
la sombra, su perpetuidad teje y asombra
al propio milagro que la forja.


1.VIII

Más allá de ella todo empieza a entenderse.
Mientras, el lápiz dormido rueda
desangrándose en la eternidad de sus lavas,
los esqueletos de la noche hacen la palabra.

En secreto silencio atrapa
lo indecible y en el habla escribe.
Los garabatos de su alma
conversan con la noche
al revelar el otro en la palabra.

viernes, 13 de julio de 2007

Concurso Nacional de Cuento, Poesía y Ensayo Alianza Cibaeña



Sociedad Cultural Alianza Cibaeña, Inc.
Bases del Concurso Nacional de Cuento, Poesía y Ensayo 2007

En esta edición auspiciada en su totalidad por la Secretaría de Estado de Cultura.

La fecha límite de entrega es el 3 de agosto y premiaremos el 20 del mismo mes.

Las nuevas bases contemplan la publicación de cada obra como tomo independiente, así que podrán tener una obra bibliográfica personal editada por el certamen.

Luis Fco. Córdova V.
Presidente.

Concurso Nacional de Cuento Poesía y Ensayo
Alianza Cibaeña, Inc.

Con el auspicio de la Secretaría de Estado de Cultura

Sobre los participantes

1- Puede participar todo dominicano/a, residente en el país o en el exterior, así como los nacionales extranjeros que han fijado residencia en la República. Quedan excluidos de participación los Socios Activos y Vitalicios de la Sociedad Cultural Alianza Cibaeña, Inc.
2- Los autores que hayan obtenido Premios no podrán a concursar en el mismo género antes de haber transcurrido dos convocatorias (2 años).
Requisitos de presentación
3- Para todos los géneros, cuento, poesía y ensayo, cada concursante podrá participar con un libro original no menor de 40 páginas ni mayor de 70, escritos a doble espacio en papel normal tamaño 8.5 por 11 pulgadas. Un mismo autor o autora puede participar en todos géneros, presentando un sólo trabajo por renglón y utilizando para todos el mismo seudónimo.

4- Los originales deberán estar firmados en la primera página con un seudónimo. En sobre aparte, que llevará por fuera el mismo seudónimo, figurarán el nombre, dirección y teléfono del autor o la ficha anexa a estas bases.

5- Los trabajos deben ser inéditos, es decir, que no hayan sido publicados ni premiados en otros certámenes, con anterioridad al sometimiento a este concurso. Una vez otorgado el premio y descubierta una anterior publicación o premiación los organizadores del certamen procederán a publicar el retiro de este galardón y exigir la devolución del valor monetario.

6- El tema y la técnica son de completa libertad del autor o autora.

7-Los trabajos que no cumplan con las normas de presentación quedarán fuera de concurso.
8- Las obras sometidas a concurso que no resulten premiadas serán destruidas terminado el Concurso en presencia de los jurados y las autoridades organizadoras.
Fecha de Entrega
9- Los trabajos deberán remitirse a la Sociedad Cultural Alianza Cibaeña, Inc. Calle Beller #127, Santiago de los Caballeros, República Dominicana. EI plazo de admisión para la entrega de trabajos vence el 3de agosto de 2007, a las 5:00 P.M.

Sobre los Premios y la Publicación

10- Se otorgará un Premio Único por categoría dotado de RD$ 30,000.00 pesos más certificado de Premiación. El Jurado podrá otorgar un máximo de dos accésit por categoría los cuales recibirán un certificado que los acreditará como tales.

11- Las obras ganadoras serán editadas y publicadas por en la Sociedad Cultural Alianza Cibaeña, Inc. Los derechos de la primera edición pasarán a ser propiedad de la entidad convocante. Los ganadores recibirán también el 20% de estas obras publicadas, como compensación de la primera edición.
Sobre el Jurado
12- Los jurados estarán integrados por tres especialistas en la materia para cada categoría y su decisión será inapelable. El Jurado no podrá declarar desierta ninguna categoría.

Sobre el Veredicto

14- El fallo del jurado se dará a conocer en el local de la Sociedad Cultural Alianza Cibaeña, el 20de agosto de 2007 a las 8:00 P.M.

Disposiciones generales
15- La convocatoria queda abierta a partir de la presente publicación.
16- La participación en este concurso implica la aceptación de las cláusulas de estas bases.

sábado, 7 de julio de 2007

Ramón Álvarez Vargas: cuentos




Ramón Álvarez Vargas. Nació en Santiago de los Caballeros, República Dominicana y reside en Nueva York. Cursó estudios de ingeniería en la Universidad Católica Madre y Maestra. Estudió arte dramático en la escuela de Bellas Artes bajo la dirección de Yolanda Badía Montes de Oca. Fue director del grupo de poesía coreada “EL EJIDO” y miembro fundador del grupo LETRA JOVEN. En Nueva York, perteneció al Centro de Investigaciones Bibliográficas, CEDIBIL, que luego adoptó el nombre de Palabra Expresión Cultural, PEC, considerado por él su gran escuela literaria. Fue integrante de los grupos “Espacio de Escritores” y “Agua Fuerte”.


Tres cuentos cortos


ÁNGEL

A las víctimas de las Torres Gemelas


Ángel llegó a las edificaciones. Subió contento, con paquetes en las manos, donde llevaba la comida y el uniforme que acababan de entregarle.

Después de ponérselo, se sentó en un rincón a continuar su alegría mientras llegaba la hora de empezar. Ya tenía trabajo.

Recordó sinsabores, gritos de sus hijos reclamando alimentos, toques del casero a la puerta de su apartamento; todos los servicios estaban amenazados con ser cancelados, pero el día anterior consiguió trabajo por el que le ofrecieron un salario que él consideró muy bueno.

Brotaron lágrimas de felicidad, levantó la vista; se aproximó a la ventana y fue cuando cayó en la cuenta de que había subido muy alto en aquel monstruoso edificio, desde donde casi nada se veía hacia abajo. Sólo hormiguitas humanas podía distinguir que se movían en lo más profundo.

—Esto es alto —murmuró—. Estoy cerca del cielo. Mejor, así estoy más cerca de Dios.

Cuando la hora de empezar su labor se aproximaba, oyó una sórdida explosión, que sacudió todo el edificio. Ángel, temeroso, se acercó de nuevo a la ventana y las hormiguitas humanas se alejaban espantadas; oyó ecos de sirenas lejanas, y vio luces intermitentes y un humo espeso que crecía en la parte de abajo.

Dejó de reír, aunque creía que estaba cerca del cielo, comprendió que el infierno lo tenía a sus pies, muy cerca; ya sentía el calor que aumentaba alarmantemente.

Dedujo que tenía pocos minutos de vida, tal vez segundos y los distribuyó rápidamente; pensó en sus hijos con menos esperanzas de comer; pensó en el casero desalojando a su familia. Miró su uniforme nuevo que no llegaría a usar. Gritos desesperados en los ventanales. El cielo estaba más arriba, pero el infierno se le acercaba desde abajo. Hacía un calor insoportable; se estaba asfixiando; le ardían los ojos. Miró hacia arriba. Aunque Ángel no podía volar se lanzó al espacio, huyéndole al infierno y tratando de alcanzar el cielo. Se durmió en el aire. Jamás supo cuando cayó.


AQUELLA TARDE

A Sagrario Ercira Díaz Santiago.


Estaba alegre... decidida. Sus cuadernos envejecidos le besaban las manos sudorosas. Ella se elevaba medio a medio; medía los paralelos, los meridianos, los trópicos. Podía girar en todos los ángulos y observar la injusticia. Era una flor sembrada en el ecuador de la incomprensión.

Cuando los relojes marcaban un momento impreciso y la incertidumbre se apoderaba de todos los senderos; entonces llegaron ellos, a podar el jardín.

La flor estaba a la vista; la peor puntería podía acertarle al instante. Y en ese valle, rodeada de cordilleras de cuadernos, no podía escaparse.

Con los ojos cerrados, una chispa cruzó en la tiniebla de aquella tarde sorprendida; y por la frente, donde llevan los héroes la estrella y donde el genio guarda su inteligencia, la muerte entró en la flor sin tocar la puerta.

La clorofila roja cayó al suelo. Ojos desorbitados quebraron los párpados petrificados. Bocas mudas quedaron abiertas para siempre y manos sostuvieron mejillas incrédulas.

Cuerpos llorosos cargaron su naciente agonía, y un coro de llanto, sopló la muerte que le hurgaba la vida.

Un espantoso silencio se agigantó sin límites. El jardín de la esperanza quedó mortalmente herido. La bandera lanzó un grito desgarrador, seco, y se derrumbó mareada hasta la cintura del asta.

Aquella tarde, la flor conoció el verbo cercenar. Los podadores, jamás pudieron conjugar la barbarie.


EL TIEMPO


El hombre estaba sentado triste, abatido y sin fuerza. Nada se podía hacer. Su abogado había perdido toda esperanza de defenderlo de la acusación que le formularon.
Y sucedió que, mientras deambulaba por una calle sin nombre, se topó con un amigo de infancia, quien, al verlo, se sorprendió por el cambio que había padecido su organismo, a lo que éste con tristeza le contestó:

—El tiempo, los años.

Para su sorpresa El Tiempo, que en ese momento pasaba por allí, lo oyó; se enojó y entabló una demanda millonaria por difamación e injuria. El hombre, que no tenía ni en qué caerse muerto, sacó un espejito del bolsillo de su camisa, se miró y comprendió que no podía apelar la sentencia.